Opinión
La Jornada Maya
06/07/2026 | Ciudad de México
La insólita decisión de la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA) de suspender la sanción al jugador del equipo estadunidense Folarin Balogun –líder de goleo de su país en el actual campeonato mundial– ha provocado consternación y enojo por su carácter inusual. Como se recordará,
Balogun recibió una tarjeta roja el miércoles de la semana pasada, durante el partido contra Bosnia y Herzegovina, por dar un pisotón al jugador rival Tarik Muharemović. Ayer, sin embargo, el máximo organismo futbolístico emitió una inopinada declaración, según la cual “la aplicación de la sanción queda suspendida por un periodo de prueba de un año”.
El malestar se ha incrementado por la versión de que tan extraña determinación fue consecuencia de una llamada de la Casa Blanca a Gianni Infantino, presidente de la FIFA, para pedirle que dejara sin efecto la tarjeta roja. La versión resulta creíble por el hecho de que la revocación del castigo favorece las probabilidades del seleccionado estadunidense de llegar a cuartos de final por primera vez desde 2002, por la reacción de Donald Trump, quien agradeció a la organización “por hacer lo correcto y revertir una gran injusticia”, según lo difundió el propio magnate republicano, y por la estrecha relación entre éste e Infantino.
No debe olvidarse, a este respecto, que el año pasado el presidente del organismo internacional decidió inventar un “Premio FIFA de la Paz” para otorgárselo al ocupante de la Casa Blanca, quien ostentaba públicamente su furia por no haber sido nominado para el galardón correspondiente del Comité Noruego del Nobel. Esa muestra de servilismo fue denunciada por la organización británica de derechos humanos FairSquare, la cual acusó a Infantino de violar su “deber de neutralidad política”, y llevó a 50 eurodiputados a difundir una carta en la que se manifestaron “contra el abuso de gobernanza y las violaciones a las reglas en la cima del futbol mundial desde que el Parlamento Europeo pidiera en 2015 la dimisión de Joseph Blatter”, el antecesor de Infantino que fue obligado a dimitir por el escándalo de sobornos, fraude y lavado de dinero que estalló durante su administración.
La parcialidad de la dirigencia de la FIFA en el presente Mundial ha quedado de manifiesto, además, por su obsecuencia ante los atropellos cometidos por el gobierno de Trump en contra de diversos equipos nacionales, empezando por el de Irán, al que se impidió pernoctar en territorio estadunidense, las humillantes revisiones a las que se sometió al seleccionado de Uruguay o la negación de visa al árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan. Es claro que ante semejantes arbitrariedades por parte de uno de los países anfitriones del torneo, el deber de la entidad organizadora era exigir un trato equitativo, justo y ajeno a las fobias políticas de la Casa Blanca.
Esta inocultable sumisión del máximo organismo del futbol internacional ante Estados Unidos es sólo una de las miserias exhibidas por la FIFA en el curso del presente torneo. Ya habrá ocasión de comentar sobre su acentuado mercantilismo y su propensión a convertir ese deporte en un espectáculo exclusivo para un público pudiente.
Edición: Ana Ordaz