Opinión
Alonso Marín Ramírez
09/07/2026 | Ciudad de México
—Mi hijo me dijo que me odia.
Al principio no logro percibir el afecto que matiza la frase de María. Suena preocupada, triste, enojada, reflexiva. Me siento confundido e intuyo que mi confusión es también la suya.
—Sé que estaba enojado cuando me lo dijo. Aun así me duele. ¿Cómo puede pensar eso si tiene nueve años? Tuve unas ganas enormes de nalguearlo y decirle: “no le hablas así a tu madre”. Me contuve.
Es Chéjov quien tiene un cuento —no recuerdo el nombre del relato— sobre una chica que cuida a un niño de brazos. Los padres del niño se lo han dejado a cargo. Fatigada por el trabajo, hastiada por los malos tratos, no puede tolerar el llanto incesante del recién nacido. Junto a la cuna, los berridos del niño no la dejan dormir. El sueño arremete en forma de las alucinaciones propias de quien se encuentra desvelado. Encuentra una manera —ahora recuerdo: la chica se llamaba Varka, tenía trece años— de solucionar el conflicto. Estrangulado el niño, puede al fin dormir.
—Lo admito: no me aguanté. Cuando me dijo “ojalá te mueras”, le di una cachetada. Después me sentí culpable. ¿Por qué me odia a mí, que lo amo tanto?
Se confundió Freud cuando teorizó con la historia de Sófocles. ¿Por qué el hijo de María quiere matar a su madre y no a su padre? ¿No planteó el psicoanalista vienés que el niño, rivalizando con su padre, debería querer asesinarlo a él para poder alcanzar a su madre, objeto de su deseo? Según la conocida historia del poeta griego, Edipo incluso tiene cuatro hijos con Yocasta; los dos varones —Polinices y Eteocles— pelearán por el trono de Tebas cuando Edipo salga de la ciudad, expulsado por Creonte.
—Entiendo que está pasando por un momento difícil. Razones no le faltan. Desde que corrí a su padre de la casa, lo he notado más irritable, intolerante. Siento que soy la única en quien puede descargar su enojo.
La angustia de María también tiene un fundamento. Tras mandar a su marido a vivir lejos, la amenaza de su hijo ha caído sobre ella. No es la única. Los griegos, que sabían bastante de parricidios, matricidios, fratricidios, relatan una historia semejante a la de María en Los siete contra Tebas. Erifile, esposa de Anfiarao, manda a su marido lejos, a la guerra para recuperar Tebas. Pero Anfiarao tiene la maldición del adivino: sabe que en dicha ciudad encontrará su muerte. Se lo deja saber a su mujer, ante cuyas órdenes le era imposible resistirse. Ella sabe que aquello condena su matrimonio, pero insiste: irás a Tebas. ¿Por qué Erifile manda a la muerte a su marido? Enojado, sabiéndose traicionado por ella, Anfiarao le encarga a Alcmeón, hijo de ambos, que cobre venganza cuando su muerte tenga lugar. Alcmeón —como Edipo— también está condenado: tendrá que matar a su madre cuando su padre no vuelva de la guerra.
—El caso es que el otro día casi me da un infarto. Estoy en mi celular y se acerca, como vigilándome. Me dice: “oye mamá, ¿corriste a papá porque ya tienes otro novio?”. Soy discretísima, doctor, tú lo sabes. ¿Cómo es posible que sepa que tengo novio?
No se confundió Freud. Tampoco Sófocles. Lo que sucede es que esta parte de la historia es menos conocida. ¿Por qué una mujer mandaría a su marido a la muerte? ¿Por qué ella, sabiendo la profecía, convenció a su esposo para que marchara a Tebas, cerca del lago Iliki? La respuesta es sencilla y compleja: se dejó convencer. A Polinices, quien, como ya dijimos, luchó contra su hermano Eteocles por el trono de Tebas, le interesaba que el adivino Anfiarao fuera con ellos para recuperar la ciudad. Ante la negativa de éste, recurrió a Erifile, sabiendo que aquel no podría resistirse a la indicación de ella. Para convencerla, la sobornó: le ofreció el collar de Harmonía, pieza preciosa que despierta el deseo y muestra la debilidad de las personas. Con la joya en sus manos, habiendo obtenido el objeto de su deseo, Erifile traiciona a su marido y le ordena: irás a morir a Tebas, cerca del lago Iliki. Confirmada la muerte de su padre, a Alcmeón no le queda más que cumplir lo que le fue impuesto. Su destino es trágico: pierde a su padre, mata a su madre, las Erinias lo persiguen para siempre.
—Le dije: deja de estarte metiendo en las cosas que no te importan. No voy a darle explicaciones a nadie. Por supuesto que corrí a su padre porque no me gusta sentirme perseguida. No voy a dejar a mi novio. Nadie va a decirme a quién puedo amar.
Freud no pensó más allá del Edipo. Sófocles sí. María también. La historia de Los siete contra Tebas es una continuación inevitable del drama Edípico. Tomar el collar de Harmonía, aceptar amar y ser amada por su novio. He ahí el dilema de Erifile y María: ambas tienen que mediar entre la realidad y el deseo. Una cosa es cierta, a pesar de las Erinias: nunca podemos renunciar a él.
Alonso Marín Ramírez es escritor, sicoanalista y siquiatra de adultos y niños.
Edición: Estefanía Cardeña