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Foto: Antoine-Théodore Giroust

—Mi problema es que nunca he sabido estar sola.

—Todos mis conflictos —sigue María— vienen de uno originario: hay algo en la soledad que me aterra.

​Pienso en la frecuencia con la que escucho un miedo similar al de ella. El primero ha sido mío: de niño temía bajar las escaleras de noche; prefería aguantar la sed que enfrentarme al vacío de la sala, el comedor, la cocina, el patio oscuro y amenazante tras la puerta trasera. Quien no le haya temido a la soledad, que lance la primera piedra.

—Ese miedo terrible me lleva a ser migajera. ¿Cómo aprendo la lección? ¿Cómo me aguanto las ganas de volver con quien ya sé que no debo?
¿Qué determina con quién debemos o no debemos estar? Todo intento de reducir la complejidad de esa pregunta a una explicación elemental cae ante la insistencia de María, a quien el conocimiento de su error no la libra de volver a cometerlo. Es una fortuna que la pregunta no se conforme con respuestas simples, ante las cuales tengo una particular aversión.

—¿Por qué no puedo sentir nada por el que me ama, y al contrario, querer darle todo a quien no piensa en mí?

Richard Yates, el escritor norteamericano autor de Revolutionary Road, tiene un libro de cuentos que quizá es mejor que la novela. Once tipos de soledad comienza con un cuento maravilloso: un niño proveniente de un orfanato llega a su nueva escuela y despierta en la maestra un deseo por ayudarlo. La profesora pronto caerá en cuenta de que el afecto es a veces una herramienta inútil. Pero las reflexiones de María me remiten al cuarto relato de la colección. Myra se resiste ante la insistencia de un hombre que intenta besarla en la parte trasera de un auto. Junto con otros dos amigos, van camino al hospital. El motivo: el esposo de Myra lleva meses hospitalizado por tuberculosis —son los 50’s— y ella va a visitarlo en vísperas de Navidad. La escena es profunda. Myra intenta acercarse a su esposo, pero él, habituado, quizá resignado a la dinámica hospitalaria, no puede terminar de prestarle atención a su esposa. Hay una distancia entre los dos que resulta infranqueable. Termina la hora de visita y Myra sale. En la sala de espera se le cierra la garganta, se le inundan los ojos, su puño en la boca no logra evitar que el llanto aflore a mares, míseramente. Se seca las lágrimas y vuelve al auto, con sus amigos que la esperan. El tipo le toca de nuevo la pierna, le pregunta si ya no está molesta. Myra le dice que no, que vayan por un trago y después a su casa. ¿Qué nos lleva a decir por quién lloramos, a quién dejamos que entre a casa cuando está repleta de ausencia?

—Yo quiero algo serio —María me saca de mis reflexiones yatesianas—, pero él ya me dijo que no es lo que busca. Dice que me quiere, pero no le interesa ningún título. Tú dime, con una situación así, ¿qué procede?

Me gusta escuchar a María porque hace que mi mente pase de un libro de cuentos a otro sobre la subjetividad. Almudena Hernando, arqueóloga, prehistoriadora y feminista española tiene un libro que se llama La fantasía de la individualidad. Con amplia erudición, reconstruye el camino que los hombres y mujeres han transitado para construir su identidad desde la prehistoria, pasando por la Ilustración y hasta la actualidad. Su propuesta teórica es interesante porque responde a la pregunta que plantea María. Para Hernando, los hombres han priorizado una identidad individualizada que niega el elemento relacional que las mujeres desempeñan con preponderancia. Este aspecto vincular de la identidad comenzó a ser devaluado desde el Siglo de las Luces, cuando en pro de la razón, los deseos coloniales y el progreso —¿cuál progreso?— se construyó una verdad que rechazaba los aspectos comunitarios y emocionales de los indígenas y las mujeres, respectivamente. Lo anterior, vale aclarar, no ha sido un fenómeno consciente o de pocos días: es una construcción social.

—¿Por qué los malditos hombres parece que tienen un cerebro de insecto? Y aquí sigo, 10 meses enamorada de quien no debo. Estoy resignada: cometeré el mismo error mi vida entera.

Los griegos llamaban Destino a aquello que nos llevaba a actuar sin saber las razones. Los sicoanalistas lo denominan inconsciente. Fuerza oscura, cultivo misterioso de nuestras motivaciones, ambos empujaron a Edipo a cumplir, sin saberlo, lo que años antes el Oráculo de Delfos le había profetizado a Layo. ¿Qué le lleva a Myra a aceptar la caricia del amante, a llevarlo a casa mientras su esposo juega dominó con sus amigos en una sala de tuberculosos? No hay respuesta sencilla, afirma Hernando: imposible entender un proceso complejo separando las partes que lo integran. Por eso me gusta escuchar a María. Sus preguntas complementan mi aversión a las simplificaciones.

*Escritor, sicoanalista y siquiatra de adultos y niños

 
Lea, del mismo autor:  —Volví a la casa de mi infancia


Edición Estefanía Cardeña


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