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—Volví a la casa de mi infancia

Las dos caras del diván
Foto: Mirna Riglos

—Volví a la casa de mi infancia.

​Me reacomodo en el sillón e intento concentrarme. ¿Cuántas casas habitamos en la vida? ¿De cuál me habla María?

​—Todos mis recuerdos estaban ahí, esperándome. El rancho, el calor, los caballos.

​María creció en la Ciudad de México, pero sus padres la mandaban con frecuencia a Jalisco, con sus abuelos. Un pueblo perdido en la sierra le servía de refugio a los malentendidos parentales. Ante cada discusión que amenazaba con romper la familia, la solución era sencilla: el cuidado de los abuelos haría que la niña no sufriera, que no se diera cuenta del alcoholismo del padre, de las depresiones maternas.

​—No podía creer cuántas cosas me llegaron a la mente. Como si alguien le hubiera quitado el freno al olvido.

​Ya no quiero concentrarme. También volví una vez a la casa de mi infancia. Algo no coincidía entre mis recuerdos y lo que mis ojos atestiguaban: mi habitación había empequeñecido, el cuarto de mis hermanas no era tan largo; el patio de la casa lo recorría en diez pasos, muy diferente a la explanada enorme donde corríamos con Yoyo, nuestro bóxer, antes de brincar a la alberca. ¿Cuánto permanece la memoria? ¿Es ella la que se modifica o nosotros cambiamos?

​—Hacía muchísimo que no salía a montar a caballo. Estar sentada encima de él, el movimiento ondulante de su cuerpo, el parsimonioso subibaja… todo eso hizo que me llegara un recuerdo. Creo que es el primero de mi infancia.

​La memoria comienza en el terror, dice Cortázar. El primer recuerdo del escritor argentino es ominoso. Lo habían obligado a dormir solo. Abre los ojos. Frente a su mirada de niño se despliega un ventanal enorme, tras el cual la mañana quiere desprenderse de la oscuridad nocturna. Es un espacio gris que no tiene comienzo ni final ni profundidad ni altura. Solo un sitio en donde el cuerpo infantil podría ahogarse. Canta un gallo. El silencio se fragmenta y comienza a existir: el kikirikí del ave ha roto el gris perturbador que amenazaba con absorber al niño. Así el primer recuerdo de Cortázar. No había nada previo, nada antecede a ese momento: ninguna memoria, ninguna persona, ningún objeto. ¿Cómo sabía Cortázar que lo que cantaba era un gallo?

—Tendría seis o siete meses. Mis padres, usted sabe, me mandaban al rancho en Jesús María cada vez que se estaban deschongando. Mis abuelos me recibían, pero tenían que salir al campo a trabajar. A los lados del caballo colgaban unos canastos donde ponían lo que recolectaban. Ahí mismo me la pasaba, una niña de seis meses en un canasto, jugando con los jitomates. Mi primer recuerdo es ese: el calor, el canasto, el olor de la tierra seca, el ritmo bamboleante, los relinchos fatigados del caballo. ¿Es posible recordar algo tan claro a los siete meses?

La memoria es un misterio. Desde Freud a Borges, desde Kandel hasta Proust, la memoria nos ha atraído por lo que contiene: los enigmas del inconsciente, el conocimiento infinito de una biblioteca babilónica, las maravillas que se ocultan entre un conjunto de neuronas, una infancia en Combray. Indagamos en ella como si nos prometiera una salvación ante el olvido que, por otra parte, es su complemento. Recordamos algo porque el olvido lo encierra en su esfera de nostalgia, negando la existencia tanto de los momentos previos como de los acontecimientos subsecuentes. Hace un siglo que dejó de valer la pregunta que intenta responder si somos memoria u olvido. No habría la primera sin el segundo, sólo en su interacción se enmarca el momento: un perro jugando conmigo y mis hermanas, un ventanal que se fragmenta con el canto de un gallo, una niña en un canasto jugando entre jitomates.

—Lo demás me lo contó mi abuela. Una vez llegué a casa embadurnada de tomates y cuando ella me vio, pegó el grito: “¿Qué le pasó a la niña?”. El caso es que ahora que mi abuela acaba de morir y volví a Jesús María, esos recuerdos me han llegado sin cesar. Usted, ¿qué opina, se recuerda con el corazón o la cabeza?

La pregunta de María tiene todo el sentido etimológico. Recordar, del latín recordāri, tiene sus orígenes en la antigua creencia de que éste era un proceso que se llevaba a cabo en el corazón: cor, cordis, recordāri, recordar.

Así la memoria, pedazos de corazón, brota en una imagen que se vuelca hacia el futuro y nos permite llegar hacia el porvenir desde el pasado. Como dice María: solo hay que quitarle el freno al olvido y pensar que somos todo aquello que nos contamos y contaron.

*Escritor, sicoanalista y siquiatra de adultos y niños




Edición: Estefanía Cardeña


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