Opinión
Alonso Marín Ramírez
05/02/2026 | Ciudad de México
—¿Tú crees que el tiempo construye o destruye las cosas?
Lo primero que se me viene a la mente es la hora y diez minutos que pasé en el tráfico de Tlalpan camino al consultorio. Ese tiempo ha destruido mi paciencia.
—Pienso que destruye algunas cosas —respondo a María.
Entrecierra los ojos, suspicaz.
—¿No piensas que también las puede construir?
Reflexiono unos segundos. Esos setenta minutos me han permitido llegar a este sitio y construir un diálogo con ella.
—Sí… también construye algunas.
—Ay, qué fácil para ti… decir que hace las dos cosas.
Está en lo cierto. Tanto ella como yo sabemos que su pregunta no va dirigida al tráfico ni a mi paciencia, sino a lo que cree que el tiempo está haciendo con su matrimonio. Diez años casada, y en las últimas semanas se ha estado preguntando qué ha sido del amor que sentía por su esposo.
—Esta semana estoy convencida: el tiempo destruye todo.
Hace un par de meses, en el Museo Arqueológico de Estambul, miraba una escultura de Alejandro Magno del siglo 3 a.C. Pensé que aquello tenía algunos años hasta que vi una tablilla hallada cerca del Mar Negro, que ya en el siglo 13 a.C. profetizaba eclipses lunares. Actualizo mi idea de lo viejo hasta que contemplo las ruinas de Troya: tres mil años antes de Cristo. El tiempo, es cierto, ha destruido Troya.
—Antes quise ser más optimista. Me dije: tranquila, María, el tiempo no construye ni destruye las cosas, las transforma. Tonteras.
La pregunta de si el tiempo tiene que ver con las cosas, por supuesto, no es nueva. Ya desde la Grecia clásica Aristóteles intentó responderla. En su Física, el filósofo de Estagira escribe su famosa conclusión: el tiempo es la medida del cambio. La consecuencia obvia de este postulado es que, en efecto, el tiempo sí tendría que ver con las cosas. Si nada cambia, no hay tiempo; éste es sólo el rastro del movimiento. Tuvieron que pasar más de dos mil años para que otro sabio postulara justamente lo contrario. Para Newton, el tiempo transcurre sin relación con nada externo: es independiente de las cosas y de su acontecer. ¿A quién le hacemos caso?
—Lo tengo claro. El tiempo sí ha hecho que mi amor se vaya al carajo. Antes lo amaba. Ya no lo amo. El tiempo, nuestros enojos, nuevos amores —ríe—... hay un antes y un después de haberlo amado.
En El orden del tiempo, el físico teórico italiano Carlo Rovelli, nos advierte: no es sencillo convencernos de que todas nuestras construcciones son eso: inventos con los que intentamos aprehender el mundo. En cada capítulo de la primera parte del libro, le retira un estrato al tiempo. Su unicidad: no hay un tiempo único. Con relojes muy precisos podríamos ver cómo uno colocado a nivel del mar se ralentiza con respecto a otro que se halle en la punta del Everest. Quizá más sorprendente nos resulte pensar que el tiempo como tal no tenga dirección. Cuando se la damos, es por nuestra miopía. Solo “existe” diferencia entre el pasado y el futuro por un error de perspectiva, porque consideramos un elemento particular de las cosas. Así, parece evidente decir que si Aristóteles escribió su Física en el 350 a.C. y Newton su Principia en 1687 d.C., el griego lo escribió antes que el inglés. En este caso, nuestra perspectiva es amplísima, y el nacimiento de Cristo es el error donde posamos nuestros ojos para decir qué fue antes y qué después. El problema, explica Rovelli, es que a nivel microscópico no podemos recurrir a este modo sesgado de ver las cosas. La causalidad se desvanece, no existe. Nos lo advirtió: es difícil pensar que el mundo sea tan diferente a nuestra intuición.
Mi mente se ha ido a sitios lejanos, y me pregunto ¿qué tiene que ver esto con María?
—Me resulta complicado pensar que él apenas se esté dando cuenta. No le cae el veinte. El otro día me preguntó por qué ya no soy cariñosa. Parece que el tiempo ha pasado diferente para él.
¿Le creemos a Aristóteles o a Newton? Mejor a María. Su intuición es una verdad. El tiempo, concluyó Einstein, es relativo. La joya del pensamiento de éste último fue entender que sus dos predecesores tenían razón. ¿Qué tiene que ver esto con María?
El amor, como el tiempo, es relativo. Ambos existen más allá del movimiento y el cambio; cuándo y dónde siguen siendo necesarios para entender que no suceden igual en ella que en él. En esa relatividad yace la complejidad de las cosas: Troya igual se extinguió, pero dejó paso a la Iliada. ¿Construye o destruye? Quién sabe. Nos ve pasar.
*Escritor, sicoanalista y siquiatra de adultos y niños
Edición: Estefanía Cardeña