Opinión
La Jornada
10/07/2026 | Ciudad de México
La reanudación explícita de los combates pone de manifiesto las contradicciones, la desesperación y el deterioro cognitivo del inquilino de la Casa Blanca, el verdadero poder detrás de la bravuconería de la superpotencia, la incapacidad estadunidense para lograr sus objetivos mediante la fuerza, la incomprensión occidental de la sociedad iraní en particular e islámica en general y los efectos corrosivos del trumpismo sobre la alianza atlántica, entre otras realidades.
En medio de sus incesantes declaraciones, Trump insistió en que Irán ya fue despojado de cualquier posibilidad de hacerse con un arma nuclear y que “tenemos muchas maneras de ganar, pero ya hemos obtenido la victoria militarmente”, para a continuación desentenderse del rumbo que tomen los acontecimientos. Además de la esquizofrenia de proclamar victoria mientras se ve obligado a prolongar los combates, Washington enfrenta la humillación de luchar para recuperar el control sobre Ormuz, un estrecho que estaba abierto a la navegación antes del inicio de sus ataques contra Irán el pasado 28 de febrero.
Asimismo, es inevitable notar que la semana pasada Trump se refirió a la resistencia de Israel a aceptar cualquier salida pacífica a las diferencias con Irán asegurando que “Netanyahu sabe quién manda”, por lo que no habría un sabotaje de Tel Aviv al proceso de paz. Sin embargo, el régimen del prófugo de la Corte Penal Internacional y primer ministro israelí continuó sus agresiones en Líbano a sabiendas de que detenerlas es una condición indeclinable de Teherán. Dado que Trump comenzó la aventura bélica en el golfo Pérsico instigado por Netanyahu, quien proclama el involucramiento a gran escala de Estados Unidos contra Irán como el cumplimiento de su sueño político de las últimas cuatro décadas, el desarrollo de los acontecimientos muestra que el premier efectivamente sabe quién manda.
Por último, no puede pasarse por alto que los bombardeos de esta semana han tenido lugar mientras decenas de millones de personas en Irán e Irak asisten a las ceremonias fúnebres del ayatola Alí Jamenei, máximo líder religioso de la rama chiíta del Islam –con cientos de millones de fieles en todo el mundo–, asesinado en el primer día de los ataques israelí-estadunidenses el 28 de febrero. La incomprensión, o peor, la ofensa deliberada contra la fe y el duelo de los chiítas muestra también por qué tomadores de decisiones y formadores de opinión pública occidentales se han equivocado de manera tan rotunda al suponer que el pueblo iraní rechaza de manera abrumadora a sus autoridades, lo cual ha sido desmentido a través del fervor hacia Jamenei y su hijo y sucesor, Mojtaba. Tal es la hipocresía de quienes bombardean, asesinan, invaden y empujan cambios de régimen en nombre de sociedades sobre las que saben poco o nada.
La única esperanza de que la reanudación de las hostilidades no lleve a una nueva espiral de violencia reside en que algún mando militar estadunidense sensato o algún gobernante de la OTAN haga ver a Trump que no tiene manera de ganar y que sólo si procesa y asume su derrota podría evitarse nuevas humillaciones.
Edición: Ana Ordaz