Opinión
Rafael Robles de Benito
14/07/2026 | Mérida, Yucatán
Hace unos días me enteré de que legisladores del Partido Verde Ecologista de México (que no sé si es un partido político, pero estoy seguro de que ha usurpado el calificativo de ecologista, y a veces dudo que sea mexicano) impulsan una iniciativa con el propósito aparente de proteger a los organismos polinizadores, pero que concentra su atención en una sola especie: Apis melifera, la abeja que – africanizada o no – da cuenta de la mayor parte de las mieles producidas en nuestro país. La propuesta de ley contempla medidas que incluyen la promoción del establecimiento de apiarios dentro del polígono de áreas naturales protegidas, sin más justificación que el hecho de que las abejas son polinizadores. Hay que decir, de entrada, que pretender que el fortalecimiento de la apicultura fortalece también los mecanismos de polinización, parte de una concepción reduccionista y simplona de un fenómeno que afecta a millares de especies de plantas con flores e involucra a distintas especies de abejas, abejorros, avispas, mariposas, aves y murciélagos, cuando menos. La protección de los polinizadores se tendría que enfocar de una manera muy distinta.
Supongo que detrás de la iniciativa se encuentra una intención relacionada con las versiones más populares de las posturas relacionadas con “los derechos de los seres sintientes” y que le han ganado votos y escaños al PVEM, como la prohibición del uso de animales en los circos. El problema empieza cuando se equiparan estos esfuerzos con los dirigidos a la conservación de la biodiversidad. Se puede discutir si impedir que se utilicen animales en ellos espectáculos de entretenimiento, prohibir el uso de animales de tiro en ambientes urbanos o poner fin a la tauromaquia, aunque signifique la pérdida de una variedad completa de una especie de importancia económica responde más a tomas de posición de carácter moral, que a acciones relevantes para la calidad de la vida de especies distintas de la nuestra. Como también se puede discutir la sensatez de convertir a animales domésticos en virtuales miembros de la familia, dándoles trato de infantes y vistiéndolos, trasladándolos y hablándoles como si fueran críos humanos. Pero lo que creo que está meridianamente claro es que ninguna de estas cosas tiene que ver con la conservación de la biodiversidad.
Si se llega a permitir que se instalen apiarios indiscriminadamente dentro de los límites de áreas protegidas, sin considerar antes lo que se establece en sus programas de manejo, se estará generando un impacto perturbador en los sitios de conservación, que hará aún más difícil lograr que alcancen sus objetivos de protección para los que fueron establecidos: se hará un pobre favor a las rutas de polinización naturalmente existentes en un ecosistema diverso, introduciendo como especie polinizadora potencialmente dominante a una que es exótica. No quiero decir con esto que no se deba promover la apicultura. Por el contrario, creo que hay que incrementar la capacidad nacional de producir mieles de calidad, capaces de competir en el mercado global del dulce. Pero habrá que hacerlo en los sitios donde tenga sentido hacerlo, y evitarlo en aquellos lugares que por su vulnerabilidad y por su condición de sitios destinados a la conservación de especies, ecosistemas y procesos naturales, la producción apícola se convertiría en un agente perturbador.
Voy a más: la apicultura sí puede tener un efecto relevante para la conservación del patrimonio natural, e incluso para contribuir al cumplimiento de las contribuciones nacionalmente determinadas para cumplir con los acuerdos relativos a la lucha contra el cambio climático global. Apoyar su crecimiento deberá descansar entonces sobre acciones que se realicen en un espacio normativo y de gestión distinto del que corresponde a la conservación convencional. La lucha en pro de las abejas tendrá que desarrollarse a través de acciones que atañen al sector agropecuario y forestal. Los efectos favorables de la apicultura en la conservación serán indirectos: en la medida en que se garantice la presencia continuada de especies de flora melífera, se restrinja rigurosamente el empleo de agroquímicos lesivos para las poblaciones de insectos benéficos (incluidas por supuesto las de abejas) y se limite el crecimiento desordenado de la frontera agropecuaria y los cambios irregulares de uso del suelo, se estará construyendo un crecimiento favorable para que México incremente su capacidad productora de mieles y de los demás productos provenientes de la actividad apícola.
Los legisladores harían bien en fijar su atención en la construcción de un marco normativo que logre detener el incremento de monocultivos transgénicos, dependientes de paquetes de tecnología agropecuaria que generan daños colaterales considerables, restrinja los cambios de uso del suelo que substituyen la cobertura vegetal natural por “commodities” (especies de interés comercial) que frecuentemente contribuyen al empobrecimiento de los suelos y a alteraciones en la disponibilidad de agua; y alienten y fortalezcan por otro lado caminos alternos de desarrollo agropecuario que incluyan el respaldo a las formas tradicionales de cultivo, como la milpa y las chinampas; protejan la agrobiodiversidad originaria, como los maíces criollos o los aguacates distintos del megacomercial Haas; apoyen los esfuerzos de ganadería sin deforestación (ya emprendidos por los estados miembro del Grupo de Gobernadores por el Clima y los Bosques); y construyan, al final del día un escenario agropecuario que sirve también para incrementar el potencial apícola nacional.
Aunque es cierto que no todos los polinizadores compiten entre sí por alimento (por ejemplo, los murciélagos, o las avispas que polinizan las higueras, acuden a plantas que no tienen interés melífero), lograr un paisaje rural amigable con los procesos de reproducción de las plantas con flores distintas de los cultivos comerciales sí favorece a toda la biodiversidad polinizadora. Lo que no ayuda son las posiciones reduccionistas, moralizantes o fundamentalistas, que con la consigna (que no con argumentos) de “conservar” a los polinizadores amenazan con debilitar otros esfuerzos de conservación y de desarrollo rural sustentable, que son vías más complejas pero sin duda más eficaces cn relación al cumplimiento de los objetivos nacionales.
Edición: Fernando Sierra