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Fractura hidráulica

Hay evidencias negativas por los efectos del fracking para el ambiente y en la salud humana
Foto: Pemex

Aunque todavía no termina el mundial, el fin del sueño generado por el más que digno papel de nuestra selección nos da en estos días el respiro para poner atención en otros asuntos de interés nacional que antes habría sido impertinente abordar, dado que nadie habría hecho el más mínimo caso: estábamos siguiendo los tumbos del balón como quien aspira a atrapar la esperanza al vuelo. Hace un par de semanas, durante la conferencia mañanera, la presidenta nos recordaba que estamos cerca de recibir las primeras conclusiones del comité que ella misma conformó para analizar la propuesta de utilizar la tecnología de fragmentación hidráulica (también conocida como fracking) para incrementar la capacidad de extracción de petróleo en el país. La doctora Sheinbaum nos ha dicho que “ya tienen un primer análisis (los expertos convocados a formar parte del comité), un primer avance de qué tipo de tecnologías se usan ahora, en dónde es factible y en dónde de plano no es factible hacerlo”.

Aún no hay una postura definitiva en cuanto a la realización de esta actividad, aunque me parece claro que hay una intencionalidad dirigida a identificar áreas en las que resulte viable llevarla a cabo y tecnologías que se consideren apropiadas para hacerlo. Aunque en mi opinión se trata de una discusión que no merecería la pena continuar, a la luz de las evidencias acerca de lo intolerablemente negativos que resultan los efectos del fracking para el ambiente y para la salud de las comunidades humanas que han tenido la mala fortuna de habitar sitios donde se ha decidido llevarlo a cabo, al parecer en la perspectiva de nuestro gobierno se sigue tratando de una alternativa digna de ser explorada.

Haber nombrado un comité para analizar el caso es una forma ciertamente hábil para evitar la posibilidad de tener que enfrentar una consulta abierta, donde seguramente participarían voces que ven en la fragmentación hidráulica una amenaza a la sustentabilidad, al patrimonio natural nacional y a la salud de la población: es un comité de expertos al que se otorga oficial y oficiosamente el lugar del saber, de modo que lo que concluyan se pueda presentar como evidencia robusta e incontrovertible. Las voces que impugnen sus conclusiones se pueden considerar como desinformadas o –si sus credenciales profesionales hacen indudable su conocimiento del tema– maliciosas e ideológicamente determinadas.

Hay quienes han sostenido que la presidenta se encuentra “mal asesorada”, e incluso se le ha tildado de ingenua. Francamente, me parece que ninguna de las dos cosas es cierta: a pesar de lo que parece, queda una voz por parte de la secretaria de Medio Ambiente, frente a otras voces más sonoras que sostienen desde el entorno oficial que el fracking no es tan lesivo como dicen, que es posible hacerlo a través de unas “nuevas tecnologías” que disminuyen los daños ambientales (aunque no ha quedado claro cuáles son ni se sabe dónde se han probado a una escala adecuada, con resultados eficaces), la verdad es que la titular del ejecutivo cuenta con un muy robusto equipo de asesores, y estoy convencido de que no hay manera de considerar ingenua a la presidenta. Los ingenuos no gobiernan.

Creo que se puede decir que a todos nos ha gustado la consigna surgida a lo largo de este mundial, la alegre pregunta de “¿Y si sí?”. Nos ha gustado lo suficiente como para que ahora la usemos para imaginarnos cualquier cantidad de cosas. Por eso no tengo el menor empacho en apropiármela, para aplicarla ahora al tema de la fractura hidráulica. Sirve para dibujar dos escenarios contrapuestos: ¿Y si sí nos decidimos a emplear esta tecnología, digan lo que digan la evidencia y las interpretaciones de los expertos?; o ¿y si sí hacemos caso de las voces que, lejos del comité de la presidencia, advierten de los riesgos, y en un empleo racional del criterio precautorio, tomamos la decisión de no usarla, aunque ello signifique dejar incorporada a la roca madre cierta cantidad de combustibles fósiles?

En el primer supuesto, habría que preguntarse quiénes están en condiciones de operar acciones de fractura hidráulica. Parece ser que Pemex está por el momento lejos de lograrlos. Entiendo que hay diez empresas en el mundo que llevan a cabo alguna forma de fracking, ninguna de las cuales opera en México actualmente. Si se llega a aprobar el empleo de la tecnología en nuestro país, ¿implicará esto contratar alguno de los gigantes que ya lo hacen, como Halliburton, Baker Hughes, o alguna otra de las que ya operan en el estado de Texas de nuestro vecino del norte?, ¿qué significa esto para nuestra tan apreciada soberanía energética?, ¿y qué técnica emplearán: alguna de las que ya consideran probada y exitosa, o una supuesta técnica sustentable (no sabemos bien a bien de qué se trata, ni por qué resultaría sustentable)? Por otra parte, sabemos que los sitios donde podría emplearse la fractura hidráulica para extraer energéticos se encuentran en una porción del territorio habitada por cuando menos seis millones de personas. ¿Se les consultaría? O se supone a priori que los riesgos para la calidad de sus vidas son aceptables, a la luz del monto de ingresos que la actividad podría aportar al país.

Si se acepta el segundo supuesto, y se suspende esta vía de aprovechamiento del recurso, al menos hasta en tanto no se cuente con una información más robusta acerca de la inocuidad ambiental y sanitaria de la actividad, entonces se estará asumiendo con responsabilidad la determinación de no deteriorar el territorio y el patrimonio natural que aloja, y de proteger precautoriamente la salud de sus habitantes, a cambio de renunciar a una producción de dudoso rendimiento y eficacia. ¿Y si lográsemos manifestaciones de la magnitud de las que se vieron durante el desempeño de la Selección Mexicana en el mundial, de modo que –sin apachurrados– se levante una voz masiva que opte por la cautela y la prudencia en la generación de energía?



Edición: Estefanía Cardeña


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