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Moralidad e inmoralidad de las derrotas honrosas

La selección mexicana tuvo el balón, generó jugadas de peligro mediano, pero no jugó bien
Foto: Víctor Camacho

El planteamiento es sencillo: no hay derrotas honrosas. Las derrotas no deben tener apellido; en todo caso, uno está obligado a ir al límite en todo lo que hace, porque esa es la única forma de entender la propia circunstancia y de saber qué hace falta o qué sobra para ir más allá de ella.

El problema de las derrotas honrosas es que suelen engañarnos y el engaño no es ético. Las derrotas honrosas nos llevan a la distorsión y la distorsión no solamente nos confunde, sino que también nos impide ver con claridad tanto nuestros límites personales como todo aquello que determina nuestra circunstancia de perdedores.

En el caso del futbol mexicano, suele suceder que los jugadores a veces ponen mucho empeño, pero son acuchillados por un error arbitral, una genialidad del contrario o un descuido propio, algo que es más bien inusual entre los que siempre ganan (quienes, por cierto, también ponen mucho empeño, pero desde mucho antes del partido: en el entrenamiento, la comprensión del juego y los cuidados físicos individuales).

Y sí, cuando las cosas suceden una vez, el pretexto es válido, pero cuando el asunto es consuetudinario, debemos entonces pensar que hay habilidades y virtudes que no hemos alcanzado porque seguimos enorgulleciéndonos —inmoralmente— de nuestra honorabilidad perdedora.

Pensemos en lo que sucedió en el juego entre Inglaterra y México el domingo pasado: nuestros jugadores tuvieron el balón, generaron algunas jugadas de peligro mediano, pero no jugaron bien, sobre todo porque el peso del esfuerzo físico recayó en ellos y porque los errores que decidieron todo los cometieron ellos. Los ingleses sobrellevaron el partido y aprovecharon los descuidos consuetudinarios de nuestra defensa para anotar tres goles y con ello tuvieron lo suficiente para ganar, pues también instrumentaron estrategias contra la altura de la Ciudad de México.

¿Pero por qué siempre perdemos?

Porque no dominamos los secretos del juego y nuestros jugadores no lo entienden cabalmente; porque nuestro sistema de competencia pondera el esquilmo y el lucro por encima del desarrollo deportivo; porque la abrumadora mayoría de nuestros jugadores son cuasi analfabetas y no tienen la disciplina suficiente ni los hábitos de alimentación e higiene deportiva que se requieren; porque los aficionados seguimos consumiendo la basura que nos venden; porque en nuestros torneos locales no gana el mejor, sino el que tiene más suerte.

Así, cuando nosotros introducimos el pensamiento crítico en lo que nos sucede, las derrotas honrosas acusan su fondo inmoral porque tras ellas ocultamos los vicios socioculturales y deportivos que, en el caso del futbol, permiten que en nuestro país se mueva mucho más dinero del que debiera, pues nuestro futbol no vale lo que cuesta y su calidad no se corresponde con la fidelidad de una afición que solamente tiene el estatus de una masa consumidora.

Seguir, entonces, poniendo el adjetivo de “honrosa” a la derrota es hacernos cómplices de todos los vicios que nos mantienen en la mediocridad. 

Mientras escribo estas líneas, recuerdo que ayer Isaac del Toro hizo historia al ganar la segunda etapa del Tour de Francia: ¿por qué no, en lugar de seguir tapando nuestras miserias con derrotas honrosas, vemos hacia la victoria y aprendemos de ella?
Ganar, cuando es en buena lid y con esfuerzo legítimo, nos enseña la magnanimidad de las virtudes. Al exaltar el individualismo, nuestro futbol queda extraviado porque olvida que es un deporte de conjunto en el que se requieren solidaridad y alto sentido comunitario (algo que apareció tenuemente contra Ecuador pero que hizo falta contra Inglaterra). 

Nos quedan muchas décadas de derrotas honrosas porque los patrocinadores son los principales promotores de un individualismo vicioso que tiene en la prohibición de asociaciones gremiales de jugadores su distintivo principal.

Lo más curioso de todo es que quien tiene las llaves de esa mazmorra es el espectador. Cuando la afición le dé la espalda a quienes le toman el pelo, entonces las cosas cambiarán y ya no estaremos para derrotas honrosas.

Lea, del mismo autor: Ganar perdiendo


Edición: Estefanía Cardeña


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