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Ganar perdiendo

El futbol es un deporte hermoso, pero no debemos permitir que nuestra afición a él nos confunda
Foto: Reuters

México le ganó a Ecuador en su primer partido de eliminación directa del Mundial 2026. La victoria sabe bien porque se jugó bien, más allá de que las relaciones políticas con el país sudamericano están históricamente en su momento más bajo, por lo que el partido tenía un ingrediente un tanto morboso.

Asimismo, cuando uno se asoma a la red a ver cómo fue procesado el partido y el resultado en el país gobernado por Novoa, uno encuentra hasta cierto aire de prepotencia y de superioridad entre los comentaristas deportivos locales, que daban por rotunda ganadora a su selección. Ecuador tiene muchos jugadores de enorme talento, pero México se mostró como un equipo solidario; una vez más, el sentido colectivo derrotó al individualismo y allí hay una lección que no debemos dejar de lado y que debiéramos restregar en la jeta de los libertarios que pregonan el egoísmo ético.

México ganó un partido de futbol y lo hizo con señorío y hasta con cierta autoridad, pero, lamentablemente, el grueso de la afición sigue perdiendo. A pesar de Novoa y sus secuaces, Ecuador es un país hermano y lo que sucedió ayer sólo fue un partido de futbol (el más importante de los asuntos menos importantes, como decía Valdano); y si ya era una marrullería apostarse frente al hotel que hospedaba a los “ñaños” para no dejarlos dormir, el no respetar su Himno Nacional fue una majadería que nos resta dignidad como pueblo; por mucho menos que eso, los mexicanos hemos pegado el grito en el cielo (un ejemplo de ello lo podemos encontrar en aquella mujer que después de probar los tamales yucatecos dijo que eran horrendos, lo que nos pareció una ofensa mayúscula y digna de llevar a la doña al paredón).

El futbol es un deporte hermoso, pero no debemos permitir que nuestra afición a él nos confunda; es cierto que después del partido el aire fue para nosotros más ligero y que afrontamos el día con otra actitud: ganar es bueno, pero la derrota vendrá quizá más temprano que tarde, no como resultado del fatalismos o de la mala suerte, sino porque el futbol mexicano es más un negocio que un deporte en el que no siempre gana el mejor, sino el que tiene más suerte, y donde no hay el mínimo respeto por el sentido noble que supone el acto de competir, pues al no haber ascenso ni descenso en el torneo mexicano, todo termina pervertido por la mediocridad y la factura de ello la paga el aficionado acrítico frente al esquilmo que lo victimiza.

En los próximos días, México jugará contra Inglaterra. Si gana, se hará historia cabalmente porque se llegará a una ronda a la que nunca se ha llegado, pues siempre hemos sido eliminados en octavos de final (lo del quinto partido no aplica, aunque por primera vez lo jugaremos; mas ese juego, de ganarlo, nos permitiría estar por primera vez en cuartos de final y ser una de las ocho mejores selecciones del mundo).

Ojalá podamos hacer historia ganando ese partido. Ojalá podamos hacer historia respetando al rival. Ojalá podamos hacer historia aprendiendo el lado noble del futbol, ese que nos birlan sus promotores cuando nos venden la individualidad del “crack” para escondernos que el futbol es un gran ejemplo de solidaridad y de generosidad. Ojalá podamos hacer historia dejando limpios los espacios que usamos como escenario de nuestra felicidad. Ojalá podamos hacer historia para ganar ganando y no para ganar perdiendo y mucho menos para perder perdiendo la poca dignidad que aún tenemos.

Ojalá podamos hacer historia más allá de un partido de futbol.
Lea, del mismo autor: Infancia

Edición: Estefanía Cardeña


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