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Lo artificial y lo sobrenatural (reflexión frente a un vaso de ginebra)

Pocas sensaciones hay tan estimulantes como entrar a una cantina cuando en ella hay un rumor de plenitud
Foto: Ap

Cuando el mesero puso frente a mí el vaso con un líquido entre rosáceo y violeta, supe que la suerte estaba echada. 

Y es que en la carta de bebidas aparecía una serie de nombres absolutamente desconocidos para mí, que me recordaron aquellos tiempos (a principios de los años ochenta del siglo pasado) cuando se permitió el ingreso de las mujeres a las cantinas de la Ciudad de México y pasamos de la cuba libre y el jaibol o el submarino al “tequila sunrise”, el “planter’s punch” o el perverso tinto de verano. Las cantinas ganaron en colorido, pero perdieron su intensidad, esa que se acentuaba hacia las seis de la tarde cuando algunos sobrevivientes del naufragio entraban en otra dimensión, sabiendo que todo había valido madres una vez más…

Aún recuerdo al tipo que arrastraba sus ciento treinta kilos de tez morena, blasfemando por las calles de Florencia, en la Zona Rosa, completamente diluido por la embriaguez y gritando: “¡Me dieron de tomar Chanel número cinco…!” (El sujeto había ingerido alguna de esas bebidas llenas de color y no sintió venir el efecto sino cuando se levantó para regresar a su casa: allí su dignidad colapsó entre una coctelería cuya crueldad es directamente proporcional al colorido estridente de los tragos).

“¡Me dieron de tomar Chanel número cinco…!” era, más que una queja, el reconocimiento de la vergüenza y la zozobra frente a una alquimia supuestamente concebida para señoritas que rara vez habían ido más allá del rompope. 

 había bebido un tarro de cerveza oscura bien fría y disfrutaba de una comida de esas cargadas de carbohidratos y harinas, sabrosa siempre y cuando uno la coma una vez al año. Se imponía una cuba de ron blanco para hacerle los honores al triglicérido, pero en la lista sólo había vodkas y ginebras, así como turbios mezcales y tequilas preparados con una nigromancia que destruye todas sus potencias mágicas y los convierte en un veneno con sabor a jugo artificial.

Y es que no se puede confundir el whisky con el Old Spice sin pagar muy cara esa victoria pírrica sobre lo consuetudinario: nuestro epigastrio lo sabe, pero también nuestro hipotálamo y aún los rescoldos finales de nuestra consciencia moral: el milagro de la embriaguez deviene en la catástrofe de una ebriedad cuyos autores son siempre anónimos (“me dieron Chanel número cinco…”).

Mientras miraba la carta de bebidas, llegaba a una conclusión meridiana: ¡no habría de ser yo quien le faltase al respeto al soberano mezcal mezclándolo con aguas mafufas!

Así me decidí por una ginebra con jugo de no sé qué y una adición de frutos rojos finamente picados. “Aleia iacta est” —pensé— (los dados estaban en el aire o, como decimos coloquialmente, la suerte estaba echada). Yo no había bebido ginebra desde hace al menos cincuenta años; no sé si el trago violáceo que me dieron contenía el destilado de cereales y enebro que caracteriza a esa bebida: debajo de la sustancia colorida todo era incertidumbre; al menos no era una loción de esas que se venden por catálogo… ¡ahhh, cómo extraño aquellas cantinas donde la igualdad y la catarsis se codeaban con la magia de nuestras emociones en libertad!

Pocas sensaciones hay tan estimulantes como entrar a una cantina cuando en ella hay un rumor de plenitud. Allí comienza el verdadero milagro de la embriaguez (la única libertad posible) sin Old Spice ni Chanel número cinco.
Lea, del mismo autor: Ganar perdiendo


Edición: Estefanía Cardeña


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