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En Cuba y en muchos otros países se conmemoró ayer el 26 de julio, fecha en la que, en 1953, un grupo de revolucionarios intentó tomar por asalto el cuartel Moncada, en Santiago, en lo que fue el inicio de la revolución cubana, que triunfaría seis años después y convertiría esa vieja edificación del siglo XIX, que funcionaba como sede militar y como cárcel, en un gran centro escolar.

El proceso iniciado hace 73 años en plena guerra fría no sólo cambió de manera radical la vida de esa isla caribeña, sino que fue punto de referencia para movimientos de liberación nacional en múltiples países de América Latina y África, al demostrar que era posible derrotar al colonialismo y construir naciones centradas en la satisfacción de las necesidades de alimentación, educación, salud y vivienda de sus poblaciones y no en la lógica de obtención de ganancias para pequeñas oligarquías. Por añadidura, la revolución cubana transformó la situación geopolítica mundial, al implantar en la tradicional esfera de influencia estadunidense un gobierno de siglo político opuesto al de Washington y que desempeñó además un papel de primera importancia en las luchas anticoloniales en Argelia y en el Congo, así como en la liberación de Angola y de Namibia y en la derrota del régimen racista sudafricano. Asimismo, la Cuba revolucionaria inspiró a las organizaciones armadas que proliferaron en Latinoamérica en la segunda mitad del siglo XX.

Pero el carácter internacionalista de la revolución cubana adquiere especial relevancia en los ámbitos de la salud y la educación. Entre 1960 y 1961, la campaña de alfabetización emprendida en la isla logró reducir el analfabetismo de 26 a 4 por ciento y de allí surgieron modelos de alfabetización empleados en diversos países. Por otra parte, el gobierno cubano priorizó la formación de médicos y especialistas en salud, impulsó la investigación farmacológica y estableció una vigorosa industria farmacéutica y tradicionalmente ha compartido el fruto de esos esfuerzos con otras naciones.

En sus primeros años, Cuba logró sobrevivir a la ruptura de sus vínculos comerciales con Estados Unidos, con el que realizaba cerca de 70 por ciento de sus intercambios; tras la desaparición de la Unión Soviética, en 1991, logró sobreponerse a una situación extremadamente difícil, dado que su economía estaba estrechamente articulada con la extinta URSS. Por otra parte, desde 1960, 14 presidencias estadunidenses han mantenido una política de hostilidad hacia la isla, que va desde acciones terroristas ejecutadas por dependencias de Washington o por organizaciones contrarrevolucionarias, con sede en Estados Unidos, hasta el implacable bloqueo económico contra la isla, en un esfuerzo de casi siete décadas por derrocar al gobierno cubano y remplazarlo por autoridades sumisas a la Casa Blanca.

Ese bloqueo, numerosas veces condenado por la Asamblea General de la ONU por constituir un castigo colectivo contra la población y por ser un ejemplo de aplicación extraterritorial de las leyes estadunidenses que atropella la soberanía de muchas otras naciones, ha llegado en la actualidad a un nivel de crueldad sin precedente, con la amenaza de sanciones comerciales a todo país que venda combustibles a la isla.

En suma, más allá de los juicios que amerite su sistema político y económico, Cuba ha pagado un precio altísimo por su independencia y la defensa de su soberanía y ese solo hecho la convierte en un ejemplo mundial irrenunciable. Por eso, en la preservación del derecho cubano a la autodeterminación se juega el derecho análogo de muchos otros países, incluido el nuestro, que tantos amagos, agresiones e intervenciones ha sufrido y sigue sufriendo de la potencia del norte.

Es reconfortante, por ello, que ayer miles de personas hayan acudido, a título personal o como parte de diversas organizaciones sociales, gremiales y políticas, a expresar su respaldo a la nación caribeña y su repudio a la criminal política anticubana, agudizada por la administración Trump y alentada por el secretario de Estado estadunidense, Marco Rubio. Este 26 de julio pudo constatarse que para México y otras naciones, Cuba no está sola.


Edición: Ana Ordaz


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