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Foto: Ap

El secretario de Guerra de Estados Unidos, Pete Hegseth, afirmó que su país planea atacar en tierra a narcotraficantes en Latinoamérica, como lo hace en aguas internacionales contra las tripulaciones de lanchas supuestamente dedicadas al contrabando de drogas. Los planes de ataques terrestres se enmarcan en los esfuerzos de una alianza hemisférica de 19 países liderada por Trump, pero podrán ampliarse a “donde quiera” que operen grupos del narcotráfico. Hegseth subrayó que su advertencia a los cárteles va “en serio”, “desde Colombia, en el tráfico de cocaína, hasta el fentanilo en las plazas de México”, e insistió en la distorsión estadunidense de clasificar a esos grupos criminales como organizaciones terroristas. Además, amagó con una intervención militar en Cuba y previno a La Habana acerca de atender “a la disposición del presidente Trump para hacer valer las prerrogativas estratégicas de Estados Unidos”.


Las insolentes amenazas de violentar la soberanía de todo país donde Washington decida decir que opera el narcotráfico se producen en un contexto en que el trumpismo ha dejado de lado todas las máscaras detrás de las que sus antecesores escondían al imperialismo estadunidense. Apenas el martes, el Departamento de Estado publicó un video en el que reivindica la Doctrina Monroe como “un esquema para la dominación regional que permanece como la piedra angular de la estrategia estadunidense en el hemisferio hoy día”. La secuencia también retoma con orgullo las declaraciones de Donald Trump tras el secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro: “bajo nuestra nueva doctrina de seguridad nacional, la dominación estadunidense del hemisferio occidental jamás será cuestionada otra vez”.

Las amenazas bélicas del jefe del Pentágono resultan inadmisibles por su completa falta de justificación y su abierto propósito imperialista. En el caso de Cuba, ni siquiera echan mano del pretexto del narcotráfico: al igual que Trump y el secretario de Estado Rubio, Hegseth habla de la tiranía estadunidense como un derecho que surge y se hace valer por la fuerza. Sin embargo, este discurso de omnipotencia choca con la humillante derrota que el trumpismo padece cada día en Irán, donde no sólo no ha logrado ninguno de los objetivos declarados al inicio de sus ataques ilegales hace ya cinco meses, sino que se muestra incapaz de devolver el estrecho de Ormuz a sus condiciones previas a la guerra.

Está claro que América Latina no dispone de los medios militares para impedir que Washington haga estropicios en toda la región si la Casa Blanca decide escalar y extender sus agresiones. Pero a estas alturas la administración republicana debería ser consciente de que emprender una guerra y ganarla son cosas muy distintas y de que no podrá erradicar a los cárteles ni con el apoyo de todos los regímenes títeres que se ufana de haber instalado en el subcontinente. Así lo enseña el medio siglo de fracasos de la mal llamada “guerra contra las drogas” y también la futilidad de las violaciones masivas a los derechos humanos que su gobierno ha perpetrado en nombre de esta cruzada. Funcionarios del Pentágono y la Administración para el Control de Drogas (DEA, por sus siglas en inglés) admitieron que el asesinato de al menos 221 personas que supuestamente tripulaban embarcaciones cargadas de estupefacientes no redujo el flujo de cocaína hacia Estados Unidos, en contradicción con los alegatos de Trump. Y aun más grotesco resulta el pretexto de combatir el narcotráfico si se consideran los abundantes vínculos entre éste y diversas instancias del poder público de Washington.

En vez de lanzarse a nuevas aventuras bélicas de final incierto, la clase política estadunidense haría bien en tomar nota del fiasco en Irán como señal para redimensionar su insostenible despliegue global, en reconocimiento de que su hegemonía ya no es la que disfrutó tras el fin de la Segunda Guerra Mundial y luego del colapso de la Unión Soviética. Mal que le pese, el multilateralismo y el déficit fiscal son realidades con las que debe lidiar: hay nuevos poderes dispuestos a plantarle cara, y su negativa a reconocerlo lo ha puesto en una senda de sobrendeudamiento que ya tiene enormes costos y podría descarrilar su economía de continuar la tendencia actual. Si algo queda de sensatez en ese régimen, debe moderar su imprudencia verbal y abstenerse de cometer disparates trágicos.


Edición: Emilio Gómez


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