Opinión
La Jornada
17/08/2026 | Ciudad de México
Las campañas rumbo a las elecciones del 4 de octubre, cuando los ciudadanos brasileños elegirán a su presidente, gobernadores, diputados y dos terceras partes del Senado, arrancaron ayer. En caso de que los candidatos a la presidencia y las gubernaturas no alcancen la mitad de los votos, habrá una segunda vuelta el día 25 del mismo mes. El mandatario y aspirante a la relección, Luiz Inacio Lula da Silva, parte con una ligera ventaja sobre su único contrincante con posibilidades, de acuerdo con todas las encuestas, el senador ultraderechista Flávio Bolsonaro, primogénito del ex presidente condenado por el intento de golpe de Estado de enero de 2023, Jair Bolsonaro. Por el contrario, el Congreso es un espacio con una gran fragmentación política y un predominio de distintas corrientes de derecha, donde los apoyos legislativos requieren de constantes cabildeos y componendas con representantes que explotan las curules como instrumentos de enriquecimiento personal y faccioso.
Para continuar su proyecto de reducción de la pobreza y las desigualdades, Lula y el Partido de los Trabajadores deberán derrotar a un grupo que dispone del apoyo de los dueños de grandes capitales, del descarado injerencismo de Washington, de buena parte de los medios de comunicación y, sobre todo, del más formidable poder político de Brasil: las iglesias evangélicas ultraconservadoras que lucran con la fe de las mayorías marginadas y ponen su influencia al servicio del mejor postor.
El candidato del bolsonarismo –y del trumpismo– representa el entreguismo, la glorificación de la violencia de Estado, el gobierno para la oligarquía en detrimento de las clases medias y bajas, el retroceso en los derechos humanos, el remate de los bienes públicos, la persecución de la disidencia y la corrupción sin freno. Entre sus propuestas se encuentran legalizar las ejecuciones extrajudiciales, permitir las operaciones militares estadunidenses en territorio brasileño, encarcelar a medio millón de personas, juzgar a los adolescentes como adultos y construir cinco megacárceles “del modelo adoptado por El Salvador”, es decir, con suspensión completa de las garantías individuales y los derechos procesales. El doble rasero es explícito: al mismo tiempo que promete endurecer las penas e impedir que los reclusos sean excarcelados antes de cumplirlas, no oculta que busca impunidad para su padre y otros golpistas.
Asimismo, habla de tolerancia cero ante la delincuencia, mientras él mismo está salpicado por múltiples escándalos. Cuando era concejal de Río de Janeiro, contrató a la madre y la hermana de un conocido líder paramilitar, Adriano Magalhaes da Nóbrega, uno de los principales sospechosos del asesinato de la concejala Marielle Franco, cometido en agosto de 2018. De manera conveniente para los Bolsonaro, el criminal fue abatido por la policía en febrero de 2020, durante la presidencia de Jair. Tanto en ese cargo, como en su carrera legislativa, habría desviado al menos 360 mil dólares que luego lavó por medio de empresas y adquisiciones inmobiliarias. Apenas en mayo, grabaciones revelaron que recibió 12 millones de dólares del dueño de Banco Master, quien está preso por perpetrar uno de los mayores fraudes en la historia del país. El dinero se usó para financiar una película filmada en Estados Unidos que presenta una versión propagandística de la vida de su padre, pero la policía sospecha que una parte de los fondos se desvió a financiar la vida y el cabildeo de su hermano Eduardo, quien ha maniobrado para que la Casa Blanca imponga sanciones y aranceles a Brasil.
Al reivindicar la continuidad con el gobierno de su progenitor, Flávio hace suyas políticas como la privatización de empresas y entidades estatales o el llamado a que estudiantes denuncien a los profesores cuyas opiniones no coincidan con la del régimen. Asimismo, comparten la seña identitaria de todas derechas de la región: el apoyo fanático al sionismo y al genocidio contra el pueblo palestino. Por todo lo dicho, cabe esperar que el pueblo brasileño se aleje del conservadurismo que azota a América Latina y dé la espalda a un proyecto del que sería la principal víctima.
Edición: Ana Ordaz