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Foto: Roberto García Ortíz

Ediciones Era anunció ayer su cierre definitivo a causa de la inviabilidad económica de proseguir sus operaciones. En un comunicado dirigido a clientes y amigos, la casa editora dio a conocer que “a 66 años de la publicación del primer libro de Ediciones Era, nos vemos en la necesidad de reconocer que el mercado del libro ha cambiado tanto que no nos permite vivir de las ventas de nuestros libros. La red de librerías que existía antes de la pandemia y que garantizaba nuestra subsistencia desapareció, al grado de que las ventas se desplomaron hasta ser apenas 25 por ciento de lo que eran antes”.

La pérdida de Era trasciende el ámbito comercial o bibliográfico para convertirse en un duelo colectivo en la cultura, la política y la sociedad de México y América Latina. Más que una editorial, se apaga una de las trincheras intelectuales de las izquierdas, un espacio que durante generaciones dio voz a la disidencia, al rigor estético y a la convicción transformadora en momentos en que la censura y la represión pretendían imponer el silencio.

El sello fue fundado en septiembre de 1960 por tres integrantes del exilio español: Neus Espresate, José Azorín y Vicente Rojo. Desde su nacimiento, hizo saber su vocación de parteaguas: el primer título al cual se alude líneas arriba fue nada menos que La batalla de Cuba, reportaje realizado por Fernando Benítez y Enrique González Pedrero, que hasta hoy es fundamental para entender la verdadera dimensión histórica de la revolución cubana. Once años después, Era se atrevió a imprimir La noche de Tlatelolco, de Elena Poniatowska, una obra que ninguna editorial orientada al lucro habría publicado por la evidente animadversión que generaba en el régimen ese documento clave para la memoria histórica del país.

La impresionante reunión de plumas cobijada por Era incluyó a Malcolm Lowry, José Revueltas –cuyas obras probablemente habrían quedado inéditas por décadas sin la valentía de Era–, Vicente Leñero, Carlos Monsiváis, Augusto Monterroso, Sergio Pitol, Friedrich Katz, Adolfo Gilly, Efraín Huerta, Juan Gelman, Eliot Weinberger, Carlos Fuentes y muchos otros. Allí se editó el primer poemario de José Emilio Pacheco, y allí el Premio Cervantes publicó el resto de su poesía y su narrativa. Además, se tradujo a Gramsci y a György Lukács; y se publicó a uno de los más insignes marxistas mexicanos, Adolfo Sánchez Vázquez. También fue la casa de Pablo González Casanova, quizá el sociólogo más importante de nuestro país y sin duda uno de los pensadores más lúcidos y comprometidos de nuestros siglos XX y XXI. Su revista Cuadernos Políticos fue el foro en el que se suscitaron los más importantes debates de la intelectualidad progresista en las décadas de 1970 y 1980, es decir, cuando México se convirtió en refugio para las grandes mentes que huían de las dictaduras auspiciadas por Washington en América Latina y el Caribe. En artículos de Cuadernos y en libros de Era se encuentran algunas de las páginas más importantes de la teoría de la dependencia, la propuesta conceptual latinoamericana más trascendente, el intento más acabado de explicar el origen y las peculiaridades del subdesarrollo en el subcontinente. Ya en la década de 1990, Era dio voz a los testimonios del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, cuya causa fue central en el pensamiento de González Casanova y renovó a las izquierdas mexicanas.

Que una casa editorial con semejante patrimonio no pueda sostenerse bajo las reglas del modelo económico actual evidencia las fallas estructurales de un sistema que valora las ideas en función de su rentabilidad. El cierre de Ediciones Era exige una reflexión urgente sobre la necesidad de proteger la edición independiente y la soberanía cultural ante un mercado que sólo es libre de nombre, pero en realidad está controlado por un puñado de corporaciones. La despedida de Era es un llamado a sostener la trinchera del pensamiento verdaderamente crítico y a defender la cultura como derecho inalienable de los pueblos.

Era surgió en el momento preciso para ser la voz de una generación, y desaparece víctima del cambio de época: más allá de la vigencia de su catálogo y de la necesidad de que las nuevas generaciones conozcan la praxis de Revueltas, la mordacidad de Monsiváis y la perenne lucha contra el imperialismo, lo cierto es que hoy las pantallas desplazan al papel; la capacidad de atender lecturas extensas y complejas se reduce por el ansia de inmediatez; las causas revolucionarias son aplastadas por el consumismo, pero también por un capitalismo mucho más salvaje que el de 1960, en el cual los jóvenes deben resolver lo inmediato y no parece quedar tiempo para hacer la revolución.


Edición: Ana Ordaz


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