Opinión
Óscar Muñoz
24/08/2026 | Mérida, Yucatán
Anoche falleció Carlos Peniche Ponce, un amigo de muchos, un amigo de los grandes, de los que nunca serán olvidados por más años que pasen. Él ya no se encontraba muy bien de salud. Desde hace algunos años padecía un mal que afectó su memoria, cuando antes su cabeza contenía distintos saberes y experiencias, sobre todo en las ciencias humanas, sociales, la filosofía, la literatura, la radio, la televisión; en fin, era un estuche de monerías, como él se definiría con gracia y sarcasmo. Se le extraña desde ya por esa combinación de seguridad e informalidad que poseía; podría decirse que fue un hippie consciente conocedor de los aspectos fundamentales de la vida.
Carlos nació en la ciudad de Mérida, en 1950, pero realizó estudios en Derecho en la Universidad de Sonora; también estudió Química en la Universidad Nacional Autónoma de México y, finalmente, se graduó en Economía en la misma universidad. Desde ahí sus inquietudes por saber de aquí, de allá y de acullá, con el entusiasmo que siempre lo caracterizó. Por esas mismas curiosidades personales, participó en el taller de creación literaria impartido por el escritor Juan José Arreola. Esta preparación en la literatura le permitió desarrollarse como guionista de televisión educativa. Poco tiempo después se integró al equipo de trabajo que redactó la enciclopedia Yucatán en el Tiempo; por esa época fundó la revista cultural Signos, en su tierra natal.
Conocí a Carlos cuando ingresé como colaborador en la delegación de la Secretaría del Medio Ambiente, Recursos Naturales y Pesca, en 1996. Él era el secretario del delegado y, por sus actividades institucionales, mantenía relaciones de trabajo con todos los directores de área; sin embargo, a pesar de encontrarnos en un espacio burocrático, ello no impidió nuestro intercambio de opiniones y experiencias en otros asuntos más cercanos a la cultura y al arte y la literatura.
En una ocasión, cuando él era coordinador de un taller literario en la Facultad de Contaduría de la Universidad Autónoma de Yucatán, tuvo que dejar el grupo que guiaba por razones personales y me llamó para suplirlo, lo cual sentí como un honor. Lo cual agradezco hasta la fecha.
Respecto de su contribución como divulgador de la cultura y las artes, cabe señalar que colaboró en una diversidad de revistas, como Camino Blanco (Yucatán), Tragaluz (Guadalajara), Proceso (nacional), Pro Ópera (especializada), entre varias otras. De sus publicaciones personales, destacan Otro día de luz, un poemario escrito en prosa acerca del paisaje de Mérida, el cual fue prologado por el escritor Juan García Ponce y publicado en la colección Letras Mexicanas, del Fondo de Cultura Económica. Otro libro que le fue publicado, en este caso por el Ayuntamiento de Mérida, es un ensayo titulado Rostros de palabras, donde examinó con gran admiración la obra de trece escritores de Yucatán.
No cabe duda que Carlos nos hará falta a muchos, hombres y mujeres que lo quisimos y admiramos. Lo llevaremos dentro de cada quien, para que sigamos disfrutando sus enseñanzas. Y quienes no tuvieron la fortuna de conocerlo podrían acercarse a su obra, como la edición de textos en libros de arte: Mérida, palabras y miradas y Teatro Peón Contreras, biografía de un monumento.
Habría que rescatar sus artículos de crítica de cine y de literatura en diversas publicaciones, y la introducción que hizo a la novela Eugenia, de Eduardo Urzaiz, editado por la UNAM, así como en el libro colectivo titulado Un pedazo de mar por bocacalle. Finalmente, habrá que realizar un homenaje póstumo, para extender el reconocimiento de la obra de Capepo, como le decíamos de cariño, y su aporte a la cultura. Muchos lo tendremos en el corazón. Esperamos que haya llegado a buen puerto, como él bien hubiera dicho.
Edición: Estefanía Cardeña