Opinión
José Díaz Cervera
25/08/2026 | Mérida, Yucatán
—Yo debí haber escrito eso… — dijo Carlos en un reproche sincero que, sin embargo, no iba dirigido hacia mí, sino hacia él mismo.
Hoy Carlos no está, pero su risa vino a saludarme esta mañana.
Algunos años antes, Teté Mézquita había invitado a escritores, antropólogos, historiadores y cronistas a escribir sobre Mérida, en un proyecto denominado “Mérida: palabras y miradas”. Proponiéndome no reproducir el discurso cansino de las oligarquías, hablé de la colonia Pensiones (barrio donde vivió Carlos Peniche Ponce muchos años), de algunas de sus historias fantásticas y, sobre todo, del gran ejercicio de solidaridad humana que supuso la gestión de ese enclave durante los años sesenta del siglo pasado.
Así recuperé historias mágicas como la de la primera televisión que llegó a la colonia o la de una carpa de artistas trashumantes que se instalaba en la intersección de dos avenidas (hoy conocida coloquialmente como “el triángulo”, espacio que también funcionaba como un improvisado campo de beisbol y en su momento como terminal del camión que bajaba del centro).
Tal vez, sin embargo, la historia más prodigiosa fue la del “kínder-bar”, establecimiento en el que por las mañanas acudían los niños del barrio a tomar clases con una profesora (vecina del lugar) recién egresada de la Normal, y que después del mediodía funcionaba como cantina donde, a manera de broma, las mesas comenzaron a tener los nombres de sus ocupantes matutinos y vespertinos; así se identificaban la mesa Peniche, la mesa Quijano, la mesa Corona y otras más.
Recuerdo el gesto de Carlos, su nostalgia, su mirada pícara cuando me dijo: “la cantina era de “El Grullo” Ojeda…” después me comentó lo de la carpa: él recordaba a Tomasa Rivera “La Loca del Mambo”, pero el nombre de “Estrellita Chiapaneca” lo acercaba a las lágrimas…
En 2025 un grupo de amigos le hizo a Carlos un homenaje en la FILEY, en el que me invitaron a participar. Yo leí un texto insípido que después hice a un lado para comentar lo referido en estas líneas.
Todos reímos cuando comenzaron espontáneamente a desgranarse las historias.
Carlos estaba feliz.
Todos reímos, pero Carlos iluminó la sala.
Hoy Carlos ya no está, mas su risa vino a saludarme esta mañana.
Odio repetir las frases hechas. Carlos no se las merece.
No descanses, Carlos, sigue conquistando para todos nosotros “otro día más de luz…”
Edición: Emilio Gómez