Opinión
Cristina Rivera Garza
26/08/2026 | Ciudad de México
Es del todo plausible que el personaje de Ropa usada, el cuento que Fernando Flores incluyó en Valleyesque, publicado en 2022 por MCD x FSG Originals, sea en verdad una estudiante recién graduada de un programa de posgrado en Estados Unidos. Como Cassie, que se interna en el gran almacén fronterizo donde se vende ropa usada con el fin de encontrar algo para revender como vintage en Internet, muchos estudiantes internacionales que realizan posgrados en Estados Unidos se ven forzados a suplementar becas raquíticas o afrontar los crecientes costos de vida que provoca la inflación con otro tipo de trabajos: a veces es enseñar idiomas de manera privada, a veces cuidar niños o limpiar casas y, a veces, vender ropa usada.
Ayuda que el consumo estadunidense es tanto, tan exagerado, tan apabullante, que resulta fácil encontrar grandes cantidades de ropa usada en ventas de garage, estate sales, y esos gigantes lugares de almacenamiento que, en la pluma de Fernando Flores, se transforman en ciudades enteras, con sus calles y mapas y propio sistema de clase y aparato de seguridad. El Chulas Fronteras Ropa Usada se encuentra por la zona de la maquila y hasta allá va Cassie, con un sobre color morado en el bolsillo de su pantalón, tratando de encontrar algo especial para la reventa. El cadenero la pesa al entrar, porque los casos de robo hormiga son muchos, y le entrega un mapa que, ufanamente, rechaza porque, siendo fronteriza, cree conocer el sitio como la palma de su mano.
Pronto, Cassie se dará cuenta de su error.
La imaginación desbordada de Fernando Flores, que se desenvuelve, sin embargo, con largas oraciones elegantes y una naturalidad pasmosa, convierte ese almacén de ropa en una compleja urbe con calles hechas de pantalones –de mezclilla y poliéster y pana–, cerros de camisetas de las más variadas bandas de música, casas de tres pisos hechas de abrigos, y esquinas compuestas de puros guantes –para manos chicas y grandes, suaves, brillantes, de boxeo. Ahí es donde se pierde Cassie. Y es justo en ese estado de vulnerabilidad que la encuentran las Chicas de La Ciudad, la mafia de expertas en la reventa en Internet que se quedan con una porción de la ganancia (justo lo que ella llevaba en ese sobre morado).
El calor y la humedad, que crean una atmósfera pesada, la alharaca arrogante de las Chicas, y el atisbo de un incendio preceden la aparición del verdadero desastre: un tsunami. Guiada por la imaginación desatada, humorosa y sombría al mismo tiempo, de Fernando Flores, Cassie se enfrenta y apenas sobrevive a olas de vestidos de quinceañeras, chamarras, gabardinas, uniformes, botas y chanclas que llegan a alcanzar los 15 metros de altura. Los vertederos de ropa usada son una realidad escandalosa en lugares tan disímiles como el desierto de Atacama, donde se descartan unas 40 mil toneladas de ropa anualmente, o las costas de Ghana, donde 70 toneladas diarias de ropa usada son arrojadas al mar, creando masas de desechos que diezman la vida marina. El tsunami que apabulla a Cassie en Chulas Fronteras Ropa Usada es, pues, un delicioso delirio literario lanzado con mano firme y sabiduría verbal, y también una aberración de la sociedad de hiperconsumo que amenaza el planeta.
Fernando Flores, que nació en Reynosa hablando español, pero creció en Austin hablando inglés –la lengua en la que escribe hasta el día de hoy– se mueve con conocimiento de causa a través de la fronteras lingüísticas y culturales entre México y Estados Unidos. En Valleyesque –en referencia a esa área entre el sur de Texas y el norte de Tamaulipas que se denomina el Río Grande Valley, donde vive gente trabajadora y migrantes– Flores no sólo logra traer a la literatura a una región fronteriza que más bien brilla por su ausencia en los registros literarios gringos y mexicanos, sino que también la rodea de hechos extraordinarios y personajes extravagantes (¿Chopin tratando de cruzar un piano de cola por la frontera mientras discute con narcos? ¿por qué no?), y un lenguaje sin igual que envuelve y reta. En inglés, el sufijo “esque” se añade a ciertos sustantivos para transformarlos en adjetivos que designan entonces un estilo propio. Kafkaesque, por ejemplo, se utiliza para describir escenas absurdas o burocráticas en el más puro estilo de Kafka. Estas postales en movimiento del Valle texano-tamaulipeco parten de y generan a su vez un estilo fronterizo y único en una región que, si le creemos a Fernando Flores, es abigarrada y medio punk y estrafalaria, en fin, más grande que la vida.
Si les interesan otros cuentos del autor, no dejen de leer Muerte a los pinches artistas del sur de Texas, una colección de 10 cuentos traducidos al español por Elías Navarro y Dámaris Constantino, publicada por la Universidad Autónoma de Nuevo León en 2025.
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