Sociedad
Lourdes Álvarez
26/08/2026 | Mérida, Yucatán
Somos como un diamante de muchas caras. Nos gusta pensar que existe dentro de nosotros una identidad estable, algo que permanece intacto y que podríamos llamar simplemente “yo”. Sin embargo, basta observarnos durante un día para descubrir que no es tan sencillo.
No hablamos de la misma manera con una amiga querida que con alguien del trabajo. Nuestra voz cambia frente a una persona que admiramos, frente a alguien que nos intimida o frente a quien necesitamos pedirle algo. Podemos ser amables, firmes, distantes, impacientes o incluso agresivos. Muchas veces no lo hemos decidido: la situación ocurre y una determinada cara de nosotros aparece.
Incluso basta que llegue una tercera persona para que algo cambie. Una conversación íntima entre dos se modifica cuando alguien más se sienta a la mesa. Decimos cosas que antes no hubiéramos dicho, callamos otras, hacemos bromas o nos volvemos más serios. ¿Cuál de todas esas personas somos realmente?
Quizá la pregunta esté mal planteada. Tal vez no exista una sola cara verdadera y las demás sean disfraces. Todas forman parte del diamante.
También somos diferentes cuando estamos solos. Hay días en que hacemos algo bien y nos sentimos satisfechos. Otras veces cometemos un error y aparece una voz severa que nos juzga con una dureza que difícilmente utilizaríamos con alguien querido. Nuestra relación con nosotros mismos tampoco es una sola.
En cada una de esas caras interviene nuestra historia. Conservamos recuerdos de cómo fuimos tratados, de aquello que se esperaba de nosotros, de las veces que fuimos felicitados y de aquellas en que decepcionamos a alguien. No siempre recordamos los hechos con claridad, pero ciertas maneras de reaccionar permanecen. Una palabra, un gesto o un tono de voz pueden tocar algo antiguo y hacer aparecer una faceta que ni siquiera sabíamos que estaba allí.
Quizá somos menos una identidad terminada que un entramado de experiencias, recuerdos, deseos y relaciones que continúa modificándose.
Hay además algo desconcertante: nuestras caras aparecen en relación con otras caras. Decimos que alguien “es” agresivo, impaciente, generoso o cariñoso, como si describiéramos una propiedad permanente. Sin embargo, esa misma persona puede comportarse de manera completamente distinta con alguien más. Incluso una relación conflictiva puede cambiar cuando uno modifica su manera de hablar, escuchar o responder.
Esto no significa que fabriquemos al otro ni que seamos responsables de su conducta. Significa algo más difícil de aceptar: una parte de lo que somos aparece en ese espacio invisible que existe entre nosotros. Cuando cambia ese espacio, puede aparecer otra cara del diamante.
Tal vez por eso, al descubrir nuestras contradicciones, nos preguntamos: ¿quién soy realmente? Buscamos una respuesta en la reflexión, la terapia, la meditación o alguna forma de vida espiritual, esperando encontrar debajo de tantas capas un yo definitivo que finalmente ponga orden.
Pero ¿y si no hubiera nada que desenmascarar?
Podríamos ser precisamente esa multiplicidad: la persona paciente y la impaciente, la valiente y la temerosa, la generosa y la egoísta. Reconocerlo no significa justificar todo lo que hacemos. Decir “esto también soy yo” es muy distinto de decir “así soy y no puedo cambiar”.
Quizá ahí comienza una forma de humildad: poder mirar una cara del diamante que no nos gusta sin negar que nos pertenece. Algunas facetas podrán modificarse con los años, la experiencia, los errores y la reflexión. Otras permanecerán. Y seguramente aparecerán algunas que todavía desconocemos.
El diamante no tiene una cara verdadera escondida detrás de las demás. Necesita todas sus caras para existir.
Tal vez nosotros también.
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Edición: Ana Ordaz