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del

Yaquis en Yucatán

Cauces del Tiempo
Foto: El Hijo del Ahuizote, 1900

La muerte

La revisión de los registros de defunción de las haciendas henequeneras de Sodzil y Xcumpich, en Mérida, arroja un dato revelador: entre 1905 y 1913 murieron allí al menos 79 personas yaquis. De ellas, 16 fallecieron en Sodzil y 63 en Xcumpich. Veintiséis eran originarias de Sonora, con edades de entre cinco y 70 años; las 53 restantes eran bebés y niños menores de cinco años, nacidos en Yucatán e hijos de padres sonorenses. 

La mortalidad infantil constituye uno de los indicadores más sensibles para evaluar el bienestar de una población, ya que refleja la alimentación, las condiciones sanitarias y la incidencia de enfermedades infecciosas. En este caso, los registros de defunción revelan que la muerte de niños pequeños fue una experiencia recurrente y un certero indicador de la vulnerabilidad en que vivían las familias yaquis. Entre 1905 y 1911 se registraron 15 defunciones de recién nacidos (5 nacieron muertos, 5 murieron por inanición, 3 por meningitis, 1 por infección intestinal y 1 por tétanos). Lo anterior refleja las dificultades que enfrentaban las mujeres durante el embarazo, el parto y la lactancia, agravadas por la desnutrición y el trabajo forzado. Asimismo, el análisis de las actas permite identificar madres que perdieron uno o varios hijos y observar que estas pérdidas se concentraron en determinadas familias.

La situación continuaba siendo crítica durante la infancia. Se documentaron 49 defunciones de menores de cinco años, más de la mitad, asociadas con enfermedades gastrointestinales. También se registraron fallecimientos por infecciones respiratorias, meningitis, tétanos, paludismo, desnutrición e inanición. En conjunto, un entorno de extrema pobreza caracterizado por deficientes condiciones de higiene, alimentación insuficiente y una elevada exposición a enfermedades infecciosas.

Entre la población adulta, la cosa no fue diferente. Las principales causas de muerte fueron también enfermedades gastrointestinales e infecciones respiratorias, además de tuberculosis, otras enfermedades infecciosas, desnutrición, actos violentos y alcoholismo. Aunque el número de defunciones fue menor que entre los niños, el patrón epidemiológico confirma que la población yaqui vivía en condiciones de alta vulnerabilidad, donde las enfermedades transmisibles, la insuficiencia alimentaria y las condiciones de violencia estructural afectaban de manera generalizada.

Lo que estos registros revelan es que la deportación yaqui no significó únicamente el despojo de su territorio y el desarraigo de sus comunidades, sino también un sometimiento laboral en condiciones de enfermedad y desnutrición que tuvieron un costo humano. La elevada mortalidad infantil y la pérdida reiterada de hijos fracturaron la vida familiar y alteraron la dinámica demográfica se los yaquis. El exilio, así, no solo significó perder su tierra, también significó perder generaciones.

La investigación realizada reveló también la ausencia de vestigios físicos de los trabajadores yaquis en el periodo de 1900 a 1915. Si bien las 79 actas de defunción localizadas en el Registro Civil de Chuburná de Hidalgo documentan que los fallecidos fueron inhumados en la fosa común del cementerio de ese poblado, en la actualidad no existe evidencia material que permita identificar el lugar donde fueron enterrados. Todo indica que recibieron un tratamiento funerario similar al del resto de los jornaleros; sus cuerpos fueron depositados en fosas comunes por un periodo de dos años, previo pago de 62 centavos. Sin embargo, la documentación histórica no aporta información sobre el tipo de sepultura ni el destino final de los restos una vez concluido ese plazo, cuestión que dificulta reconstruir prácticas funerarias y procesos de memoria asociados a los yaquis deportados.

Se sabe que las prácticas funerarias responden tanto a factores religiosos como sociales; por ello, la permanencia o desaparición de los espacios de enterramiento puede reflejar procesos de conservación de la memoria o, por el contrario, de su olvido. En el cementerio de Chuburná de Hidalgo, la fosa común donde fueron sepultados trabajadores yaquis desapareció en algún momento entre 1915 y la actualidad. Con ella no solo se perdieron vestigios materiales, sino también las referencias que permitirían hoy reconocer su ubicación y existencia. La desaparición de esto borró así una de las escasas huellas materiales de la presencia yaqui en Yucatán y dejó en el olvido a quienes allí fueron sepultados.

Oana Del Castillo es antropóloga física del Centro INAH-Yucatán

Coordinadora editorial de la columna: 
María del Carmen Castillo Cisneros, antropóloga social del Centro INAH Yucatán

Edición: Ana Ordaz


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