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Hablar desde el yo, acusar desde el tú

Lo que sentimos es verdadero, la explicación que le damos a ello puede no serlo
Foto: Lucio Blanco / Archivo

Hay una diferencia aparentemente pequeña entre decir “tú me haces sentir mal” y decir “yo me siento mal cuando sucede esto”. Las palabras se parecen, pero el lugar desde donde hablamos es distinto. En una frase ponemos al otro en el banquillo de los acusados; en la otra reconocemos que hablamos de nuestra propia experiencia.

Quizá una de nuestras dificultades sea aceptar que no todo lo que sentimos tiene un culpable.

Cuando algo nos lastima, nos enoja o nos decepciona, buscamos rápidamente una causa y casi siempre esa causa tiene nombre: tú hiciste, tú dijiste, tú no entendiste, tú nunca, tú siempre. El “tú” se convierte en un dedo extendido. Ya no señala solamente un hecho: señala a una persona.

Decir “tú me lastimaste” parece una descripción, pero muchas veces contiene algo más. No solamente afirmamos que algo nos dolió; suponemos que conocemos la intención del otro. Interpretamos una conducta y después tratamos nuestra interpretación como si fuera un hecho.

Podemos sentirnos juzgados sin que el otro haya querido juzgarnos, o abandonados sin intención de abandonarnos. Podemos sentir desprecio ante un silencio que para el otro quizá fue cansancio, distracción o simplemente silencio.

Lo que sentimos es verdadero. La explicación que damos a lo que sentimos puede no serlo.

Hablar desde el “yo” introduce esa pequeña pero enorme distancia. “Yo sentí que me juzgabas” no significa lo mismo que “tú me juzgaste”. En la primera frase reconozco una experiencia; en la segunda establezco una verdad acerca del otro.

Y quizá ahí aparece una forma de soberbia: creemos saber qué pensó el otro, qué quiso decir, cuáles fueron sus intenciones. Convertimos nuestra percepción en conocimiento y desde esa certeza acusamos.

Hablar desde el yo exige aceptar algo incómodo: podemos equivocarnos acerca del otro.

Nuestra mirada nunca es inocente. Escuchamos desde nuestra historia, nuestros recuerdos, nuestros miedos y expectativas. Una misma frase puede ser indiferente para alguien y devastadora para otro. No porque uno tenga razón y el otro esté equivocado, sino porque ninguno escucha desde un lugar vacío.

El problema del “tú” acusador tampoco consiste únicamente en su agresividad. Muchas veces contiene un deseo de controlar: “tú deberías haber hecho esto”, “tú tendrías que entenderme”. Detrás puede esconderse una exigencia más profunda: quiero que seas como necesito que seas.

Pero el otro existe precisamente allí donde deja de coincidir con nosotros.

Reconocer nuestra participación en un conflicto es diferente de aceptar la identidad que alguien intenta imponernos mediante una acusación. Podemos haber cometido un error sin ser aquello que el otro dice que somos.

Ante un “tú siempre haces lo mismo” aparece casi espontáneamente la defensa: “no es cierto”, “tú también”, “el problema eres tú”. Y entonces comienza el tango. Uno acusa, el otro responde acusando; cada uno intenta demostrar que la culpa pertenece al otro. Desaparece aquello que originó la discusión y queda la lucha por tener razón.

Se necesitan dos para bailar ese tango.

Dos personas pueden salir de una misma conversación con experiencias completamente diferentes. Una puede haberse sentido abandonada mientras la otra necesitaba distancia; una puede haber escuchado desprecio donde la otra creyó estar poniendo un límite. Ambas experiencias existen, aunque parezcan incompatibles.

Nuestra necesidad de encontrar un culpable quizá nace precisamente de la dificultad de soportar esa contradicción.

Hablar desde el “yo” significa entonces algo más que cambiar una palabra por otra. Es reconocer los límites de nuestra mirada. Es renunciar a la pretensión de saber completamente quién es el otro, qué quiso hacer y por qué lo hizo.

Tal vez la humildad en una relación comience ahí: cuando podemos reconocer nuestra verdad sin convertirla en toda la verdad.

Y aceptar que algunas veces comprender lo ocurrido no requiere decidir quién fue el culpable.


Lee, de la misma autora: El diamante que somos

Edición: Mirna Abreu


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