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Una inadvertida despedida

Cada que el otoño se aproxima, recuerdo su partida
Foto: Reuters

No recuerdo todo de esa noche, pero no olvido nada y aún siento esa extraña sensación. No creo poder desprenderme de ella ni sé si quiero hacerlo, creo que nunca podré describirla, simplemente sé que es como un escalofriante vacío, la nada que pareciera preceder toda existencia, pero que en realidad es su continuidad. 

Era domingo, de eso estoy seguro, rondaban las 10 de la noche, el teléfono sonó, el emisor era habitual, así que nada advertía el mensaje. Pensé que sería poco más de trabajo, pero su carencia de tacto se graduó esa noche: “Pedro murió, lo encontraron en su casa, no viajó a México”. Así, lo que una vez fue una vida se apagó “de la nada”, como un salto al precipicio que no deja huellas, solo las escritas en el alma, las que no se borran con los años, las que se profundizan con la eterna pregunta imposible de responder: “¿Por qué?”.

En octubre próximo se cumplirán 16 años y su nombre retumba, golpea, se acerca. No creo que exista forma de comprender las razones de quien a los ojos de todos tenía una vida promisoria por delante, y más pensando en ese viaje, el último previo a rehacer su vida, pero por algún motivo, o quizás por muchos de ellos, tomó el otro camino, el que lo apartó de nosotros, sus amigos, sus familiares, y que involuntariamente nos legó una huella que con los años se profundiza, un duelo abierto sin ruta, sin recetas, sin razones, solo así, directo al alma. Y es que a veces las señales son claras, están ahí, pero muchas otras se ocultan, se hacen invisibles y más cuando no se hablan, cuando se callan por miedo, pudor, o cualquier otra causa.

Una nota de “disculpa” sirve hoy como mensaje de despedida, y si pudiera mirarlo, le diría: “¡Cabrón!, no hay nada que perdonar, gracias por lo vivido”. Pero no, ya no hay más forma que escribirlo y repetir esas palabras al viento mientras brindo en aquel rincón en el que tantas veces nos anocheció discutiendo de política y humanidad; pues era así nuestra amistad, sin perdones ni culpas, nos sabíamos imperfectos. 

La última vez que hablé con él, la noche previa al que “debió” ser su viaje a México para iniciar una nueva etapa, lo escuché tranquilo, pausado. Ese viernes hablamos varias veces, hoy entiendo que la crisis se manifestó así, entre inseguridades y temores. Quizás la ansiedad y la depresión lo devoraron, quizás los miedos del deber ser, o quizás también el enfrentarse al juicio que pesa sobre nosotros cuando escuchamos aquellas voces que nos juzgan y ante las que tememos vernos derrotados. Francamente, creo que fue todo eso y más, y con el paso de los años me convenzo cada día de que él sintió liberarnos al instante en que se liberó a sí mismo de todo ese peso. Su nota de despedida, que únicamente decía cuánto lo sentía, fue el acto previo a despojarse de lo mundano, del peso de los años, los dolores y los juicios. 

Los seres humanos tenemos rituales y este es el mío; cada que el otoño se aproxima, recuerdo su partida y pienso que también hubiéramos celebrado su nacimiento, esas paradojas propias de la vida, y quizás sí renació en otro lado, porque entre quienes lo conocimos sigue vivo, aunque ya no hablemos mucho de él y aunque en nuestras complejidades y contradicciones dispersemos la comunión que nos hizo amigos. 

Hoy es 10 de septiembre, Día Mundial para la Prevención del Suicidio, y trato ya de no pensar tanto en el porqué, para así celebrar más su vida, la que por el breve instante de nuestra amistad compartí, y que me hace, a pesar del dolor, estar agradecido, aunque también un poco más deshabitado. Y creo en la importancia de hablar, estudiar y prevenir el suicidio, porque la esperanza está ahí junto al dolor; es humana y también pide ayuda. 

Ahora que escribo estas líneas, no oculto mi dolor que se asemeja al del primer día; aunque el tiempo sabe hacer lo suyo, algo recorre mi cuerpo, un viento helado que me carcome los huesos, el alma. Un duelo inacabado que quienes nos quedamos debemos afrontar y que es también una parte silenciosa de una inadvertida despedida. 

@DisyuntivasC


Edición: Estefanía Cardeña


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