Opinión
José Díaz Cervera
15/09/2026 | Mérida, Yucatán
Iluminar la patria.
Cantar.
Soñar.
México es un himno sintetizado en tres golpes de voz; es también un corazón que tiene muchos nombres: el territorio en que despiertan los perfumes.
México no es tan solo un pedazo de tierra con un brazo extendido al meridión y una mano amigable hacia la aurora. México es un enorme corazón de cielo y mar, de tierras coloreadas por las voces del tiempo y por los afanes de hombres y mujeres que son como colibríes que empollan la esperanza.
Nuestra tierra es una mujer que acaba de lavar su cabellera con aguas floridas; es también la brisa que visita nuestros brazos y una oración que viene de muy lejos a reposar en el sueño del maíz y del cacao. México es un camino que sólo puede transitarse convirtiendo el corazón en un cenzontle.
Aquí vino el petricor a recordar sus nombres y se llamó Zempoala y se llamó Papantla y se llamó Tehuantepec y se llenó de música cuando se puso Pátzcuaro y se nombró Izamal para vestirse de amarillo.
Aquí todo es memoria, aquí todo es asombro.
Por eso ven conmigo, hermano, te invito a caminar: vamos a seguir el sendero del tapacamino, vamos por la ruta del coyote, vamos a escuchar lo que platican el ahuehuete venerable y el cenzontle. Vamos a romper nuestra sombra para irnos detrás de los hombres que caminan con los pies ligeros.
Ven conmigo, hermana, préstame tus ojos, préstame la tierra donde pisas, regálame el presagio que escondes en la palma de tu mano izquierda: regálame tu voz que afirma el mundo en maya, en zapoteco, en purépecha, en náhuatl o en rarámuri.
Aquí todo es instante, eternidad llena de colores, constelación de cantos y de ensueños.
Ven, hermano; ven, hermana. Tengo listo el lujo del pozol, tengo hojas del acuyo sagrado, tengo semillas de amaranto para aromar la primavera y flores de cempasúchil para honrar nuestras memorias. Ven, hermana, ven, hermano: vamos a cantar, vamos a bailar, vamos a conquistar la felicidad que merecemos. Vamos a festejar que somos hijos de esta luz benigna, de esta llovizna libre y aterciopelada, de estos atardeceres prodigiosos y de estas noches donde el cielo urde la gran hamaca de la eternidad.
Ven, hermana; ven, hermano: lo que fuimos nos espera para que no perdamos la memoria; lo que seremos nos aguarda con los brazos abiertos.
Tenemos fragancias de esperanza. Estamos aprendiendo a urdir nuestros caminos en los telares de la luz. Estamos bordando el porvenir con los hilos del asombro, la alegría y el futuro.
*Texto leído durante la ceremonia del Grito de Independencia en Yucatán.
Edición: Estefanía Cardeña