Opinión
José Díaz Cervera
14/09/2026 | Mérida, Yucatán
El problema de los libertarios no solamente es su intolerancia y su clasismo, sino su capacidad para seducir a todos los grupos sociales a través del alarde de sus privilegios. Los libertarios usan la ostentación como estrategia ideológica, haciéndonos creer que cualquiera que esté dispuesto a partirse el alma trabajando puede llegar a ser como ellos. Debajo de ese sofisma, se esconden las tretas, las trampas y las traiciones que generalmente les permitieron llegar a donde están.
Por eso los libertarios no debaten, insultan; los libertarios afirman sin probar y descalifican desde sus prejuicios y desde sus intereses oscuros. Los libertarios no argumentan, construyen sofismas: para ellos el apoyo a la gente de escasos recursos es dinero tirado que sólo sirve para fomentar los vicios usualmente atribuidos a los menesterosos, tal y como lo dijo hace unos días Amparo Casar; en sentido contrario, los casi 26 mil millones de pesos anuales que nos cuesta el FOBAPROA son (para estos pillos) parte de un esquema de apoyo absolutamente necesario para la estabilidad del país, no importa si detrás de ese esquilmo hubo un fraude gigantesco que comenzaron a pagar nuestros padres, y que seguirán pagando nuestros hijos, nuestros nietos y al menos tres generaciones más. (El asunto de la “estabilidad” acusa un fondo perverso, por cierto).
En el FOBAPROA, sin embargo, el “libre mercado” no operó de acuerdo con sus propios supuestos y la caraja libertad evidenció su racismo y su clasismo, enseñándonos que los mercados pueden manipularse sin pudor alguno para que en ellos ganen los de siempre, como sucedió en Argentina con el fraude de las criptomonedas donde el propio Milei invitó a la gente a invertir en un proyecto envenenado y después atribuyó las pérdidas (que, por cierto, se acumularon entre las clases medias argentinas) a los vaivenes del libre mercado.
Más allá de un régimen y de un grupo en el poder, es necesario que la sociedad civil dé la batalla cultural al egoísmo disfrazado de defensa de la individualidad, y para ello debemos ir pensando en términos de solidaridad y de bienestar colectivo, evidenciando las trampas del egoísmo ético.
Vamos entonces a ponernos por encima de las luchas partidistas para discutir desde la perspectiva del ciudadano común y corriente. La lucha cultural que aquí se propone es en favor del desarrollo del espíritu comunitario, algo para lo que es importante el encuentro humano. La “batalla cultural” debería entonces repensarse desde otro lenguaje y a partir de otros objetivos: “batalla” es guerra y la guerra supone aniquilación de la otredad.
¿Podríamos convertir nuestros conflictos en guerras floridas? Tal vez debiéramos hacer conciencia de que la alegría es el mayor acto subversivo, y el discurso de la ultraderecha (Milei y su sierra eléctrica y de la Espriella con el sobrenombre de “Tigre”) opera siempre desde el miedo y la amenaza.
Mas la solidaridad es paz y la paz es el germen inevitable de la alegría y de la esperanza. La clave está en las clases medias, en su mimetismo con el proyecto de las oligarquías, en su necesidad un tanto quimérica y hasta mezquina de querer ser como ellas a costa de lo que sea, y en el equívoco colectivo de confundir el ser con el parecer y los medios con los objetivos, despropósitos que explican por qué las clases medias casi siempre terminan perdiendo por aliarse con quienes no debieran.
La estrategia entonces debería construirse alrededor de la solidaridad humana como eje de nuestra existencia.
Los vínculos sólidos no se desvanecen con el aire.
Edición: Estefanía Cardeña