Opinión
Margarita Robleda Moguel
21/09/2026 | Mérida, Yucatán
Soy de la generación del “Bus set”, tiempos de oro del ADO, en el que viajábamos en autobús a la ciudad de México y de ahí a Chihuahua, para tomar una avioneta y volar a la sierra Tarahumara, para llegar en 35 m a un lugar de 18 horas y aterrizar entre lodo y nieve.
Mis abuelos vivían en San Antonio Texas, y, como la nieta mayor, aprendí a volar sola a los 8 años, por lo que tengo mas de 60 años de historias con las líneas aéreas. En ese entonces, era un privilegio viajar en avión, una se vestía de gala, y era atendida por aeromozas jóvenes, bellas y muy amables y esperaba con ansia encontrar a los reporteros para que, además del disfrute de viajar, todos se enteraran. A la gente le tomo mucho tiempo aceptar que deslizarse por los aires era mejor que recorrer tierra.
La educación cambio la historia, a más preparación mayor ingreso y la gente comenzó a trasladarse a veces de ida y vuelta a una junta de trabajo; el costo del viaje en autobús empato con el de volar y las compañías aéreas se multiplicaron y las conexiones facilitaron los traslados y llegó la época de oro de la aviación alrededor del mundo.
La multiplicación de los viajeros inicio una nueva etapa. El exceso de estos ha complicado la vida de los habitantes, que en su momento clamaba por su presencia, como en Barcelona, donde ya no hay espacio para los locales. Venecia, Paris, Santiago de Compostela, entre otros.
Todo comenzó a transformarse en complicaciones: los aeropuertos se hacen eternos para caminar, los altos no saben dónde acomodar sus rodillas y los aviones aumentaron asientos y mientras nosotros nos volvimos más “hermosos”, estos se hicieron más estrechos y a mayor numero, los maleteros, más pequeños: los últimos en subir pagan las consecuencias.
Ahora los asientos tienen precio. El mas barato es el que va en medio como jamón del sándwich y el del pasillo, además de darle al de en medio el espacio del brazo, recibe los golpes de los que pasan rumbo al baño o de los carritos de alimentos que ahora se venden.
Han rasurado los espacios incluyendo el colchón del asiento. ¿Cuánto más se pueden ahorrar de peso, frente al costo del dolor de coxis en vuelos de 12 o más horas?
Hace un par de semanas regresé de Aucklan, N. Z. rumbo a San Francisco, CA. en vuelo de 12h y de ahí, 5 y media a Cancún.
La ilusión de los panuchos en la isla de Valladolid y mi hamaca en espera, me permitían prepararme a la cantidad de tiempo sentada. Un par de horas después del despegue, el capitán pidió el apoyo de un médico, un pasajero tenía problemas. Las consultas se multiplicaron entre los tres médicos que respondieron. Caí en cuenta de que cruzábamos el océano Pacifico y su inmensidad, por lo que no era sencillo encontrar una ciudad para descender. Después de un largo tiempo nos avisaron que regresaríamos a Aucklan para bajar al pasajero. Al llegar nos dijeron que aguardáramos noticias. Estaba convencida de que el costo de hospedaje y etcéteras de 200 pasajeros seria enorme, por lo que bajarían al enfermo, cargaríamos gasolina y retornaríamos a la ruta rumbo a San Francisco. ¡Sorpresa! Pasamos de nuevo por migración y aduana y nos dijeron que fuéramos con la línea aérea para información. Así, pues, después de 5 horas de viaje de regreso, me mandaron en un taxi al hotel, con la consigna de regresar al día siguiente a las 11 de la mañana. Me apenó mi compañero de asiento, que no hablaba inglés. Al día siguiente me enteré que mi regreso había sido reajustado. En lugar de volar a San Francisco-Cancún, volaría San Francisco, Newark, NY, y de ahí a Cancún. ¿A quien le reclamas? ¿A una persona agotada que solo entiende ordenes?
Llegue a Newark a las 11:30pm, el vuelo a Cancún saldría a la 8am. Decidí que la sala de espera estaba perfecta. No podía pegar los ojos, so pena de enfrentar una sorpresa. Logre comprar algo para cenar en tiendas con maquinas para pagar. Cada vez hay menos empleados que respondan preguntas. Al final, los panuchos no me supieron a nada. Después caí en cuenta que, en algún lado de los brincos, pesqué COVID, y luego se le unió Influenza y Dengue, con el primer mosquito que me dio la bienvenida en la península.
Al llegar a casa confirmé que todos los aeropuertos están en manos de la mafia. La zona de equipaje de la ciudad de México es la peor. Procuro evitarla. Pero ahora para mi sorpresa, no llegó una cartera artesanal ni el cacao molido de Cartagena. Durante años, me han robado infinidad de regalitos.
¿En manos de quien volamos?
@mrobelda
Edición: Ana Ordaz