de

del

Decisión o indecisión

Casi siempre elegimos entre posibilidades incompletas, con ventajas, pérdidas y consecuencias
Foto: Rodrigo Díaz Guzmán

Decidir nunca es escoger entre una opción perfecta y otra equivocada. Casi siempre elegimos entre posibilidades incompletas, cada una con ventajas, pérdidas y consecuencias que no podemos conocer del todo. Quizá por eso decidir resulta tan difícil: quisiéramos saber de antemano qué ocurrirá después. Pero decidir comienza precisamente donde termina la certeza.

También no decidir es una decisión. Permanecer inmóviles conserva por un tiempo la ilusión de que todavía tenemos todas las posibilidades abiertas. Mientras no escogemos, nada parece haberse perdido. Sin embargo, el tiempo también decide por nosotros. No elegir no nos deja fuera de las consecuencias.
Toda decisión implica una renuncia. Al escoger un camino, dejamos otros atrás. Tal vez una parte importante de la indecisión provenga de nuestra resistencia a esa pérdida. Nos gustaría una elección en la que nada quedara fuera, como si pudiera existir una posibilidad perfecta que conservara todas las ventajas y evitara todos los riesgos.

Pero lo perfecto pertenece más fácilmente a la imaginación que a la realidad.

Podemos desear algo, buscarlo, construirlo; otra cosa es exigir que la realidad responda exactamente a ese deseo. Ahí aparece la exigencia: no en querer, sino en esperar que lo que sucede coincida con lo que habíamos previsto. La realidad, sin embargo, siempre introduce algo que no habíamos calculado.

Por eso, cuando una decisión trae consecuencias distintas de las esperadas, solemos interpretarlo inmediatamente como una equivocación. Tal vez no lo sea. Quizá simplemente estamos encontrándonos con aquello que ninguna decisión podía mostrarnos antes de haberla tomado.

Lo nuevo tiene una dificultad particular: todavía no lo conocemos. No sabemos qué parte de nuestra incomodidad pertenece realmente a la nueva situación y qué parte proviene de haber perdido lo conocido. Entonces el pasado empieza a transformarse. Recordamos sus ventajas y olvidamos las razones que nos llevaron a abandonarlo. Lo conocido adquiere una perfección retrospectiva que probablemente nunca tuvo.

Recordar por qué tomamos una decisión puede impedir que confundamos la incomodidad del cambio con el fracaso. No para obligarnos a permanecer en una elección que ya no queremos, sino para darle a la experiencia el tiempo necesario para mostrarse.

Hay decisiones que deben modificarse. Cambiar nuevamente no necesariamente desmiente la decisión anterior. Podemos haber elegido con lo que sabíamos entonces y volver a elegir desde lo que ahora sabemos. La realidad cambia y nosotros también.

El dinero también interviene en nuestras decisiones, pero no siempre de la misma manera. A veces elegimos la opción más cara porque es la que más se acerca a lo que deseamos o necesitamos en ese momento. Podemos querer comodidad, ciertos servicios, estar cerca de lugares que nos importan o simplemente disfrutar de algo que entonces sentimos indispensable. Elegirlo no tiene por qué ser un error ni una frivolidad.

Podemos disfrutar de aquello mientras tenga sentido para nosotros. Con el tiempo, sin embargo, nuestras necesidades cambian. Lo que antes parecía indispensable puede dejar de serlo, ya sea porque lo hemos vivido, porque descubrimos que podemos estar bien con menos o porque económicamente ya no conviene sostenerlo.

Entonces, elegir algo más sencillo no invalida la elección anterior. Tampoco significa necesariamente perder o retroceder. Puede significar simplemente reconocer que aquello que necesitábamos entonces ya no es lo que necesitamos ahora.

Siempre existe el riesgo de equivocarnos. La cuestión cambia cuando dejamos de convertir el error en un juicio sobre nosotros mismos. “Esta decisión no produjo lo que esperaba” no significa “he fracasado”. Lo primero reconoce un hecho; lo segundo convierte ese hecho en una sentencia sobre quienes somos.

Tal vez una decisión no necesite salir bien para haber tenido sentido. Puede revelarnos algo sobre nuestros deseos, nuestros límites y nuestras exigencias. También puede enfrentarnos con algo más difícil: aceptar que la realidad nunca estará enteramente bajo nuestro control.

Hacernos responsables de una decisión no consiste en garantizar sus consecuencias, sino en reconocerlas como parte de lo elegido, aprender de ellas y estar dispuestos a volver a decidir.

Porque una decisión no tiene que durar para siempre para haber sido valiosa. Lo que fue verdadero para nosotros en un momento puede dejar de serlo después. Cambiar de decisión no siempre es contradecirnos; a veces es reconocer que también nosotros hemos cambiado.

Decidir no es dominar el futuro. Es elegir sin conocerlo del todo y aceptar que, cuando el futuro llega, quizá tengamos que volver a elegir. 

También puedes leer el contenido de Lourdes Álvarez en Substack.


Lea, de la misma autora: Hablar desde el yo, acusar desde el tú


Edición: Estefanía Cardeña




Lo más reciente

Literatura nacional

Guiños lectores

José Juan Cervera

Literatura nacional

Yucatán: Díaz Mena expone 88 proyectos ante el Consejo Directivo Nacional de la Concanaco

Las iniciativas tiene potencial para generar más de 79 mil empleos directos e indirectos

La Jornada Maya

Yucatán: Díaz Mena expone 88 proyectos ante el Consejo Directivo Nacional de la Concanaco

Decisión o indecisión

Casi siempre elegimos entre posibilidades incompletas, con ventajas, pérdidas y consecuencias

Lourdes Álvarez

Decisión o indecisión

Senado turna a comisiones minuta sobre doble nacionalidad; prevén discutirla hoy

La adopción advierte que la reforma vulnera los derechos políticos de connacionales en el extranjero

La Jornada

Senado turna a comisiones minuta sobre doble nacionalidad; prevén discutirla hoy