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Ferales

Lo único que tenían en común todos los perros era el abandono, el hambre, la sed, el desprecio y el maltrato
Foto: Fernando Eloy

Detuvieron la jornada y se sentaron sobre unos bloques alrededor de una carretilla que hacía de mesa. Había llegado la hora de comer. El menú, un pollo asado, todavía tibio. En el centro, un refresco de cola de tres litros, del cual todos bebían, tomando desde la boquilla de turno en turno. El pollito fue prensado pieza por pieza con las manos polvorientas, mordido y, con menos de cinco masticadas, tragado. Generalmente, los huesos terminaban bien chupados, en ocasiones con trazas de cuero que aún delatarían el sabor. Los restos de comida se los aventaron a unos perros callejeros que habían “adoptado”, y que les cuidaban las espaldas por las noches. El fraccionamiento en construcción funcionaba de casa temporal, pues sus hogares se encontraban a varias horas en transporte público.

Excepcionalmente, Baltazar optó por recolectar algunos sobrantes en una vieja bolsa gris de supermercado, de las que generalmente tienen unos huequitos miserables donde siempre se escurre cualquier ínfimo líquido. Amarró la bolsa en un alambre recocido que sobresalía en una de las últimas trabes coladas. Acumulaba los sobrantes para llevárselos a Terry, su famélico perro, que siempre le aguardaba sobre la banqueta frente a su puerta.
Tras dos días colgada, la bolsa desprendió un olor fétido que molestó a sus compañeros. Baltazar la envolvió en más plástico y salió al monte para tomar un atajo que le permitiría alcanzar la ruta de las 6:00 de la mañana. Caminar veinte minutos entre la vegetación era cotidiano para alguien que en su pueblo vivía de la cacería en la selva.

Avanzó por el bosque tupido cuando un ruido estrepitoso entre las ramas lo detuvo. La vegetación no dejaba ver nada, pero a su espalda emergió un segundo crujido y un pelaje canela. Asustado, se frenó. Sintió dos punzadas en la pantorrilla y reaccionó sacudiendo la bolsa de comida como proyectil.

Intentó correr, pero un perro alto, negro con manchas cafés y orejas cortadas le cerró el paso. El primer atacante retrocedió un metro manteniendo un gruñido intimidante. A la vista aparecieron dos perros más cerca del líder. Alrededor de la primera bestia se sumaron otros tres, entre ellos un perro chaparro y peludo de aspecto dócil, visiblemente preso de la rabia.

En un instante, ya se encontraba rodeado de siete perros dispuestos a devorarlo al primer movimiento en falso. Todos gruñían, ninguno ladraba, únicamente el perro que había atizado la mordida inicial. Sin embargo, el perro pequeño peludo de orejas colgadas y barbas blancas, gruñón, pero de apariencia apacible, dio un zarpazo y mordió al primer descuido. Baltazar volvió a usar la bolsa de comida como proyectil y se defendió. Los demás perros comenzaron un ataque sonoro que intimidó por demás a la víctima. Inmediatamente al golpe propinado al pequeño perro, dos perros se le abalanzaron sin piedad, pues ahora sí se vieron agredidos. En centésimas de segundo habían propinado tres mordidas con una voracidad que apenas pudo sentir Baltazar, pues estaba pataleando en completo estado adrenalínico. Un perro tuerto lanzó una mordida que alcanzó a clavar uno de sus colmillos en la muñeca y logró rasgar la bolsa de huesos que se desprendió y cayó al suelo. De inmediato, la bolsa fue prensada por uno de los canelos eléctricos. En un instante salieron disparados del lugar, dispuestos a degustar el ansiado motín que había costado una mañana de cacería, dejando a Baltazar a su suerte, tirado, desangrado y moribundo. La bolsa de huesos había sido el platillo del día, pero la jauría tenía un amplio repertorio de ataques a iguanas, pavos ocelados, liebres, zorritas grises e incluso pequeños venados cola blanca. Tras años de emboscadas letales, la abundancia de diversas especies de la selva había comenzado a mermar.

La jauría estaba integrada por perros de múltiples características: el líder era un perro eléctrico color canela, le acompañaba un bóxer negro de manchas cafés, un pit bull blanco que aún tenía un collarín azul en su cuello, un rottweiler tuerto, un aparentemente manso schnauzer completaban el clan un perro salchicha y un visiblemente maltratado perro mestizo. Lo único que tenían en común todos los perros era el abandono, el hambre, la sed, el desprecio y el maltrato del que habían sido objetos por sus antiguos compañeros, irresponsables e inhumanos, situación que los transformó de ser animales domésticos a salvajes y que los mantendría por mucho tiempo devorando indiscriminadamente todo lo que se les atravesara.

Lea, del mismo autor: La abuelita Chica


Edición: Estefanía Cardeña


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