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La abuelita Chica

Francisca tenía 84 años, pero las caminatas la mantenían con una envidiable condición física
Foto: Ap

Era momento de visitar a la abuelita Chica. Valeria era la más emocionada. Las historias de la abuela, los elotes asados junto al madroño y el fuego eran el refugio perfecto. Las catorce horas de viaje valían la pena para escapar de la acelerada ciudad de hierro, repleta de autos y espectaculares. 

El trayecto sería un deleite. Después de las dos horas de recorrido para salir de la ciudad, comenzaron a avistarse extensos campos de pastizales inducidos con cabezas de ganado repartidas. Siguieron los siempreverdes mezquitales. Aparecieron en el horizonte unos majestuosos izotales que crecían caprichosamente retorcidos y tapizaban las faldas de la sierra que comenzaba a levantar. Los matorrales eran extensos. En el paisaje se lograban divisar algunos ejemplares de un árbol de base ancha, con ramas delgadas, que la abuela llamaba pata de elefante. Valeria lo recordaba bien, pues cuando se lo topaban en sus caminatas, la abuela le decía: «¡Mijita, dale un abrazo pa’ recargar energía!» También en los matorrales asomaba un cactus que, al observar, le arrancó una sonrisa a Valeria, pues recordó que la abuela le llamaba asiento de suegra. En efecto, parecía una silla sin respaldo con un asiento forrado de espinas enormes. Sabrá Dios por qué le pusieron ese nombre. Una vez levantada la sierra, los paisajes estaban colmados de cactus columnares y enormes candelabros. Después de forzar el coche para subir la montaña, aparecieron los encinares con ardillas royendo las bellotas. El frío comenzó a calar. Era el aviso de que la ruta cambiaría y, con tres horas de terracería, llegaron. 

Valeria bajó del coche con las piernas entumidas y, tras una enorme estirada tronadora, corrió a abrazar a su abuelita Chica. Se llamaba Francisca. Tenía 84 años, pero las caminatas la mantenían con una envidiable condición física. Sin embargo, los años no pasan en vano. La abuela recibió y devolvió el abrazo, le dio un beso y la mandó a descansar.

Tras el desayuno, fueron a la parcela de la abuela. Para sorpresa de Valeria, el maizal no figuraba como siempre, frondoso y exuberante, sino chaparrón y enclenque; además, reconoció que había múltiples variedades de maíz sembradas. Después de seleccionar algunos elotes, la abuela acomodó leña de encino blanco, aventó algunos cachos de ocote y, en un par de minutos, la fogata ardía. Puso los elotes sobre la lumbre y el tronido delató el inicio de la cocción. Durante la espera, Valeria preguntó: 

—Abuelita, ¿qué le pasó este año a tu cosecha? —dijo Valeria, tras respirar el aire tostado del ambiente.

—¡Ay, mijita! Este año la lluvia nos castigó —contestó la abuelita Chica, desanimada tras calcular que, al finalizar la temporada, apenas y completaría unos cuantos costales de maíz para autoconsumo. 

—¿Y antes era diferente, abuelita? ¿Llovía más? —continúa Valeria, buscando entender el nostálgico rostro de su abuela—. ¿Qué ha cambiado, abuelita?

—¡Todo, mijita! —responde la abuelita, con los recuerdos encima—. Endenantes, aquí cerquita existía un arroyo bien chulo. Había unos ahuehuetes regrandotes. Hasta extrañamos a los canijos coyotes que bajaban a tomar agua y no nos dejaban dormir con tanto aullido, ansina sabíamos que andaban tras de nuestras gallinas, y pos, terminamos por cazarlos, a todititos…

—¡Ay, abuelita! —interrumpe Valeria con un suspiro, contagiada por la resignación de su abuela.

—Figúrate que fue bien extraño —continúa la abuelita Chica—. Los matamos, y de a luego, comenzaron a salir un chorro de liebres que bajaban a comer montones de plantitas rechiquitas, retoñitos de los ahuehuetes. Con los años, todititos los retoños de ahuehuete se los echaron y después comenzó a secarse el río. También las hierbas dejaron de crecer en el monte. Aunque no lo creas, mijita, los coyotes tenían a raya a las liebres y hasta a los venados, y pos, sin coyotes, las liebres andaban como por su casa. También tuvimos que empezar a cazarlas.

—¡Ay, abuelita! Y eso está relacionado con tu maizal, ¿por qué tienes sembrados diferentes tipos de maíz? —continuó Valeria.

—¡Pos por las lluvias! Como no sabemos cómo diosito mande la lluvia, sembramos maíz azul, blanco y pinto. Así, si llueve antes de tiempo, crece el azul, si llueve como Dios manda, crece el blanco, y si la lluvia tarda pos crece el pinto. Alguno crecerá. ¡Solo Dios sabe, mijita! —termina la abuelita mientras dicta una última instrucción—. Pero bueno, ya come tu elote, chamaca, no te me vayas a atragantar con tanta pregunta.



Edición: Estefanía Cardeña


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