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Aventuras en un crucero. Segunda parte y última

Acompáñenme a perderme y encontrarme en la visita a Santiago de Compostela
Foto: Margarita Robleda Moguel

En el texto de ayer, quedamos en que hoy me acompañarían a perderme y encontrarme en la visita a Santiago de Compostela.

Se cuenta que en el año 813 d. C., un ermitaño vio unas luces extrañas en un bosque de Galicia. El obispo Teodomiro fue a ver y encontró lo que se creyó era la tumba del apóstol Santiago el Mayor. En el siglo IX el Papa declaró que peregrinar perdona los pecados y desde hace mil 200 años es una de las 3 grandes peregrinaciones de la cristiandad junto con Roma y Jerusalén. 

Así que ahora que el crucero en el que recorría el mundo en 88 días atracaría en La Coruña y de ahí saldrían excursiones a Santiago, no me dolió el codo  pagar los 250 dólares, para tomar el autobús e ir para pasar el día. 

El autobús se quedó a unas cuadras de la ciudad y caminamos rumbo al centro. La guía no dejaba de repetir, “Sigan al grupo, no dejen de mirarlo”. Y esta, la del ojo alegre, que estaba ávida de tomar fotos, comenzó a entrar en conflicto. Tanto dinero para invertirlo en ver al grupo, habiendo tantas imágenes hermosas de las callejuelas, flores, peregrinos llegando… La guía nos había dicho que comeríamos frente a la catedral y decidí correr el riesgo y encontrarme con ellos en el restaurante. 

El pueblo era un banquete de imágenes. Infinidad de colegios habían venido como actividad de verano. ¡Cuántas historias revoloteaban a mi alrededor! Qué ganas de escribirlas todas. 

A las 12 me acerqué al restaurante y nos ofrecieron paella y el dulce típico que me encantó. La guía nos dijo que cruzaríamos al Museo de Santiago y de ahí a la catedral. Conforme fuimos subiendo a las salas, mis rodillas comenzaron a “croar”; la guía dijo que saldríamos a la catedral, y en efecto, para mi sorpresa, salimos en la que yo pensaba estaba a nivel calle. 

Lo que luego fue mi perdición es que no caí en cuenta de que las construcciones del pueblo estaban asentadas sobre cerros y los que llegamos de tierras planas, no logramos entender.

El oro abundaba, tanto que le dije a la guía: “¿El oro es de México o de Colombia?” La pobre mujer se puso colorada y respondió que la plata era de México. 

Cuando llegamos a la catedral, vi a mi grupo en fila para pasar a la tumba del Apóstol. Me dije: “Yo quiero fotos de vivos, no de muertos” y decidí, pensando que era muy orientada, salir a seguir tomando fotos y encontrarlos en donde nos dejó el autobús. La vida me pasó la cuenta de mi falta de orientación. Las callejuelas eran curvas, desconocidas. De pronto me di cuenta de que el tiempo volaba. Decidí tomar un taxi a la estación. Los taxis no paraban a mi señal. Me di cuenta de que tendría que tomar uno para ir hasta el puerto. Luego me enteré de que tienen prohibido pararse en la calle. Tienen su sitio. Traté de parar el coche de unos policías, ni caso me hicieron. Qué falta de apoyo en un ciudad de peregrinos.

Cuando logré llegar a la estación, me di cuenta de que hacía tiempo se había marchado el autobús. Me senté a esperar… ¿Un milagro? Me dieron muchas ganas de llorar. Me dije: “Margarita, a nadie le importan tus lágrimas, tienes que buscar soluciones. Vamos al pueblo, encontremos un hotel y organicemos el viaje”. 

Un hotelito me arropó y yo tenía lo más importante, mi pasaporte y una tarjeta de crédito; podía sobrevivir con la ropa puesta. Tenía que volar a París, de ahí tomar un tren al puerto de Le Havre. La sorpresa fue descubrir el tamaño del aeropuerto y los letreros en francés. ¡Uf! ¿Dónde quedaba el metro?

Escuché español y era una familia de Guatemala, buscando lo mismo. Me pegué a ellos. Lo encontramos. Ahora había que comprar los boletos. Solo había máquinas en francés y nadie para preguntarle. Observé a mi alrededor en busca de una persona empática, la encontré y pude darles a los guatemaltecos, apoyo. 

Al bajarme del metro, el reto fue encontrar la estación de trenes. Salí a un centro comercial enorme, sin ninguna pinta de estación ferroviaria. Decidí dejarme llevar por la intuición y la encontré en el piso quinto. De nuevo tenía que comprar boleto para entrar. La secre ya me había mandado el boleto del tren. ¡Uf! Una gentil mujer con burka me ayudó. Comprenderán el regalo que fue sentarme en el tren y disfrutar la campiña francesa. 

Llegué al puerto. Le habré a tiempo para que el barco no me dejara. Vi a una mujer de espaldas, cuya energía me consoló. Inmigrantes, ambas, su plante, fuerza y poderío me hermanó. Ambas, dentro de nuestras realidades, habíamos logrado sobrevivir el reto.



Edición: Estefanía Cardeña


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