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La libertad y la ansiedad que nos provoca

La certeza que quisiéramos tener antes de decidir simplemente no existe
Foto: Reuters

Ser libres no siempre tranquiliza.
A veces ocurre lo contrario: la libertad inquieta porque nos obliga a vivir sin garantías.
Cuando una realidad deja de satisfacernos, aparece la posibilidad de cambiar.
Podemos quedarnos donde estamos o buscar algo distinto.
Ese movimiento nace de la inconformidad: de no aceptar pasivamente lo que ya no queremos.
En ese sentido, la inconformidad puede abrir la puerta de la libertad.
Pero cambiar implica riesgo.
No sabemos si lo nuevo será mejor, si nos equivocaremos o si después tendremos que corregir el camino.
La certeza que quisiéramos tener antes de decidir simplemente no existe.
Ser libres no consiste en encontrar esa certeza, sino en actuar sabiendo que no la tendremos.
Por eso la ansiedad acompaña a la libertad.
No necesariamente como un defecto que tengamos que eliminar, sino como consecuencia de vivir entre posibilidades.
Elegimos una posibilidad y dejamos otras atrás.
Podemos acertar, equivocarnos, arrepentirnos o volver a empezar.
Hay además otro precio menos evidente: la libertad puede alejarnos de los demás.
Cuando cambiamos, dejamos de ocupar el lugar que otros conocían.
Quienes nos quieren pueden desconcertarse.
Tal vez no comprendan por qué queremos otra vida.
O por qué pensamos de manera distinta.
O por qué algo que antes aceptábamos ya no nos basta.
No necesitamos que comprendan nuestros cambios por completo.
Lo que necesitamos es que respeten nuestra libertad para cambiar.
Aunque no estén de acuerdo.
Ahí aparece una forma particular de soledad.
No la de no tener a nadie.
Sino la de sentir que aquello que vivimos no encuentra eco en quienes tenemos cerca.
Y eso también forma parte del precio de ser libres.
Entonces surge la tentación de callar.
De acomodarnos para conservar un vínculo.
Pero callar alguna vez puede ser prudencia.
No tenemos que decir siempre todo lo que pensamos.
Elegir el silencio también puede ser un acto libre.
Otra cosa es callarnos por miedo a perder a los demás.
Ahí el silencio deja de ser libertad.
Y que nunca tendremos una certeza completa.
Algunos no comprenderán nuestras decisiones.
Otros quizá intentarán detener nuestros cambios.
Pero ser libres no exige ser comprendidos por todos.
Exige poder seguir eligiendo sin dejar de ser nosotros mismos.
La ansiedad puede acompañar ese camino.
Y aun así, seguir siendo libres.
Quizá la libertad no nos dé tranquilidad.
Tal vez nos dé algo más difícil: la posibilidad de vivir de acuerdo con lo que somos.
Eso incluye cambiar de opinión.
Incluye dudar.
Incluye equivocarnos y corregir.
Incluye también aceptar que algunos se alejen.
Pero renunciar a nosotros mismos sería una soledad todavía mayor.
Tal vez por eso la libertad y la ansiedad caminan juntas.
Una abre posibilidades.
La otra nos recuerda que ninguna viene con garantías.
No podemos saber de antemano qué ocurrirá.
Solo podemos elegir desde la realidad que tenemos.
Y aceptar que después quizá tengamos que volver a elegir.
Ser libres también es poder hacerlo.
No se trata de vivir sin miedo.
Ni de convertir cada cambio en una hazaña.
Se trata de no confundir seguridad con libertad.
La seguridad promete permanencia.
La libertad acepta movimiento.
Y ese movimiento puede inquietarnos profundamente.
Pero también nos mantiene vivos.
A veces quisiéramos que los demás confirmaran nuestras decisiones.
Que nos dijeran que hacemos bien.
Pero esa confirmación nunca puede sustituir nuestra propia elección.
Podemos escuchar.
Podemos dudar.
Podemos cambiar de rumbo.
Y seguir siendo responsables de nuestra libertad.
La libertad no elimina la incertidumbre.
Nos obliga a convivir con ella.
También nos enfrenta a nuestros límites.
No podemos controlar cómo reaccionarán los demás.
Ni asegurar que nuestras decisiones saldrán bien.
Solo podemos hacernos cargo de haber elegido.
Y volver a elegir cuando sea necesario.
Quizá madurar en libertad sea dejar de pedirle garantías a la vida.
Aceptar que elegir siempre implica perder otras posibilidades.
Que cambiar puede alejarnos de algunos.
Y que dudar no invalida una decisión.
La ansiedad seguirá ahí, recordándonos que nada está asegurado.
Pero renunciar a nuestra libertad para evitarla sería pagar un precio demasiado alto.
Ser libres quizá sea aprender a vivir sin certeza, sin dejar de ser nosotros mismos.

También puedes leer el contenido de Lourdes Álvarez en Substack.


Lea, de la misma autora: Decisión o indecisión


Edición: Estefanía Cardeña


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