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Estética cruda

Guiños lectores
Foto: Facsímil

Acaso uno de los retos más formidables para el ser humano sea hallar los rastros de la poesía en la vida cotidiana, logro que equivale a reconocer los destellos del impulso creador en la contextura gris de los días que acaecen como secuencia monótona, cuando no perturbadora incluso de ánimos templados. Esta perspectiva alterna mantiene unido el sentido de la existencia con su base material, los integra en el orden subyacente en la apariencia y en la densidad artificiosa que propagan los poderes consagrados a afianzar patrones de consumo y de enajenación.

La plenitud esquiva que incita a la sustancia a desafiar la mirada ordinaria y la costumbre arraigada en los marcos de la percepción es más que un trazo de quimera, puesto que sus atisbos pueden referirse de muchas formas, incluso aquellas en que el desaliento y el hastío pulsan el equilibrio en el tope de sus emanaciones sombrías. La cultura, como eje catalizador de la conducta, faculta para cumplir el desempeño diario que restringe el discernimiento de matices cuya verdad prodiga las alforjas del universo. Este trance hace preciso alzar el vuelo para sobreponerse a la faena mezquina que la cuenta rutinaria del tiempo impone a quienes se estacionan en la periferia de su conciencia.

Toda obra poética guarda significados que resulta irrelevante explicar con argumentos manidos y sentencias tajantes, porque su poder de sugerencia carece de límites y de coordenadas definitivas: oscila como los cuerpos mecidos en la superficie de los océanos, con un destino que se escribe entre sombras de profundidades. Nada puede confinarla en el gabinete insípido de la impostura, excepto la voluntad del autor si decidiese renunciar a las intuiciones que marcan la misión fundamental de su oficio. Una voz auténtica, consciente del legado de sus antecesores, es la que se expresa en Pato de lumbre, de Wilbert Osorno (Mérida, Editorial Sociedad Lunar, 2026); en un selecto conjunto de poemas redefine las riquezas que desbordan el mundo tan vulnerado por las tendencias que hacen de él un escaparate de piezas mercantiles, tangibles y virtuales.

En la cuarta de forros del impreso, el poeta lanza esta advertencia al lector para proponer un vínculo dinámico en el recorrido a emprender: “Saque estas palabras a pasear. Tráguelas con un poco de agua. Cuélguelas al sol, junto a la ropa sucia. Hágalas un avioncito de papel. Cámbielas por un pedazo de cobre. Arrójelas a la lumbre. Pero se lo ruego, no pregunte por su significado”. En una declaración pública, el propio Wilbert tiende un lazo emotivo que conecta su numen con el poema El pato salvaje de Juan Gelman, como resonancia que remonta un cielo de fuego para hacer efectiva una estética cruda, sin concesiones para la pose y la falsía.
Es así como, por ejemplo, en el tortuoso laberinto de los trámites administrativos, saltan a la vista cualidades ocultas en el semblante adusto de un empleado de pagaduría, flanqueado por los esplendores que la imaginación activa despliega a su alrededor hasta fundir los extremos que crispan las circunstancias en un gesto enternecido. O bien, una epístola amorosa acoge un territorio que evita saturarse de dramáticas despedidas para, en cambio, atestiguar una partida aquilatando el fondo de las ausencias inevitables: “Luego te fuiste por el horizonte /a saldar mis deudas con los alacranes. /Ahora soy libre, /como el pez que nada y ya no recuerda /haber sido un hombre ahogado”.

Los umbrales que concita este poemario, que incluye una serie de notas de Adolfo Fernández Gárate, ceden paso también a impresiones sobre el suicidio con todas las interrogantes que acarrea un acto extremo; a la diversidad de canales que puede adoptar la expresión lírica con el riesgo de convertirse en valor de cambio para aliviar penurias e incomprensiones; y, en una variante razonable, abre campo al diálogo entre disciplinas artísticas. En coincidencia con esta actitud, las ilustraciones de María Paula Hinojosa Reyes aportan claves frescas para interpretar a su modo la fuerza textual de los versos reunidos en esta muestra de arrojo intelectual y de lucidez fecunda.



Lea, del mismo autor: Literatura nacional


Edición: Estefanía Cardeña


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