Opinión
Rubén Torres Martínez
01/10/2026 | Mérida, Yucatán
Han pasado 58 años, día en que estudiantes, profesores, trabajadores y ciudadanos expresaron en la Plaza de las Tres Culturas su inconformidad con un régimen autoritario. La respuesta fue la violencia. Recordarlo no es sólo repetir una fecha. Qué significa para las nuevas generaciones que sus antecesores hayan decidido cuestionar al poder y exigir espacios de participación y libertad. El 2 de octubre no pertenece únicamente a quienes vivieron 1968. Tampoco es patrimonio exclusivo del movimiento estudiantil. Forma parte de la memoria política y social de México. Su significado trasciende a una generación porque puso en evidencia los límites de un sistema que, detrás del discurso del orden, recurrió a la fuerza para contener la disidencia. La historia del país está atravesada por conflictos, movimientos y relaciones desiguales de poder. Cuando se dice “dos de octubre no se olvida”, debemos preguntarnos qué otras historias de resistencia hemos olvidado en nuestro propio tiempo y espacio. Ese es quizá uno de los mayores riesgos para las nuevas generaciones. Para muchos jóvenes 1968 es un acontecimiento distante. Lo conocen por una fotografía, una tarea escolar, una película o una consigna. Y cuando la memoria se reduce a un dato del calendario, corre el riesgo de perder su capacidad de interpelarnos.
Recordar no significa vivir atrapados en el pasado, sino comprender que los derechos y las libertades que hoy parecen naturales no siempre lo fueron. Que protestar, organizarse, disentir y exigir cuentas al poder son prácticas fundamentales de una sociedad democrática. Y que ninguna generación recibe esas libertades como una garantía eterna.
Parte de las nuevas generaciones crece en comunidades atravesadas por transformaciones aceleradas: crecimiento urbano, turismo, cambios económicos, migración, nuevas tecnologías y una relación cada vez más compleja entre identidad local y globalización. En ese contexto, preservar la memoria no significa rechazar el cambio, sino tener herramientas para comprenderlo.
¿Qué saben nuestros jóvenes de las luchas sociales que precedieron al México actual? ¿Conocen la historia del movimiento obrero? ¿Entienden la importancia de los pueblos originarios en la construcción de nuestra identidad? ¿Conocen las movilizaciones estudiantiles y ciudadanas que también han formado parte de la vida pública del país? No conocer la historia es arriesgarse a pensar que el presente surgió de la nada.
Se trata de ofrecerles documentos, testimonios y contexto para que puedan formular sus propias preguntas. Que sepan qué ocurrió, qué exigían, cómo respondió el Estado y sus trágicas consecuencias. Porque quizá el legado más profundo del 2 de octubre sea una actitud: no aceptar el silencio como respuesta frente a la injusticia.
En los espacios públicos necesitamos mantener abiertas esas conversaciones. No para convertir la historia en una ceremonia anual, sino para hacer de ella una herramienta ciudadana. El peligro no es que los jóvenes no hayan vivido 1968. El verdadero peligro sería que llegaran a pensar que ya no importa.
A los jóvenes de hoy habría que decirles que el 2 de octubre no es una historia ajena porque ocurrió antes de que nacieran. La historia no se hereda solamente por la sangre ni por el lugar donde nacimos. Se hereda cuando decidimos conocerla, cuestionarla y darle un nuevo significado. Las preguntas que movilizaron a miles de jóvenes en 1968 fueron ¿quién decide sobre nuestro futuro?, ¿quién tiene derecho a ser escuchado?, ¿qué lugar ocupamos como ciudadanos frente al poder?, ¿cómo defendemos nuestras libertades cuando creemos que están siendo amenazadas?
Hoy esas preguntas adquieren nuevos rostros. Están en las universidades, en los pueblos originarios, en las calles que cambian aceleradamente, en las luchas por el territorio, en la defensa del medio ambiente, en las demandas de igualdad y en las nuevas formas de participación que permiten las redes sociales. No corresponde a una generación anterior decidir cuáles serán las causas de las nuevas generaciones. Pero sí corresponde a las generaciones anteriores entregarles algo fundamental: la memoria.
Por eso, jóvenes de 2026, no permitan que el 2 de octubre se convierta simplemente en una fecha que aparece una vez al año en el calendario escolar. Pregunten. Lean. Escuchen a quienes estuvieron ahí. Revisen los documentos. Discutan entre ustedes. Cuestionen también las versiones oficiales y las versiones que ustedes mismos reciben. La memoria democrática no consiste en repetir consignas; consiste en aprender a pensar críticamente. El reto de ustedes no es repetir sus luchas, sino construir las propias. Recordar Tlatelolco no significa vivir mirando hacia atrás. Significa preguntarnos, desde el presente, qué país y qué sociedad queremos ayudar a construir mañana.
Rubén Torres Martínez es profesor CEPHCIS, UNAM.
Edición: Estefanía Cardeña