Opinión
Rubén Torres Martínez
26/07/2026 | Mérida, Yucatán
Mauricio, contador de profesión, casado con tres hijos y dos mascotas, está cerca de los 50. Vive en la colonia Moctezuma en un departamento de reciente edificación, que continúa pagando. Fernanda es la mayor de sus hijos, 18 años cumplidos, bachillerato terminado con promedio arriba del 9.5. responsable, comprometida, es lo que podría llamarse una estudiante ejemplar. Hace aproximadamente año y medio, comenzaron a informarse sobre la oferta universitaria. La UNAM era la apuesta. Fernanda acudió a algunas ferias vocacionales en CU y ahí se enamoró de Arquitectura y Psicología. Por ello en su bachillerato optó por el área 1 (Ciencias Físico Matemáticas e Ingenierías) con materias optativas de humanidades y ciencias sociales. También en esas ferias vocaciones supo que tanto Arquitectura como Psicología eran carreras de alta demanda y que requería un puntaje elevado para ingresar.
Mauricio mismo es egresado de la UNAM, un orgulloso “puma” que se ha encargado de inculcarle a sus hijos valores adquiridos en la institución, como la disciplina, la honestidad y la transparencia. Por ello junto con Fernanda trazó un plan para que ella pudiera ingresar a Arquitectura en el campus central, se olvidaría de la Psicología para concentrarse en Arquitectura. Mauricio invirtió dinero y Fernanda tiempo. Cursos para presentar el examen, cursos privados en las áreas que no se sentía aún lista, simulacros, guías de estudio repasadas, etc. Sabedores de que se requería un puntaje alto, el objetivo fue superar la barrera de los 100 aciertos en un examen de 120 reactivos. Para ingreso a la carrea de Arquitectura en CU, la UNAM había solicitado 95 aciertos en 2024 y 96 aciertos en 2025. Uno de los profesores que asesoró a Fernanda le dijo que para estar completamente segura de su ingreso se esforzara por llegar a 105 aciertos.
Al completar el registro del examen se enteraron de la modalidad virtual. La UNAM había ya realizado, junto con el IPN, un año antes, un examen 100 por ciento en línea para el ingreso al bachillerato, con resultados bastante aceptables. Sin embargo, a Mauricio esta opción no le terminaba de convencer. Le inquietaba la variable de la tecnología, ¿qué sucedería si se iba la luz o el internet? ¿Si se hacia un bug o se trababa la computadora? ¿Cómo asegurar que el dichoso software anti-trampas en realidad funcionara y no fuera caprichoso? Eran las dudas normales de un padre de familia inquieto por el futuro de su hija. Fernanda aseguró a su padre señalándole que hoy todo es posible gracias al internet, y era justo eso lo que no le cuajaba a Mauricio, que todo fuera posible.
Fernanda realizó las pruebas correspondientes de conexión y software unos días previos al examen. Simultáneamente Mauricio y su esposa se encargaron de hablar con todos los vecinos del edificio donde habitan. Solicitaron unas horas de silencio absoluto, visitaron al vecino que suele poner música a todo volumen los fines de semana, pidieron no se prendieran bombas de agua, suplicaron por contener por máximo 3 horas a los niños dentro de las casas y no corriendo y jugando en el patio común. Los vecinos comprensivos, cooperaron. El día del examen los hermanos estaban en la calle pidiendo a los vendedores de agua, tamales y otros pregoneros por favor guardaran silencio. Fernanda testimonia que el software le aventó dos veces advertencias, en una porque respiro profundo a manera de pequeña pausa de descanso y en otro momento porque según el software estaba viendo fuera de la pantalla.
Al concluir el examen Fernanda se mostraba satisfecha, optimista, estaba segura de obtener el puntaje, sabía que todas las horas de estudio invertidas, que los cursos pagados y seguidos, que los repasos y simulacros darían sus frutos. Mauricio propuso fueran a desestresarse cenando en una vieja pizzería tradicional del barrio, aquella a la que asisten solo en ocasiones especiales.
El pasado 17 de junio Fernanda observó con incredulidad que obtuvo 107 aciertos pero que este año se requirieron 108 para ingresar a Arquitectura. Mauricio tampoco entendía que pasaba. ¿Se redujeron los espacios este año? ¿La competencia por el ingreso se puso más ruda? ¿El software había fallado? Fernanda lloró esa noche, se deprimió. Toda la familia, padres y hermanos resintieron por igual el resultado fallido. En los días posteriores y por redes sociales se fueron enterando del enorme fraude que el software contratado por la UNAM fue incapaz de detectar y detener: Miles de exámenes con puntajes altísimos, carreras donde se brinco en el número de aciertos en más de 10-15 reactivos para ingresar. Poco a poco se empezó a develar que existía un número indeterminado de aspirantes que había realizado trampa. Los puntajes mostraron comportamientos atípicos y varios analistas, entre ellos profesores de distintas disciplinas de la UNAM, acusaron sobre lo acontecido. La respuesta de las autoridades de la máxima casa de estudios de la nación fue tardía e incompleta, posponer inscripciones mientras deciden qué y cómo proceder.
Hoy la palabra UNAM o examen de admisión, está prohibida en el hogar de Mauricio. Fernanda no quiere una revisión, no quiere presentarse a un eventual nuevo examen, ha expresado su deseo por comenzar a trabajar y no ir a la universidad. La trampa ya es innegable y la institución debe responder. De lo contrario el costo puede ser altísimo, la UNAM, junto con la Marina Armada de México son las dos instituciones que aún generan confianza entre la ciudadanía, en un país que está dejando de creer en sus instituciones. Este tipo de acontecimientos puede derivar en cuestionamientos mayores y perdida de credibilidad para la institución, algo que ni la Universidad Nacional, ni el país, se pueden permitir.
Zoom anatómico: Un conocedor de la grilla universitaria señaló en días pasados “¡Bendita autonomía! en cualquier otro lugar del mundo ya hubieran mandado a cuentas a los responsables, pero cuidado porque autonomía no es sinónimo de no rendición de cuentas, y en el gobierno de la 4T están buscándole desde hace tiempo”
*Profesor CEPHCIS, UNAM
Edición: Fernando Sierra