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Tlatelolco en la historia nacional

El desenlace de este crimen no fue ''un hecho aislado''
Foto: Efe

Nuestra historia nacional está plagada de acontecimientos y nombres que hacen rebozar los almanaques con natalicios y efemérides. Esta historia oficial ha sido enseñada por décadas en las aulas mediante los programas educativos del momento, y difundida a través de los medios de comunicación masiva con el objetivo de formarnos un pensamiento homogéneo y acorde a “lo bien visto” por poderes pasados. Sin embargo, y muy al contrario de lo que se ha  enseñado, existen acontecimientos y nombres ocultos excluidos de los almanaques y de los libros de texto durante tantos años, habiendo sido arrojados al olvido de la desmemoria, pero esa es la historia real de nuestra nación con innumerables páginas arrancadas, mismas que la Nueva Escuela Mexicana (NEM) ha querido recuperar como una forma de dignificar al pueblo, sus luchas y su legado histórico.

De manera particular, en 1968 se escribió una de las más trascendentes páginas históricas del México contemporáneo, cuando miles de estudiantes de diversas universidades, preparatorias y hasta secundarias, junto con obreros y campesinos que los apoyaban, hicieron oír su voz al resto de la población del país y gran parte del mundo. Y sobre la pluralidad de manifestaciones de resistencia se han escrito innumerables ensayos y libros, pero entre ellos destaca el análisis realizado por el sociólogo norteamericano Immanuel Wallerstein, en obras como Historia y dilemas de los movimientos antisistémicos, donde realiza un minucioso estudio de los rasgos originales y características que presentan en la actualidad los nuevos movimientos sociales surgidos a partir de lo que denomina la Revolución Cultural Mundial de 1968. 

Los análisis de Immanuel Wallerstein deben ser tomados en cuenta y ser sometidos a debate para extraer y utilizar sus valiosas aportaciones, considerando que su mirada buscó encontrar las raíces comunes de las movilizaciones surgidas en países como Francia, Checoslovaquia, Estados Unidos y México, entre otros. Pues para nuestro caso, la voz que se escuchó por vez primera en la capital mexicana se extendió por varias de las ciudades más importantes del país, para convertirse en un grito popular por la democracia, por la libertad plena, por la igualdad entre hombres y mujeres; un reclamo de todos y para el bienestar de todos.

Y es que ante la pretendida desmemoria y la exclusión, está la consciencia popular que mantiene con vigencia la exigencia de justicia por el crimen de Estado cometido en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco. Siendo esa exigencia la que conduce año con año a las y los manifestantes que hacen retumbar lo más profundo del corazón de nuestra patria cada 2 de octubre, cuando todas las calles de México se visten de dignidad con el grito: ¡DOS DE OCTUBRE NO SE OLVIDA!

El desenlace de Tlatelolco no fue “un hecho aislado” como se pretendió hacer creer, algo que quedó demostrado cuando el 10 de junio de 1971 fueron golpeados y asesinados estudiantes universitarios en la Ciudad de México a manos de los “Halcones” (paramilitares y parapolicías) en conjunto con policías y militares al servicio del Estado, entonces gobernado por el PRI. Tal y como ha sucedido en Acteal, Aguas Blancas, Atenco, Oaxaca y Ayotzinapa, por mencionar sólo algunos ejemplos. El signo de la violencia gubernamental quedó grabado hasta en el más recóndito lugar de la Plaza de las Tres Culturas. La naturaleza del poder capitalista quedó en evidencia, dibujada con todos sus matices, inocultables para todo aquel que la quiera ver.


A pesar de todos los intentos por ocultar la verdad, por sepultarla en el olvido, por negar lo acontecido en la Matanza de Tlatelolco, la memoria histórica del pueblo mexicano persiste y se reproduce, para que las nuevas generaciones podamos conocer la verdad, para que aún hoy, a más de cincuenta y ocho años, mantengamos viva y comprendamos la necesidad de exigir justicia, de reconocer el valor de todo aquel que levanta la voz para exigir justicia e igualdad. Porque Tlatelolco no es solo una fecha, no es una efeméride para recordar con demagogia, pues el movimiento de 1968 es uno de los ejemplos más grandes de lucha por un mejor país, y por eso en los planes de estudio de todos los niveles educativos se debe impulsar la recuperación de la memoria, como lo señala la NEM, para ya nunca más perderla y hacer de ella una herramienta de construcción de conciencia crítica y compromiso social, ya que la historia es reflejo de la nación por la que tanto sacrificio ha hecho el pueblo buscando el bienestar para todos.

Lea, del mismo autor: Ayotzinapa y el nuevo informe


Edición: Estefanía Cardeña


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