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Foto: sambloch.com/

A la arquitectura contemporánea y al diseño urbano reciente les ha interesado mucho la luz, dice el periodista Sam Bloch, pero no les han puesto suficiente atención a las sombras. En Shade: The Promise of a Forgotten Natural Resource, publicado hace apenas un año, Bloch argumenta que lejos de ser un asunto menor o meramente decorativo, las sombras constituyen elementos esenciales de nuestra infraestructura más básica. Una ciudad sin sombras apropiadas constriñe la frescura, el oxígeno y hasta la vida pública. En tiempos de cambio climático, la ausencia de sombras acelera las altas temperaturas, contribuye a la creación de lo que él llama “desierto de sombras”, una condición que ataca sobre todo a barrios precarios con poca o nula protección contra los rayos del sol, y esencialmente perpetúa la desigual termal de la ciudad capitalista de hoy. La privatización rampante de las sombras se manifiesta con claridad cuando, por ejemplo, tenemos que pagar para sentarnos en un café-patio y poder así gozar de la frescura que produce la sombra –un recurso que tendría que ser de acceso común.

¿Cómo solucionar este problema ambiental y social a la vez? Bloch primero comparte lecciones del diseño urbano de Ur, la ciudad en Mesopotamia, hoy Irak, que aprendió bien y pronto tanto a defenderse del sol como a fabricar sombras. Por ejemplo, para combatir las altas temperaturas del desierto, construían casas altas y muy cercanas entre sí para que, juntas, formaran pasajes angostos capaces de bloquear los rayos del sol. Las casas con patios interiores y sin ventanas exteriores cumplían el mismo fin. Los habitantes de Ur gozaban también de los vientos que dejaba correr la cuadrícula diagonal y no recta que, además, distribuía el sol y la sombra de manera más equitativa por la ciudad.

Si los habitantes de Ur le ganaron esa lucha al sol hace tantos años, será del todo posible que nosotros consigamos algo similar o incluso mejor, ¿cierto? Tal vez no hay que ir tan de prisa. A los negocios de aire acondicionado y los que invierten en estacionamientos les conviene que los rayos del sol caigan a rajatabla sobre nuestras cabezas desgatadas con tal de preservar sus ganancias, que no son pocas. Los habitantes de ciudades sin sombra suelen encerrarse en sus casas, sobre todo en los meses de canícula, para evitar deshidrataciones o los golpes de calor que pueden costar vidas, cosa que reduce el contacto entre nosotros y, luego entonces, nuestra capacidad de protesta –y eso le conviene tanto al capital como al Estado. Nadie camina por una estrecha banqueta a mediodía, cuando las sombras son exiguas y el aire ralo. Ya sabemos lo que le pasó a Juan Preciado en Comala.

¿Será posible sustituir ese principio que exige maximizar la luz por otro que provoque la maximización de la sombra? Bloch cree que sí es posible. Sus estrategias alternativas de diseño urbano incluyen, naturalmente, plantar árboles en una escala masiva, así como fomentar la construcción de aleros, pórticos o pasajes, y toldos o marquesinas sobre las ventanas. Cuando la cosa se pone mal con el calor extremo, Bloch apoya la existencia de centros cívicos de enfriamiento, lugares donde la comunidad puede encontrar refugio durante los meses más duros del verano. Pero Bloch sabe que el problema es estructural y no circunstancial; sabe que la desigualdad de la cobertura arbórea va aparejada y reproduce desigualdades existentes de clase, raza y género en las ciudades más diversas. La distribución más equitativa del dosel forestal urbano es una cuestión central en un mundo donde las temperaturas extremas siguen batiendo récords.

En una famosa canción que cantaba Javier Solís – Sombras nada más, de María Contursi con música de Francisco Lomuto– el intérprete se quejaba con amargura de la presencia de las sombras. Sinónimo de soledad y de desamor, las sombras se inmiscuían entre “tu vida y la mía”, señalando el fin de un romance breve. Pero esa visión viene de la década de 1930 y 1940, cuando fue compuesta, y de 1965, cuando el cantante mexicano popularizó el bolero ranchero. Años de incrementos alarmantes en la temperatura global nos han enseñado a temerle menos a las sombras, dándoles la bienvenida en nuestras calles y vidas.

Y tal vez la sombra es todavía más. José Revueltas argumentaba que toda materia tenía, de manera irrevocable, una ubicación en la tierra –las plantas, las rocas, los seres humanos– y que eso constituía nuestra pertenencia. Habría que agregar que, por ser materia, todos ellos producen sombra. Tal vez ésta no es sólo un derecho que pronto tendremos que defender, sino también, acaso sobre todo, la manifestación primigenia de nuestra pertenencia a la comunidad y al orbe.


Edición: Mirna Abreu


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