Opinión
La Jornada
07/10/2026 | Ciudad de México
Alrededor de 440 personas, la mayoría de ellas menores de edad, fueron detenidas ayer en el contexto de las manifestaciones estudiantiles en Francia, mientras unas 76 han resultado heridas desde el inicio de las protestas la semana pasada. El descontento entre los alumnos de educación media y superior es alimentado por la escasez crónica de viviendas asequibles para estudiantes, el exceso de educandos por aula, los recortes a la enseñanza superior y lo que en general denuncian como precariedad estudiantil. Entre las principales demandas de los sindicatos y asambleas de estudiantes se encuentran un aumento sustancial en las becas, la construcción de nuevos alojamientos, el congelamiento de los precios en los comedores universitarios y el fin de los sistemas de selección algorítmica para el ingreso a la universidad, denunciados como excluyentes y elitistas.
Como ya es típico en su gestión, el gobierno de Emmanuel Macron ha respondido al malestar social con represión y ofertas que no resuelven los problemas de fondo; por el contrario, se perciben como burlas que reflejan la total desconexión de la clase gobernante frente a los problemas de las mayorías. Debe recordarse que la administración de centroderecha es la más neoliberal en la historia de Francia, lo cual la ha llevado a chocar una y otra vez con los sectores sociales que rechazan el sistemático recorte de derechos y su contraparte, el uso del Estado para favorecer la hiperconcentración de la riqueza.
En 2018, Macron eliminó la tasa al patrimonio, denominada impuesto de solidaridad sobre la fortuna (ISF), con lo que quedaron exentos de gravamen los activos financieros, acciones, inversiones empresariales y liquidez, es decir, los recursos de los ricos y ultrarricos. Ese mismo año, usó el pretexto del medio ambiente para aumentar los impuestos al diésel y las gasolinas, una maniobra rápidamente reconocida como un traslado de las cargas fiscales a las clases medias y bajas, cuyos integrantes no sólo pagarían más por los combustibles, sino que cargarían con los aumentos generalizados que se producen cuando sube de precio un bien necesario para producir y distribuir todo tipo de mercancías. La rabia contra dicha medida, que dio lugar al movimiento de los chalecos amarillos (Gilets Jaunes), evolucionó a una exigencia amplia de justicia fiscal, aumento del salario mínimo, reinstauración del ISF e implementación de mecanismos de democracia directa. El impuesto sobre el patrimonio nunca fue restablecido, y se da por descontado que el presupuesto que se presentará mañana incluirá nuevos recortes al bienestar social destinados a paliar el autoinfligido daño a las finanzas públicas.
Otros ciclos de protesta surgieron en años posteriores, siempre en reacción a políticas regresivas del mandatario. En la primera mitad de 2023, los trabajadores mostraron su indignación por la ley que retrasó la edad de jubilación, la cual se impuso de manera antidemocrática echando mano de un recurso que permite evitar el trámite parlamentario. Inmediatamente después, los suburbios parisinos ardieron contra la brutalidad policial y el perfilamiento racial, males potenciados por una reforma de 2017 que flexibilizó el uso de armas de fuego por parte de la policía. En 2024, agricultores y ganaderos protestaron contra el aumento de los costos de producción y medidas de liberalización adoptadas en su detrimento.
Los ciudadanos franceses han de tener presente esta historia de luchas y erosión de derechos cuando acudan a las urnas el próximo abril. En las boletas encontrarán tres caminos: la continuidad de la derecha neoliberal que usa el ropaje de la institucionalidad y la racionalidad para imponer los intereses de la minoría acaudalada; el giro hacia la ultraderecha que explota la xenofobia y un falso nacionalismo para responsabilizar a los más vulnerables por la situación del país; y la recuperación de los valores solidarios del Estado del bienestar enarbolados por la izquierda de La Francia Insumisa, única alternativa que ofrece opciones a la decadencia del capitalismo salvaje.
Edición: Estefanía Cardeña