Opinión
José Díaz Cervera
12/10/2026 | Mérida, Yucatán
He pensado mucho en la relación que hay entre la baja autoestima de alguien y su mala relación con el dinero; sé de muchos casos de personas que han tenido la oportunidad de tener un ingreso muy por encima del promedio y después de algún tiempo viven en condiciones muy cercanas a la pobreza y con deudas impagables que les impiden ser sujetos de crédito.
La pregunta es: ¿qué hay en la cabeza y en el corazón de una persona que gasta más de lo que gana?
Una respuesta razonable tiene que ver con un nivel bajo de ingresos, mismo que no alcanza para cubrir las necesidades básicas, las cuales deben satisfacerse a través de las diversas posibilidades de crédito que ofrece el mercado. Este caso está fuera de la reflexión que aquí se instrumenta.
El otro caso es el que acontece entre sujetos que tienen un nivel de ingreso superior (a veces holgadamente) a sus necesidades objetivas, pero “llenan” sus carencias emocionales con satisfactores materiales que, evidentemente, sólo agrandan el agujero de su depresión, de su soledad o de sus complejos de inferioridad, debilitando su capacidad financiera.
Aquí vemos un factor peculiar de la economía de mercado, pues el rasgo fetiche de una mercancía es justamente lo que nos hace caer en las trampas del consumo. Toda mercancía está diseñada para crear insatisfacción pues si así no fuera el mecanismo del consumo se colapsaría.
No compramos una ropa sino un símbolo de estatus; no compramos un automóvil sino la admiración ajena; no hacemos una fiesta para estar con la gente que deseamos sino tratamos muchas veces de conquistar la envidia y / o el asombro de los demás.
El sistema vive de nuestra baja autoestima y por allí nos esquilma, haciendo que nuestros recursos adelgacen mientras engorda nuestra frustración y con ella nuestra necesidad ansiosa de consumir.
No hay, pues, educación financiera posible entre ciudadanos con baja autoestima: acabo de conocer el caso de un par de chicas cuyo círculo de amigos fue a un concierto a la Ciudad de México y cuya mamá tuvo que empeñar un automóvil para costearles el viaje, evitando que se sientan excluidas. Este caso tiene un rizo interesante pues a veces esos consumos no son vistos como un gasto superfluo sino como una inversión, lo que hace a la trampa más perversa, más allá de la justificación tramposa que esconde un rasgo de vicariedad donde afirmamos quererle dar a nuestros hijos lo que nosotros no tuvimos.
La pregunta entonces queda flotando: ¿es viable la educación financiera en un sistema que desarrolla en nosotros una serie de compulsiones que debilitan nuestra voluntad y dejan nuestra autoestima por los suelos para aliviarla con el placebo del consumo irracional?
La única certeza es que no hay capitalismo con rostro humano ni consumismo que edifique bienestar emocional.
Edición: Emilio Gómez