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La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) informó que en el primer semestre de 2026 Estados Unidos redujo en 24.5 por ciento anual las importaciones de China y en 21.8 por ciento las de la Unión Europea, pero aumentaron en 32.1 por ciento las provenientes de los países que integran la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN) y 11.1 por ciento las de América Latina y el Caribe. Asimismo, destaca que México logró un crecimiento de 26 en sus exportaciones, del que 21 por ciento se explica por un mayor volumen y cinco por ciento por el ajuste de precios. Si bien el organismo no especifica qué proporción de ese crecimiento se ha enviado a Estados Unidos, el hecho de que ese país sea destino de alrededor de 80 por ciento de las exportaciones mexicanas implica que nuestro vecino del norte compra cada vez más bienes producidos aquí.

La conclusión de la Cepal es clara: pese a la política arancelaria y a otras medidas como la revisión del T-MEC, hasta ahora el presidente Donald Trump no ha logrado reducir la dependencia estadunidense de las importaciones, sino que ha provocado una reconfiguración geográfica del comercio. Es decir, la superpotencia se encuentra casi en el mismo punto en el que estaba hace dos años, pero ahora paga más por mercancías sujetas a aranceles inútiles.

La reducción del déficit comercial (la diferencia entre exportaciones e importaciones) y la reindustrialización han sido obsesiones centrales del republicano en su segundo periodo. Desde su punto de vista, el déficit de su país en el último medio siglo es una señal de que el resto del mundo se aprovecha de Estados Unidos al venderle más de lo que le compra, y que dicha “injusticia” está detrás de muchos de los problemas de su economía. La realidad es mucho más compleja. Por principio de cuentas, un factor estructural estimula el flujo de productos hacia su mercado: dado que el dólar es la moneda global de reserva y que la gran mayoría de transacciones internacionales se realiza en dólares, Estados Unidos dispone de una facilidad única para “salir de compras”. Mientras que el resto de los países necesita adquirir dólares antes de usarlos, Washington puede imprimirlos.

A este dominio del sistema monetario y financiero, a partir de la década de 1970 se sumó la llamada deslocalización. Con el propósito de destruir el poder de negociación de los sindicatos, abaratar los costos laborales, pagar menos impuestos y aumentar sus ganancias, las empresas de las grandes economías trasladaron sus procesos productivos a China, el sudeste asiático, América Latina y, posteriormente, a los países del extinto bloque soviético. Los gobiernos occidentales, casi siempre más favorables a los dueños de capitales que a los trabajadores, fueron cómplices de ese éxodo, sin darse cuenta de que junto con las plantas se iban conocimientos y capacidades cuya construcción toma décadas.

De acuerdo con el Centro para la Seguridad y las Tecnologías Emergentes (Center for Security and Emerging Technology, CSET), en 2020 China graduaba a 3.57 millones de estudiantes de ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas al año, mientras en Estados Unidos apenas había 820 mil titulaciones en esos campos. La brecha se ha ampliado. Se estima que en la actualidad un millón 300 mil ingenieros se gradúan cada año en China frente a sólo 130 mil en Estados Unidos; una diferencia del mil por ciento. La escasez crónica de profesionistas se traduce en ciclos de desarrollo más largos, innovación estancada y una falta de personas con las habilidades para diseñar, construir y dar mantenimiento a la infraestructura física de la que dependen las capacidades industriales.

Trump no ha hecho nada para solucionar estas causas estructurales de la desindustrialización. Por el contrario, persigue de manera bestial a los migrantes que desean tomar trabajos manuales, cierra las puertas a los estudiantes extranjeros que podrían aliviar su urgencia de profesionistas, retira el presupuesto a programas de capacitación laboral, es adicto a usar el dólar como arma de guerra financiera y ha emprendido un ataque frontal contra las universidades para obligarlas a adoptar su ideología cavernaria. En tanto no afronte estos problemas, ni el magnate ni ningún presidente estadunidense podrá reducir el déficit comercial por más que se empeñe en imponer aranceles contraproducentes y posar como víctima de sus socios.


Edición: Ana Ordaz


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