Opinión
Óscar Muñoz y Claudia Berea
19/10/2026 | Mérida, Yucatán
La versión de Érik (el fantasma): ¡Vaya con Christine! Siempre llega tarde. No es posible que continuemos así, soportando su postura de diva. Y para acabarla, todos se largaron. No quisieron quedarse al ensayo. Aún nos falta preparar la última canción del programa de mañana. Si no será cualquier concierto. Nunca nadie de la banda imaginó tocar en vivo en el Ópera de París, sí el mismo lugar del Fantasma de la Ópera.
Ah, pero no creas que, porque no estén los demás en el último ensayo, te podrás ir. No, no, no. Ahora te quedarás hasta que yo decida cuándo. Y me dirijo a ella con toda la simulación posible: “Christine, ¿estás de acuerdo en que ensayemos la rola que nos falta para el concierto de mañana hasta que nos salga perfecta?” “Toma en cuenta que no ha sido fácil ajustar los tonos de tu voz a la instrumentación. Sólo será cuestión del día completo.”
Christine se me quedó mirando como cuando alguien ve a una persona de otro mundo. Sólo nuestro productor, el Vizconde, soltó la carcajada desde su butaca en la primera fila, en medio del auditorio vacío.
Al inicio del ensayo, toco los primeros acordes en el sintetizador, y le indico a Christine que trate de ajustar la tonalidad de su voz según se lo marque en los teclados. (A ver si como posas cantas, chiquita.) Y comienzo a darle duro y tupido al sintetizador, sin ningún reparo, logrando que ella se esfuerce lo más posible. Y cantamos uno después del otro, siguiendo la música al pie de la pauta, sin miramientos, sin rencores, sólo con el placer del canto incrustado en el metal sinfónico.
Luego de horas de hacer sufrir a Christine con su voz, decido llegar al extremo de subir el tono lo más alto posible hasta que revienten sus cuerdas vocales. Sin embargo, ella ha soportado el tono y lo sube hasta el agudo más alto. En ese instante, su voz agudísima hace estallar los vidrios de las ventanas, los candiles y los canceles del interior del Ópera de París. ¡No! ¡No puede ser! Todo lo has echado a perder, Christine: ¿cómo voy a presentarme al concierto con la cara desfigurada por los trozos de vidrio que se me incrustaron?
La versión de Christine (la cantante): Hmm, aquí está de nuevo el insoportable de Érik. Como si no supiera que me hospedo a una hora de aquí, y me tardo más en arreglar. No es igual que un hombre se vista y salga a la calle, que nosotras, que nos tenemos que arreglar para lucir bien; en realidad, para lucir como esperan los demás: el grupo, el productor y el público. Todos esperan que nos veamos bien para encajar con la idea que tienen de una cantante de metal sinfónico, en este tipo de escenario, para ese tipo de público. Eso sí, a él nadie lo puede juzgar, y siempre está listo para ordenar y hacerme sentir incómoda cuando se me acerca sin que yo lo quiera.
Pero qué barbaridad, ¿nadie me esperó? Bueno, nadie no. Aquí está Érik con su cara de pocos amigos. En fin... mañana será el primer concierto, y la canción que no ha quedado aún, nos saldrá perfecta ¡Pues a ensayar y a darlo todo! Cuántas veces he tenido que esperar a los demás músicos; eso sí, ellos no me pueden esperar una sola vez. Tenemos lo fundamental; ya verán que sin ellos podemos arreglárnosla.
“Perdóname, Érik, no te escuché”, “Claro, ensayemos, pues; ya verás que saldrá perfecta.” Cree que se necesita un día completo; le comprobaré que acabaremos mucho antes. Será una lección también para el Vizconde, que se cree el mandamás. Cuando hacen equipo este par, son insoportables. Al aceptar el reto, le pido a Éric que empiece a tocar las escalas para calentar mi voz. Ya lista, empezamos a cantar.
Érik no me deja tomar ni un respiro. No entiendo qué pretende: que cante como los mismos diablos, hasta el fondo de los infiernos, o como los ángeles, hasta lo más alto de los cielos. Entonces doy una nota larga, agudísima y suspendida en el centro de la garganta, que hace vibrar la sensación de odio que resuena en mi mandíbula y hace estallar finalmente el grito, antes ahogado, para proyectarse en una ola rompiente como si todo mi ser, ahora convertido en ráfaga sonora, arrasara con los abusos presentes y pasados, limpiando así mi cuerpo y mi alma.
Aquel rugido, inicialmente agudo y volcánico, saturado de ímpetu, rompe todo, fragmentándolo en pedazos antes de volverse cada vez menos violento, que, como llama recién encendida, mengua lentamente y, al final, regresa el silencio... Ausencia absoluta de sonido… Y en la oscuridad primigenia donde todo es posible, renazco y, purificada, camino sola hacia la salida del Ópera de París.
Sugerimos que el lector escuche The Phantom of the Opera de la banda Naightwish durante la lectura. Puede localizarla en YouTube o Spotify.
Edición: Emilio Gómez