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Las emociones nos ayudaron a evolucionar

El sentimiento no sería un adorno de la razón, sino parte de su maquinaria
Foto: Wikimedia Commons

Durante décadas, la historia de la evolución humana se contó como una carrera hacia el cerebro grande y la razón fría. Primero llegaron las herramientas de piedra, después el fuego, más tarde el lenguaje y, al final, la supuesta «revolución» que habría convertido al Homo sapiens en una criatura única. Un reciente ensayo publicado en el Journal of Archaeological Science, firmado por Agustín Fuentes, Jennifer French, John Hawks, Marc Kissel y Penny Spikins, invita a desmontar ese relato, y la invitación merece atención. La propuesta no niega el valor de la inteligencia técnica; sostiene, más bien, que ha ocupado durante demasiado tiempo el centro de la escena.

Los autores sostienen que la clave de la evolución de los homínidos no estuvo solo en resolver problemas técnicos, sino en navegar relaciones sociales cada vez más complejas. Para ello proponen prestar más atención a la cognición emocional: la capacidad de sentir y regular emociones como la empatía, reconocerlas en los demás e incorporarlas a las decisiones a corto y largo plazo. A su juicio, la colaboración basada en la empatía pudo ser tan eficaz como la basada en la lógica, o incluso más, porque implica compromisos duraderos, reciprocidad e intenciones compartidas. Según el texto, ese vínculo emocional pudo cobrar fuerza hace más de dos millones de años, cuando las crías humanas se volvieron más vulnerables y los grupos más complejos.

El argumento resulta convincente porque se apoya en evidencia material. Los autores recuerdan casos de cuidado de individuos enfermos o heridos, como Shanidar 1 o La Chapelle-aux-Saints entre los neandertales, que sobrevivieron con lesiones graves gracias a la ayuda de otros. También señalan la deposición deliberada de muertos en Sima de los Huesos y las prácticas atribuidas a Homo naledi, un homínido de cerebro pequeño. Con el tiempo, el cuidado y el duelo se vuelven más elaborados, lo que sugiere que la emoción no solo impulsaba la conducta, sino que se regulaba y se integraba en decisiones colectivas.

Los autores van más allá del cuidado y el duelo. Señalan que incluso tallar un bifaz exigía tolerar la frustración, es decir, regular una emoción y ponerla al servicio de un fin colectivo. Del mismo modo, criar a niños vulnerables en un entorno de depredadores obligó a integrar el impulso de proteger con la planificación a largo plazo. Según esta lectura, la emoción no sería un adorno de la razón, sino parte de su maquinaria.

Hay, no obstante, motivos para la cautela. Los propios autores admiten que gran parte de este enfoque se basa en comparaciones con primates actuales y humanos contemporáneos, y que las emociones apenas dejan huella en el registro arqueológico. Algunos casos de cuidado son discutidos y la interpretación de los hallazgos de naledi sigue siendo objeto de debate entre especialistas. Inferir sentimientos a partir de huesos exige humildad, y el riesgo de proyectar la propia psicología sobre el pasado es real. Conviene, por tanto, leer sus conclusiones como una hipótesis fértil y no como un veredicto cerrado.

Aun así, el ensayo ofrece algo valioso: un cambio de mirada. Si la inteligencia fuera únicamente tamaño cerebral y destreza técnica, resultaría difícil explicar a un naledi sepultando a los suyos o a un neandertal sostenido durante años por su grupo. Entender la evolución como un proceso biocultural, donde cuerpo, cultura y relaciones se entrelazan, permite ver a los antepasados como seres que cuidaban, lloraban y se comprometían. Quizá la pregunta más interesante ya no sea qué los hizo listos, sino qué los hizo capaces de quedarse juntos. En ese giro cabe también una enseñanza para el presente: reconocer que la empatía y la cooperación son rasgos antiguos, y no un lujo moral reciente.

Rodrigo Colorado es antropólogo de la Educación, de El Salvador, Centroamérica


Edición: Mirna Abreu


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