Opinión
La Jornada Maya
26/10/2026 | Ciudad de México
El Instituto Nacional Electoral (INE) surgió como una institución cuya función principal ha sido garantizar que los procesos electorales estén acordes al ideal democrático. Como toda organización en la que intervienen seres humanos, a veces ha sido exitosa, a veces su actuación ha sido dudosa, por decir lo menos. Sin embargo, su funcionamiento sigue representando una aspiración clave de la sociedad mexicana: que sus autoridades electas estén libres de duda en cuanto a cómo llegaron al cargo.
Este lunes, Guadalupe Taddei, consejera presidenta del Consejo General del INE, ha prometido presentar su renuncia al cargo, tras varios señalamientos por adjudicación irregular de contratos para material electoral, colusión y triangulación de recursos públicos, que incluyen videos en los que se ve a la funcionaria interactuando con el empresario Alfredo Hernández Casillas, proveedor de insumos electorales, presuntamente favorecido con varios contratos que en conjunto equivalen a 198 millones de pesos.
Al respecto, Claudia Sheinbaum Pardo, presidenta de México, se ha pronunciado, exigiendo que no exista “ninguna sombra de corrupción” en el INE, al tiempo que dejaba en manos de Taddei su salida del Instituto.
Ayer domingo, Taddei emitió un comunicado anunciando que presentará su renuncia hoy. En el documento, dado a conocer por el propio INE, la todavía consejera insistió en que desde el 10 de septiembre que dio inicio el proceso electoral federal 2026 -2027, el Instituto “ha venido cumpliendo puntualmente con las actividades previstas para su organización”. Malo sería que no fuera así. Lo que se señala es que la proveeduría para el proceso se haya realizado, presuntamente, de manera irregular.
La fortaleza del INE, dice erróneamente Taddei, “descansa en sus capacidades técnicas, en la experiencia de su personal y en su compromiso con la democracia y la organización pacífica de las elecciones federales y locales”. En realidad, es la propia trayectoria del Instituto la que lo hace sólido. Su misión ha sido que los comicios inspiren confianza, y en lo general, a lo largo de tres décadas, ha tenido resultados muy positivos en su cumplimiento: no consenso o aceptación total, pero sí puede aceptarse que cada vez es más difícil cometer un fraude electoral como se hacía durante la centuria pasada.
La renuncia de Taddei es síntoma de madurez de la ciudadanía: ya no sólo se vigila a las autoridades, sino también a las instituciones y a quienes las dirigen, dada su función dentro del Estado. Eso es parte de una cultura democrática que ha llevado décadas construir.
Mientras, la Auditoría Superior de la Federación (ASF) ya ha dado a conocer que ha documentado un esquema de presunta triangulación de recursos en el INE que data de 2024, primer año completo de la gestión de Taddei. Para la ciudadanía, esto es suficiente para inocular la desconfianza en el proceso electoral en curso. Y si algo no pueden permitirse los mexicanos es que la corrupción se normalice en el organismo encargado de la limpieza de los comicios. La lucha por la democracia ha costado vidas, por lo que resulta inaceptable que actos de corrupción beneficien a personas concretas en la institución que nació para que estos procesos sean confiables.
Edición: Ana Ordaz