La lectura para las infancias es una poderosa herramienta de transmisión de la cultura y los conocimientos en distintas áreas del saber. Coadyuvan a la socialización; incluso, la religión se nutre de historias de santos o de seres extraordinarios para canonizarlos. El filósofo Martín Buber evoca la estimulación de la fantasía a través de la lectura, la cual puede aplicarse a la literatura infantil, porque es justamente lo que se busca cuando un niño lee una historia o lo hace un adulto en lugar de él: estimular la imaginación en mundos fantásticos.
Quizá las nuevas generaciones ya no jueguen a las rondas, pero los que transitamos nuestra infancia hace cinco décadas, las rondas y los juegos eran parte de la socialización en los parques y escuelas. El escritor Ramón Iván Suárez Caamal y el diseñador Yancarlos Perugorría, trajeron a mi memoria la ronda “La pájara pinta” en el primer cuento con el que inicia En el país de los cuentos (Nave de papel, 2026), en la sección “Historias de animales”. Si bien la ronda de origen popular anónimo nos retrata a una pájara enamorada pasiva, el cuento de Ramón Iván nos cuenta más allá, pues la pájara de su historia musicaliza sus propios poemas. Aunque ambas añoran el amor ausente cada una trata la espera de manera distinta ante una misma situación. La enseñanza no está de manera explícita, pues el niño deberá deducir que ante la espera es mejor hacer algo de provecho que al final si no se resuelve la ausencia, al menos quedará algo positivo que podrá compensar. En el caso del cuento, son las canciones que compone la pájara pinta.
Algunos de los cuentos están conformados por retomar referentes culturales y literarios para enriquecer los relatos, como la conocida fábula de Esopo: El cuervo y la zorra anticipados en el primer verso: “Les contaré un raro cambalache”. El autor ahora invierte los papeles e intenta reivindicar al cuervo, pero la zorra siempre será zorra donde la pongan, sea en una fábula o un cuento, y no cae ante los halagos del cuervo, que esta vez se queda sin su rebanada de luna.
En la brevedad está la sustancia. En el cuento “Una historia breve” no hay que decir de más, es una denuncia velada por el exceso de sustancias tóxicas que, de no regularlas, dejará el paisaje gris, pero la esperanza es un camaleón, pues posee un gis donde guarda todos los colores, esos que tiene la infancia de los que hablaba el filósofo Gastón Bachelard.
En la segunda sección, “Los cuentos de la abuela”, el autor retoma referentes literarios. En “La muñeca de trapo” el muñeco de madera de nariz grande remite a Pinocho y es de quien la muñeca está enamorada, motivo por el cual desdeña al sapo. El relato tiene una segunda parte con “Don sapo está triste”, donde se aborda la depresión al no ser amado; deja de cantar, saludar y dormir. La historia no revela el final del batracio quedando abierto para estimular la imaginación del infante.
La última sección, “En el país de los cuentos”, está dedicada a los “Duendes, hadas, ogros y brujas”, personajes que, si no se cuentan, dejan de existir, como le expresa Anna Rossetti: Si los cuentos no se cuentan, dejan de existir las hadas, los dragones, los vampiros, los duendes y los piratas…
Ramón Iván da vida a esos personajes que nos sacaron una sonrisa en la tristeza, nos acompañaron en la cama cuando enfermábamos, nos arrullaron y llevaron al país de la ensoñación, ese país al que retornamos cuando leemos sus cuentos.
Edición: Estefanía Cardeña
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