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Ciclos y retornos

Guiños lectores
Foto: Rodrigo Díaz Guzmán

Las tradiciones y las creencias representan formas que integran los elementos de la cultura distintiva de los grupos sociales, y por consiguiente refuerzan los vínculos al interior de ellos.

Los días en que se conmemora a los muertos en Yucatán se hacen notar por una serie de prácticas e ideas cuyo fondo simbólico es compartido en el curso de los años gracias a la experiencia que se obtiene del trato con los mayores, quienes se desempeñan como puente para transmitirlo a otras generaciones. Tales saberes son decisivos para asegurar la continuidad de los lazos comunitarios, sobre todo porque, de manera paralela, estas fechas han sido objeto de un sesgo turístico y de un enfoque de espectáculo que sólo destacan sus aspectos superficiales.

Con base en fuentes orales y bibliográficas, en su libro Ofrendas de Hanal Pixán (Mérida, Programa de Apoyo a las Culturas Municipales y Comunitarias–Maldonado Editores del Mayab, 2007), el profesor Jorge Enrique Várguez Eb expone un panorama esclarecedor de las nociones que envuelven los días de difuntos en suelo yucateco, obra que representa una guía para apreciar los componentes principales de los altares dispuestos en memoria de las personas fallecidas, parientes y amigos que, de acuerdo con los postulados que dan sentido a estas ceremonias, regresan a su lugar de origen para convivir con su familia, motivo por el cual son recibidos con alimentos que se preparan para la ocasión y de los que extraen la esencia que emana el vapor de la comida servida.

El autor es oriundo de Tixpéual, Yucatán, y para redactar su trabajo entrevistó a varias personas que le confiaron con detalle el sentir popular acerca de los usos en torno de la llamada comida de las ánimas, que tras un cuidadoso proceso de elaboración se coloca en los altares tradicionales, cuyo contraste con los actuales resulta muy visible, y tanto de unos como de otros brinda descripciones precisas, sobre todo en lo referido a la secuencia en que se colocan los utensilios y el tipo de materiales que contienen las ofrendas, y los motivos por los que ocupan un sitio específico en la mesa-altar. Refiere así que existe un significado particular para cada elemento, que a su vez corresponde con un sistema cultural heredado mediante una trama de valores que se apoyan entre sí. Vale afirmar entonces que este contexto se funda en un orden normativo que cumple fines prácticos y sugiere un trasfondo metafísico, fija lo que es conveniente hacer y lo que es preferible evitar para cumplir el propósito ritual establecido.

Por tratarse del fruto de un proceso sincrético, este conjunto de honras simboliza el regreso de los desaparecidos, a quienes se reconoce una presencia intangible, y evidencia la capacidad de apropiación cultural de los pueblos autóctonos, que de este modo ponen al día reminiscencias de ritos que acaso sean de raíz prehispánica, rasgos que se entreveran con patrones instituidos durante el periodo de dominio colonial, sobre todo de carácter religioso, que se reformulan a la luz de un matriz nativa. Así es como la cruz pintada de color verde, al mismo tiempo que representa el peso ideológico del cristianismo, remite a la fertilidad de la tierra, es decir, se asocia con los ciclos agrícolas en que se basa la cosmología de las sociedades originarias.

Se hace notar así la cosmovisión de los mayas contemporáneos que asimila contenidos de la liturgia oficial del catolicismo fundiéndolos con la perspectiva sagrada de la naturaleza que sustentan los pueblos mesoamericanos; las manifestaciones populares de estos actos devocionales si bien admiten, por ejemplo, la presencia de ministros de la Iglesia durante la misa de ánimas en los cementerios de las localidades yucatecas el 2 de noviembre, valoran también el oficio de las rezadoras –mujeres que recorren las casas de los vecinos a cuya solicitud prestan sus servicios–, quienes asumen un papel activo durante estas muestras de fervor y convivencia; el profesor Várguez Eb entrevistó a varias de ellas, nacidas en Tixpéual, entre las que se cuentan algunas decanas que recuerdan haber cobrado en centavos los emolumentos resultantes de la entonación de sus plegarias.

Esta obra recrea, en suma, un pasaje de singular importancia para los habitantes de la península, y atiende un signo de identidad colectiva que afianza concepciones fundamentales acerca de la vida y de la muerte.

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Edición: Ana Ordaz


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