Opinión
La Jornada
03/11/2026 | Ciudad de México
En vísperas de las elecciones de medio mandato en Estados Unidos, el comentarista Tucker Carlson advirtió que el primer ministro de Israel y prófugo de la Corte Penal Internacional, Benjamin Netanyahu, ejerce una presión constante sobre el presidente Donald Trump a fin de que intensifique las agresiones contra Irán, incluida la autorización de un ataque nuclear contra la instalación subterránea iraní del Monte Kolang. Aunque no hay ninguna versión oficial que corrobore la especie, cobra credibilidad por la disposición de Netanyahu al genocidio y las reiteradas amenazas del magnate de exterminar al pueblo persa: el 7 de abril declaró que “esta noche morirá toda una civilización” y aseguró que podría volar por los aires todos los puentes y centrales eléctricas de Irán; en julio afirmó que su ejército estaba dispuesto a “aniquilar y destruir por completo todas las zonas” del país, y el 22 de septiembre, ante la Asamblea General de la ONU, dijo que aniquilaría a la república islámica si no se plegaba a sus términos. Apenas el sábado, mencionó a Kolang entre los “uno o dos sitios” que todavía tiene pendiente destruir en Irán.
Con o sin armas atómicas, el riesgo de un relanzamiento de las hostilidades contra Teherán ha estado sobre la mesa durante semanas, y se incrementa cuando tanto el magnate estadunidense como el criminal de guerra israelí enfrentan crecientes dificultades internas que exacerban su propensión a las huidas hacia adelante y a echar mano de la violencia. El mandatario chino, Xi Jinping, pareció tomarse en serio este peligro, al condenar el uso de Medio Oriente y la región del golfo Pérsico como un campo de batalla para la rivalidad entre las grandes potencias. En una declaración conjunta con el sultán de Omán, Haitham bin Tariq, instó a “resolver el conflicto por vías políticas y diplomáticas”, además de pedir a Estados Unidos e Irán que alcancen lo antes posible un alto el fuego integral, pongan fin a las hostilidades, retomen el memorando de entendimiento de Islamabad y reanuden el diálogo y las negociaciones.
Pekín no debería estar solo en el llamado a la sensatez. Los miembros de la clase política de Washington y las instituciones de ese país que no han sido totalmente corrompidas por el trumpismo tendrían que invertir todas sus energías y capacidades en un plan para impedir que una eventual derrota en los comicios de hoy precipite actos irreparables que terminen por barrer con el orden internacional y desemboquen en una conflagración global. Lo mismo vale para los aliados de Estados Unidos: aunque poco puede esperarse de dirigentes pusilánimes, guerreristas y obsecuentes como los de casi toda Europa, Japón o Corea del Sur, sólo una oposición firme y unánime puede frenar los impulsos primarios de Trump y los halcones de su gabinete, el secretario de Estado, Marco Rubio, y el de Guerra, Pete Hegseth. Incluso los gobernantes más afines al trumpismo, como la ultraderechista japonesa Sanae Takaichi, necesitan darse cuenta de que una ruptura de los límites autoimpuestos entre las potencias, como el que significaría el uso de armas nucleares por parte de Estados Unidos, los dejaría a merced de sus rivales y podría desembocar en un conflicto sin ganadores.
Ningún rincón del planeta escapa a la amenaza de un presidente estadunidense fuera de control, pero la responsabilidad primera de parar los excesos de Trump y prevenir una barbarie mayor a las que ya ha perpetrado recae en los ciudadanos de la superpotencia, quienes lo han llevado a la Casa Blanca en dos ocasiones y le han permitido deshacerse de casi toda restricción al poder presidencial. Cabe esperar que hoy esa ciudadanía rescate en las urnas lo que queda de su democracia y contribuya a conjurar, o cuando menos a atenuar, el peligro mundial que representa su presidente.
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Edición: Estefanía Cardeña