Opinión
Luis Fernando Acevedo y Landy Patricia Pinto
03/11/2026 | Mérida, Yucatán
En todas las épocas y lugares del mundo, las enfermedades, malformaciones, deformaciones o anormalidades han acompañado al hombre. El nacimiento de seres con ciertas patologías capturó siempre la imaginación humana y, los artistas plásticos, fueron altamente capaces de reproducir en gran nivel detalles resaltantes de cada enfermedad en diversos objetos.
Bajo la concepción de buscar la representación de las enfermedades en la antigüedad, nace la Paleopatología, del griego paleos (antiguo), patos (anormalidad) y logos (tratado), acuñada por primera vez por Schulfed en 1892 y que Reverte en 1981 definió como la disciplina científica encargada de estudiar las enfermedades que afectaron a las poblaciones humanas antiguas en relación con su entorno. Este análisis se lleva a cabo, principalmente, mediante el examen directo de los restos óseos y de los tejidos conservados, en ocasiones momificados, que pueden observarse al microscopio utilizando técnicas de rehidratación. Asimismo, el estudio paleopatológico puede realizarse de forma indirecta a través de la interpretación de manifestaciones artísticas y culturales del pasado, como petroglifos, pinturas rupestres y cerámicas, entre otros vestigios.
Las investigaciones arqueológicas han documentado que varias culturas prehispánicas plasmaron artísticamente numerosas manifestaciones de su cotidianidad con un realismo y verosimilitud admirables. Dentro de las representaciones cerámicas destacan las figurillas que muestran de forma realista o estereotipada personas, animales o seres sobrenaturales y, por lo tanto, resultan ser una fuente de información, ya que abordan diversas temáticas. Su análisis permite así conocer aspectos importantes y proporciona información valiosa en torno a la producción y distribución de estos artefactos.
Al analizar la distribución espacial de figurillas con patologías, se han encontrado ejemplares con deformaciones como los de Queréndaro Michoacán y en el Valle de México, que representan mujeres con doble cabeza del período Preclásico (1000 a.C. - 100 d. C.). Por su parte, en la cultura Valdivia de Ecuador se han encontrado figuras antropomorfas de sexo femenino con dos cabezas bellamente diseñadas que corresponden al período Formativo (3500 – 2000 a.C.), y en la cultura Moche del antiguo Perú, representaciones de gemelos siameses que datan del 300 d.C.
En las culturas olmeca y maya existen figurillas con evidentes características que presentan malformaciones, deformaciones y anormalidades anatómicas, como es el caso de una magnífica pieza conservada en el Palacio Cantón. Esta figurilla del periodo clásico (200-900 d.C.), cuya función fue la de ser un instrumento musical (sonaja), representa a un personaje femenino de pie con una condición particular: dos caras unidas, tres ojos oblicuos incisos, dos narices y dos bocas abiertas mostrando cada una modificación dentaria conocida como patrón ik (desgaste por selección de pieza dental); los brazos están reposando al centro del cuerpo y las piernas no están representadas. Viste quechquemitl con faldellín, está adornada con collar de un hilo con cuentas redondas y pendiente central y orejeras circulares con perforación central, y en el cabello lacio con flequillo se observa un tocado semicircular a manera de trenza. Llama la atención no solo la condición física de la bicefalia, sino también la mutilación dentaria; actividad llevada a cabo en personas adultas (no era posible con dientes de leche), dato que lleva a pensar en la existencia de cuidados particulares asociados a calidad de vida. El realismo con el que se representa la anomalía física la convierte en una pieza de especial relevancia para aproximarnos a distintos aspectos de la vida cotidiana en la sociedad maya. Asimismo, constituye un punto de partida para reflexionar sobre el binomio vida/salud y las concepciones que pudieron existir en torno a las condiciones físicas y corporales.
El valor de esta figurilla radica tanto en su potencial para futuras investigaciones e interpretaciones sobre la sociedad maya como en la información que aún queda por descubrir. Sin embargo, la ausencia de un contexto arqueológico de procedencia limita la posibilidad de determinar con precisión la actividad y la finalidad con las que se utilizaba, más allá de su evidente función sonora. Así, esta pequeña pieza de cerámica conserva interrogantes que invitan a continuar su estudio y a reconocer el valioso aporte que puede ofrecer al conocimiento de la antigua civilización maya.
Landy Patricia Pinto Bojórquez se desempeña como encargada del depósito de colecciones del Museo Regional de Antropología de Yucatán “Palacio Cantón”.
Luis Fernando Acevedo Canché, se desempeña en el área de Museografía del Museo Regional de Antropología de Yucatán “Palacio Cantón”.
Coordinadora editorial de la columna:
María del Carmen Castillo Cisneros; antropóloga social, Centro INAH Yucatán.
Edición: Estefanía Cardeña