Opinión
La Jornada
04/11/2026 | Ciudad de México
A lo largo de la campaña para las elecciones intermedias, el presidente Donald Trump arengó una y otra vez a sus seguidores a votar como si él estuviera en la boleta. Lamentablemente para el Partido Republicano, todo indica que los ciudadanos le tomaron la palabra: al cierre de esta edición, los datos conocidos, los avances en los conteos y predicciones reputadas como la del New York Times indicaban que los correligionarios del mandatario han sufrido una estrepitosa derrota en su intento por retener el control de la Cámara de Representantes y el Senado, así como en las gubernaturas en juego. Lo más impresionante de la jornada es que los demócratas parecen haber triunfado no sólo en los “estados morados”, donde es habitual la alternancia, sino incluso en territorios que hasta antier eran bastiones republicanos inexpugnables: al cierre de esta edición, habían asegurado Carolina del Sur y Kansas. Esta última entidad no ha tenido un senador demócrata desde 1939.
Tan significativa como la magnitud de la debacle es la responsabilidad por la misma, en la medida en que Trump se empeñó en que los comicios fueran un referendo sobre su persona, incluso cuando los sondeos mostraron que se encuentra en el punto más bajo de su popularidad, con un promedio de 36.8 por ciento de aprobación, y apenas 31 por ciento según el estudio de Reuters/Ipsos. A principios de año, nada sugería que los demócratas pudieran hacerse con la mayoría del Congreso; de hecho, todavía en mayo, 59 por ciento de los adultos tenían una opinión desfavorable de dicho partido.
Para entender los resultados, es preciso tener en cuenta cuatro factores centrales. La injerencia del presidente en los procesos internos de los republicanos, en los que impuso a candidatos contra el criterio de las militancias locales, en no pocos casos apoyando a aspirantes sin experiencia, con un pesado lastre de señalamientos por corrupción y con perfiles divisivos. Los siguientes dos factores se encuentran estrechamente entrelazados: la agresión criminal contra Irán rompió la promesa de no meter al país en más guerras interminables en el extranjero, a la vez que desató una ola inflacionaria que dio al traste con el gran punto fuerte de Trump en las presidenciales de 2024; la creencia en que haría un buen manejo de la economía. Su afirmación de que no pensaba un segundo en el bolsillo de los estadunidenses al incendiar Medio Oriente sin duda fue un punto de inflexión para votantes que antes le dieron su apoyo.
Por último, pero de enorme importancia, la inhumana e indiscriminada cacería contra los migrantes, sin importar su estatus legal, enajenó al trumpismo el voto latino, crucial para sus victorias anteriores y para asegurar las mayorías republicanas. La mejor muestra de este cambio de preferencias entre los
descendientes de latinoamericanos se encuentra en Texas, donde James Talarico y Gina Hinojosa aplastaron a sus contrincantes conservadores por márgenes que nadie anticipó en la carrera senatorial y por la gubernatura. En Florida, la ultraderecha estuvo muy cerca de perder su bastión ante proyectos liberales.
Por todo lo dicho, está claro que la votación de ayer no fue un cheque en blanco para el Partido Demócrata, sino un contundente mensaje de rechazo a los excesos, la soberbia y las prioridades extraviadas de Trump. Sin embargo, es indispensable señalar la alta competitividad de los candidatos adscritos a la corriente del socialismo democrático: políticos progresistas, en su mayoría jóvenes y pertenecientes a minorías étnicas invisibilizadas o estigmatizadas. Lo más destacable de estas candidaturas es que se enfrentaron tanto al racismo desembozado de los republicanos como a la hipocresía y los compromisos corporativos del establishment demócrata. En este sentido, también debe reconocerse la lucidez de millones de estadunidenses que no se dejaron manipular por la lluvia de dinero que los billonarios arrojaron a favor de los republicanos. Cabe deplorar, con todo, que al redactar estas líneas un 57 por ciento de los californianos haya rechazado la Proposición 40, con la cual se buscó cobrar un impuesto único de cinco por ciento a los poseedores de mas de mil millones de dólares y destinar lo recaudado al sistema de salud.
En espera de los resultados definitivos, la gran pregunta que pende sobre Estados Unidos y el mundo es cómo reaccionará el gobernante republicano ante las restricciones institucionales a un poder que hasta ahora ha ejercido de modo despótico y sin apenas limitantes. De manera trumpiana, sus primeras señales han sido contradictorias: al Times le dijo que está dispuesto a aceptar los resultados y que “probablemente llegará a algún acuerdo” con los demócratas. Pero antes del cierre de las casillas había asegurado a CBS News: “yo tengo el poder definitivo; se llama veto”, y afirmó que la Suprema Corte le otorgó “tremendos poderes” sobre agencias federales sin importar quién controle el Congreso. De este lado del río Bravo, sólo queda hacer votos por que Washington logre tomar su cauce institucional –defectuoso, pero preferible al caos trumpista– e impida al magnate continuar desestabilizando a su propio país y al resto del planeta.
Edición: Estefanía Cardeña