Opinión
La Jornada Maya
05/11/2026 | Mérida, Yucatán
Tal vez como pocas veces, la discusión acerca de las tradiciones asociadas al Día de Muertos, Janal Pixan o Finados, fueron parte de la conversación pública en prácticamente todo el territorio nacional, así como en las redes sociales. La experiencia no deja de ser enriquecedora, cuando de lo que se trata es de identificar los orígenes, recuperar la esencia y procurar el aprendizaje por parte de los nuevos miembros de la sociedad o las generaciones más jóvenes.
Pero también es cierto que lo que solía ser una práctica privada, familiar, e incluso íntima, se trasladó a las calles, al espacio público, y estuvo rodeada de múltiples eventos más festivos que culturales y que recibieron una fuerte promoción por parte de las autoridades de los tres niveles de gobierno, comenzando por el desfile realizado en la Ciudad de México, cuya inspiración es una película de la franquicia de James Bond cuya filmación data de 2015. En Yucatán se tiene el “Festival de las ánimas”, que ya incluye el “Pixan peek” para dar la impresión de que el mundo de los muertos incluye a las mascotas. Estos carnavales incluyen abundante maquillaje para simular cráneos y disfraces coloridos.
De entrada, estos eventos disputan el uso del vocablo “tradición” para referirse a ellos, y crear ahí un conflicto es innecesario. Ya hace varias décadas que el historiador británico Eric Hobsbawn demostró que muchas prácticas de las que reconocemos como tradicionales no son ni inmemoriales ni tan antiguas como se pretende hacer ver. La diferencia está en quiénes las mantienen vivas y cómo se transmiten a la siguiente generación; así, tenemos por un lado a familias que se organizan para limpiar su mesa de santos, comprar ingredientes o si es posible, el mucbilpollo, y hasta contratar a una rezadora y dedicar algunos misterios antes de la comida en la que se sigue hablando de los ancestros; por otro, una cadena de instituciones y oficinas desde las que se decide cuánto dinero se invertirá para atraer turistas.
Lo que hay entonces es una tradición vivida en la que los participantes refuerzan su pertenencia al grupo (familia o vecindario), y un espectáculo diseñado para el consumo del turismo, incluyendo aquí a los lugareños que acudan a contemplar un cuadro salido del cine hollywoodense; de una combinación de los filmes 007: Spectre y Coco, para mayor precisión.
Esto no significa que una y otra sean mutuamente excluyentes. Si algo ha demostrado la humanidad es que rituales y festividades pueden convivir. Lo que debe dejarse claro es el espacio de cada uno, y de preferencia que los carnavales que organizan las autoridades no invadan la esfera íntima con el pretexto de obtener divisas del turismo, como han manifestado los pobladores de Pomuch, Campeche, donde se lleva a cabo la limpieza de los restos de sus difuntos, lo que para ellos es un acto íntimo y expresión de cariño por sus antepasados. Es precisamente una tradición que refuerza la pertenencia a la comunidad a través de mantener los lazos con quienes ya han fallecido.
Los desfiles de catrinas, paseos de ánimas y demás, son para la contemplación estética, la convivencia lúdica y el mercado. Están vacíos de significado y de los valores que precisamente hacen fuerte a una tradición. Ahí radica su triunfo: no exigen más esfuerzo que el dejarse llevar por “la experiencia” de la calle y después esperar al evento del próximo año que, dada la cantidad de asistentes, seguramente contará con más presupuesto.
Pero las tradiciones familiares seguirán estando ahí, invitando a las amistades cercanas y a aquellos con quienes se espera que el grupo crezca; mientras sigan existiendo quienes convoquen a la casa porque en el patio se va a escarbar el agujero para el p’iib, mientras la preparación del guiso siga involucrando a tres generaciones, mientras las recetas sigan transmitiéndose, habrá significado, y habrá comunidad más allá del mercado y el potencial de consumo.
Edición: Ana Ordaz