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Foto: Enrique Osorno

Hugo Michel

Mérida no ha estado tan silenciosa por las noches desde que se impuso el toque de queda. Ya no hay coches, motos, camiones, bocinas que originen ruido e impidan tener noches silenciosas. Desgraciadamente queda uno, irreductible, permanente, penetrante, que nos está carcomiendo por el interior de día y noche.  

La única defensa contra el zumbido es encerrarse en un cuarto con ventanas de doble vidrio sofisticadas, que nadie tiene por el precio elevado pero también porque las casas deben estar ventiladas. Tampoco lo podemos disimular, ese ruido de motores se oye a pesar de tener música o el chapoteo de una fuente.  

Poco a poco nos hemos vuelto irritables,  insoportables, quejumbrosos; no  podemos dormir bien, amanecemos cansados, con pensamientos pesimistas como deshacerse lo mas rápidamente del querido hogar; venderlo y mudarse a cualquier lado con tal de no escuchar más a ese monstruo de cemento.  

¿Cómo es posible que las autoridades dejen que esto suceda, que no se preocupen por la salud  de sus habitantes? Estamos totalmente impotentes e indefensos ante tal situación, vulnerables, invadidos hasta el rincón mas profundo de nuestra madriguera, en donde el rugido de la maquina penetra nuestro cerebro generando un malestar profundo. La depresión se instala cada día más.  

¿Cuál es el origen del maldito ruido? La Harinera del Sureste en la calle 50 del centro de la capital del estado, que tanto promueven internacionalmente como el lugar ideal para vivir.  

Del molesto ruido, los responsables están al tanto, las autoridades estatales también. Frecuentemente en situaciones complicadas estos últimos deciden ignorar hipócritamente el problema bajo el pretexto de que no escuchan nada para deslindase de sus responsabilidades. Por lo menos no pueden pretender ignorar el asunto pues ya se  les ha informado del malestar  de los habitantes de la zona afectada, no sólo directamente, también a través de los periódicos y la radio.  

Claro está que reconocer el  hecho de que hay un ruido insoportable implica consecuencias, primero, a nivel legal, ya que se están violando las leyes ambientales; segundo, económicas, puesto que  hay que gastar dinero para insonorizar las turbinas; y tercero, laborales, porque hay que ponerse a trabajar para eliminar el ruido.

Si esta reciente pandemia ha mostrado que hay una gran preocupación de las autoridades por cuidar la salud de los ciudadanos a través de las acciones que se toman para tratar de controlar los contagios virales y mantener a las personas con vida, entonces también deberían de continuar sus esfuerzos para que estos mismos ciudadanos  puedan vivir en condiciones satisfactorias.

Es una oportunidad para las personas que tienen cargos responsables de demostrar que son capaces de hacer las cosas bien para vivir en un mundo mejor y así asumir los puestos para los que fueron elegidos.  

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Edición: Ana Ordaz


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