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Foto: Stella María González

Durante más de 40 años Stella María González Cicero se ha dedicado al rescate, organización y protección del patrimonio documental y bibliográfico de México, 

En los años 70 comenzó su larga y exitosa trayectoria profesional en el Archivo General de la Nación. Su visión y talento contribuyeron a la creación del Registro Nacional de Archivos y de la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia. En los años 80 colaboró como secretaria técnica para la creación de la enciclopedia Yucatán en el Tiempo. En 2004, la biblioteca del CIESAS Mérida (Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social) fue nombrada en honor a ella. Al año siguiente, la doctora fue condecorada con la Medalla Yucatán, que premia el mérito cultural y científico. 

Stella ha escrito un sinnúmero de artículos para medios impresos.  Actualmente dirige ADABI (Apoyo al Desarrollo de Archivos y Bibliotecas de México), una asociación sin fines de lucro que ha logrado preservar un gran número de los archivos y bibliotecas en México. 

 

Doctora Stella, tiene usted una maestría y un doctorado, ambos en historia, ¿cómo fue que se inclinó por esta profesión?

Mira, yo me fui a estudiar la Escuela Normal Superior a Guadalajara, me gustaba mucho la enseñanza y en ese entonces había una carrera que se llamaba orientación profesional, me atraía mucho porque me daba cuenta de que ésta hacía falta en las escuelas; los muchachos salen y no saben qué van a estudiar, a veces sólo siguen a la mayoría de su clase, pero es una materia que nunca les gustó. Cuando llegué a la Normal Superior yo venía del bachillerato y me hicieron tomar materias para tener el nivel, pero, al terminarlas, se cerró la carrera de orientación profesional (ríe). Me dije, y ahora, ¿qué estudio? Me gustaba mucho la historia y la literatura, pero no la gramática, entonces me incliné más hacia la historia, le entré de lleno y me olvidé de todo lo demás.

 

Fue nada menos que en el Archivo General de la Nación (AGN) donde  comenzó su trayectoria profesional, cuénteme acerca de esto.

Cuando entré al Archivo comencé como soldado raso (dice entre risas), me daban cuanta tarea era necesaria y no había quien la hiciera, “que la haga Stella” decían, entonces me enviaron a hacer estudios a Francia durante seis meses y verdaderamente ahí fue donde tuve una visión panorámica de los archivos europeos. Cuando regresé, la doctora Alejandra Moreno, directora del Archivo, me dijo: Stella, de todo lo que viste que nosotros no hacemos, ¿qué podemos hacer para introducir al Archivo en esta comunidad internacional? Le contesté que algo que me había llamado la atención era el Registro Nacional de Archivos pues aquí el AGN estaba solito, lo demás eran pequeñas islas y no existía una conexión entre ellos. La doctora me contestó: “pues dedícate a armar un proyecto para empezar a trabajar ese registro nacional, hacer un enlace y saber cómo están los archivos municipales, los archivos parroquiales y los diocesanos que son tan ricos”. Hicimos varias encuestas y campañas para evaluar su estado, fue muy triste porque éste era lamentable, la mayor parte de los estados no contaba con archivos generales, eran bodegas; muchas veces el gobernador del estado me decía: “¿pero para qué quiere usted ir a conocer la bodega? Ahí hay un señor sentado en la puerta con las llaves, que le abra y vea usted lo que hay”. No existía el archivo como una institución orgánica del propio gobierno; no tiraban los papeles, pero eran bodegas cuidadas por un señor que tenía las llaves, punto, no más. Sólo algunos estados tenían sus archivos en mejores condiciones, aunque precarias, y sus empleados no tenían la formación. 

Había estados que le habían puesto todas las ganas, como el nuestro (Yucatán), no es por nada pero estaba bien puesto y cuidado. Al frente de él estaba don Luis López Rivas que le había dedicado la vida a ese archivo y desgraciadamente no supieron valorarlo. Carmen Romano, la esposa del presidente López Portillo, fue (al archivo) y el lugar le gustó para poner una tienda de artesanías. En la noche pusieron a los presos a sacar todo el archivo y ¡lo fueron a tirar a una casita! Don Luis López llamó desesperado a la directora Alejandra y ella me envió a Mérida a ver qué pasaba. Al llegar, llamé a algunos compañeros campechanos y entre todos logramos poner en orden muchísimos documentos, aunque no podíamos ni movernos por la falta de espacio. Se levantó una queja al gobernador Francisco Luna Kan, y contestaron que le harían un edificio -que fue una mala imitación de Lecumberri- lo acabaron a la carrera porque la visita del presidente (López Portillo) estaba muy próxima. Nos pusieron a trabajar y a la hora de la inauguración, le presumieron al presidente el trabajo y a nosotros ni siquiera nos invitaron. Continuamos luchando por un lugar digno para el archivo y logramos que el siguiente gobernador, Graciliano Alpuche, moviera el archivo de ese edificio y lo enviara al lugar donde se encuentra actualmente, sobre la calle 86 en el Centro de Mérida.

Doctora, ¿cuál sería el estado óptimo del archivo en Yucatán? 

Si hablamos de lo ideal es que tuviera un edificio adecuado para su crecimiento. La documentación está en buen estado, sin embargo, los espacios son limitados para lo que debe resguardar, que son todos los documentos de gobiernos anteriores. Es necesario que se piense en estas instituciones como verdaderamente lo que son, el corazón de la administración. Es ahí donde se resguarda la sabiduría de la administración pública; en ellos encontramos cómo se ha gobernado, cómo han trabajado las anteriores administraciones, nunca le hacemos caso, siempre se gobierna como hasta el día de hoy. Todos los días inventamos México y no hay antecedentes a acciones que se vienen repitiendo desde hace cincuenta años porque los archivos no son tomados en cuenta, sabemos lo que se hizo hace uno o dos sexenios, pero muy poca gente recuerda si hubo una acción referente a esa necesidad que sigue siendo perenne en el estado.

 

La importancia de salvaguardar los archivos y remitirse a ellos.

En el archivo debería haber uno o dos historiadores que estén realmente atentos a lo que el gobierno actual va requiriendo e irle pasando al gobernador o sus asesores lo que se ha hecho, la experiencia que se ha obtenido sobre esa misma actividad en años pasados. Sí, los archivos son muy valiosos para los historiadores; sí, los historiadores son un plus. Si a ellos les interesa el contenido, que bueno, pero el primer interesado debe ser la propia administración. Nos olvidamos de ello y muy pocas administraciones, a menos que ya estén con la soga al cuello, empiezan como locos a buscar qué pasó, no debe ser así, debe haber un estudio sistemático de las propias acciones gubernamentales.

 

Como se lleva a cabo en los países europeos.

Así es, tampoco se le dedica el presupuesto que corresponde, es un presupuesto muy exiguo. Primero olvidamos que es nuestro patrimonio y segundo que es nuestra memoria, aquí en México somos un pueblo de amnésicos (dice riendo). Yo trabajé mucho con presidentes municipales, fueron mis primeros trabajos. Recuerdo que el secretario de gobernación en ese entonces (gobierno de José López Portillo), el señor Enrique Olivares Santana me decía: “doctora, yo admiro mucho su trabajo porque mientras el municipio no salga de donde esté, mientras no sea una institución fuerte, México no va a cambiar”. Yo llegaba a los municipios y les decía a los presidentes municipales: pero ¿por qué tienen su archivo así? No tenían argumentos y me contestaban con otra pregunta: pero ¿por qué es tan importante el archivo? Yo les decía: mire, si usted tiene una piedra preciosa, busca una cajita o el cajón más seguro de su estante y la guarda, cuando llegan sus nietos es su orgullo y les dice: te voy a mostrar el tesoro más valioso que tengo. Les muestra la piedrita y les hace la historia de cómo llegó a su familia. Su archivo debe ser esa piedrita que es el orgullo de la comunidad para que a todo visitante que llegue al municipio le diga, mire nosotros tenemos un archivo así y por él hemos sabido qué hicieron nuestros antepasados; si por aquí pasaron las tropas insurgentes, si nos hicieron, si nos robaron, etcétera, nadie que tenga sentido común dice: ah bueno, pues este diamante o esmeralda, que se vaya a la basura y esté ahí con todo lo que no vale la pena.

En los archivos está lo que hemos sido, lo que hemos pensado, la raíz de lo que somos y de nuestro futuro. Y aún teniéndolo caminamos como gente sin memoria, aun con todo lo que nos han saqueado, si algo tiene México de riqueza, esa es su historia.

 

Doctora, de los personajes que han surgido a lo largo de la historia de México, ¿quién sería el o la que más admira?

Hay mucha gente, cada etapa de la historia tiene su propio acontecer, a mí no me gusta formar héroes pues todos están muy fabricados, desgraciadamente nos metieron a la fuerza una historia nacional y hay personajes que nunca aparecen en ella, que trabajaron por debajo para poder llevar a cabo lo que se hizo, y pues, despuntan sólo determinados personajes que son los que admiramos. Gracias a la evolución política que se ha dado en México ya no hay historia oficial, las cosas se pueden llamar por su nombre y no hay nadie que venga a reprocharnos el hablar mal de Hidalgo o bien de Iturbide. No hay nadie que esté en ese lugar que no pretenda hacer el bien, las cosas no se hacen mal por maldad sino por desconocimiento o ignorancia. Generalmente nuestros personajes prohibidos son los que tienen más luz, pero les tocó en el bando perdedor. Esto de quitarle el mérito de la independencia a Iturbide… bueno, la historia oficial dice otra cosa y el pobre Iturbide duerme el sueño de los justos. 

 

Doctora, ¿qué significa para usted haber contribuido a la realización de “Yucatán en el Tiempo”?

Fue una experiencia muy agradable e ilustrativa, porque hubo muchas cosas que aprendí. Cuando uno estudia la historia va a un determinado tema o tiempo, y yo prácticamente no tenía mayor conocimiento de la historia moderna de Yucatán, entonces me obligué, no tuve más remedio que ponerme a estudiar (dice entre risas) para salir de muchas dudas. Yo les agradezco la confianza que tuvieron en mí, tanto Don Silvio Zavala como don Juan Duch, que fue quien me invitó a colaborar. Yo trabajaba con don Juan en el archivo de Yucatán cuando lo nombraron director de éste, me llamó por teléfono y me pidió apoyo para lograr hacer un archivo más accesible al público. Empecé a trabajar con él, era un hombre muy sabio y conocedor, mucho mayor que yo y creo que percibió en mí ciertas cosas que le gustaron, como la palanca de confianza que uno a veces recibe de sus mayores en un momento en el que uno está tratando de aprender e involucrarse en un ámbito mayor. Comencé a hacerle artículos para la enciclopedia de temas ligados con mi tesis y doctorado, relativo a los franciscanos, a las instituciones españolas de ese momento y luego en las reuniones que había con los grandes me invitaban a participar y yo ahí calladita nada más escuchaba y trataba de dar lo que ellos esperaban de mí (ríe). Yo ponía alma vida y corazón en el trabajo, más porque se trataba de mi tierra. Y aunque no vivo ahí, mi corazón y mi alma están en Yucatán. 

 

La biblioteca del CIESAS Peninsular (Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social) ha sido nombrada “Stella María González Cicero”, ¿qué significado tiene esto para usted? 

Fue un gusto enorme, te voy a hacer la historia. Mi hija estaba estudiando fuera de México y un día que vino me dijo: mamá, ¿qué piensas hacer con tu biblioteca? Le dije, pues hija va a ser para ti y me contestó: mamá, tú sabes que yo no comulgo con la historia ni con las letras, date el gusto de regalarla a gente que le sirva; el día que la reciba ¡la voy a vender por kilo! (ríe). Bueno, ¡se me abrió el piso! Fue tanta su insistencia que pensé hacerlo. En esa época viajaba seguido a Mérida y me fui fijando como estaban las bibliotecas de cada una de las instituciones y en su problemática. Visité el CIESAS, ahí conocí a Pedro (Bracamontes) y a Gabriela (Solís). Un día les dije, ¿no les gustaría que les dé mi biblioteca? Contestaron que claro que sí. Al regresar me puse a empacarla. Esa colección de 4,500 libros -llamémosle colección, biblioteca suena muy presuntuoso- logró que el Conacyt les permitiera abrir el doctorado y se comprometía a darles una cantidad anual. Yo les dije - oigan nada de estar poniendo nombres, esto es de la biblioteca y ahí muere, cuando yo lo necesite vendré a trabajar aquí-. Años después hubo necesidad de nombrarla. Un día me llamó Pedro y me dijo -Stella aquí hubo votación y todos votaron para que llevara tu nombre-. Me da gusto que sea consultada y que la gente encuentre ahí cosas que ha buscado por mucho tiempo.

 

Cuénteme ¿cómo surge la idea de crear ADABI? 

Yo comencé a hacer trabajo y organización de los archivos en el AGN (Archivo General de la Nación), cuando en su momento me preguntaron qué era lo que convenía hacer. Cuando salí del AGN, poco a poco al cabo de un año y medio se acabó el registro, se acabaron los rescates; es un trabajo muy sacrificado. En antropología, teníamos las bibliotecas conventuales, formadas con lo que se había recogido en la Reforma durante la expropiación de bienes eclesiásticos e hicimos todo un proyecto de rescate; de ahí las personas de la Universidad de Michoacán se enteraron y me pidieron apoyo, luego en Puebla nos llamaron para trabajar la biblioteca Palafoxiana (fundada en 1646), y así poco a poco. Después yo regresé al AGN, estuve dos años y meses ahí, cuando salí don Alfredo (Harp) me contacta y me dice: Stella, toda tu experiencia no la vamos a tirar a la basura, ¿por qué no hacemos un proyecto?, un traje a tu medida. Lo estuvimos platicando don Alfredo, María Isabel (Grañén de Harp) y yo; porque era ella la que tenía el deseo de apoyar esta labor, aunque no se introduzca de manera directa. Se realizó el proyecto y empezamos dos personas en el 2003. Las personas que vinieron a trabajar conmigo son gente que ya había estado conmigo en el AGN y en la biblioteca de Antropología, ya teníamos un bagaje de experiencia enorme. Ese es el éxito de ADABI, y claro, si sin dinero habíamos podido hacer cosas, ahora con un poquito de dinero podríamos hacer mucho más. Tenemos el rescate de alrededor de 78 bibliotecas conventuales, en conjunto llegamos casi a 300 mil títulos.

 

Stella ¿cuál es actualmente el proyecto más ambicioso de esta asociación?

¡Ay, Dios mío! El proyecto más ambicioso de Adabi sería (pensativa)… bueno, siempre hemos trabajado de acuerdo con la demanda que tenemos, nosotros somos una asociación particular que no tiene injerencia para entrar a un archivo ni mucho menos, aunque hay una ley que les indica, pero esa es atribución del INAH o del Archivo General, nosotros somos gente de buena voluntad que decimos: ¡aquí estamos! ¿quién quiere que le arreglemos su archivo? (ríe). El gran proyecto es que en un momento dado pudiéramos abarcar todo México, pero ahora es imposible porque sólo tenemos dos equipos: uno en Oaxaca formado por cinco personas, todos historiadores y otro en Puebla. 

 

Ustedes no cobran a los gobiernos

Nada, absolutamente, lo que pedimos es apoyo y se pide para hacer sentir responsabilidad a las autoridades. Los primeros cinco años todo fue gratuito nunca se les pidió un centavo de nada y lo que queríamos demostrar es que todo se puede hacer con poco dinero, realmente no son necesarios grandes presupuestos para llevar esta labor a cabo, lo que ahora pedimos es que, por ejemplo, si yo mando a tres personas a arreglar el archivo, que la presidencia les dé alojo y alimento. A cambio nosotros damos el servicio de organización, las cajas, el papel, todo lo que requiere el archivo y el municipio se compromete a eso, darle a los asesores alojamiento y comida. Este es un trabajo verdaderamente de misioneros, muy sufrido, los muchachos se avienen a todo “con tal de”, se trabaja durísimo, a partir de que el municipio abre a las 8 de la mañana y a veces hasta las 11 de la noche, para poder terminar el archivo en cuatro o cinco días. Hay autoridades que cooperan bien y otras que nos dan las cosas muy despectivamente, porque no les queda más remedio, pero poco a poco van entrando y cuando van viendo la dedicación de los muchachos van percibiendo que eso tiene valor y que si hay gente que se dedica de esa forma, es que eso vale. Acaban organizándoles una comida. Poco a poco se van ganando a la gente que los ve trabajar con tanta pasión y dedicación, sin pedir absolutamente nada. Hace poco me contaron mis colaboradores lo que les habían organizado en un municipio: ¡doctora tiraron cohetes y tocaron las campanas de la iglesia a reventar para agradecernos cuando terminamos el archivo!

 

Doctora, para cerrar esta entrevista, ¿qué mensaje le gustaría enviar a la juventud yucateca?

Que se interesen mucho por el pasado. Yo creo que nos hemos olvidado de que el pasado tiene mucho que decirnos, el pasado tiene una voz, que ahí la tenemos muy cerquita y que nos olvidamos porque consideramos que eso ya no tiene interés, que las cosas viejas ya están pasadas de moda. 

Lo bonito de la historia no son las fechas, los nombres, los datos, sino es ver actuando al ser humano en las diversas circunstancias que se le presentan. Eso es lo sabroso cuando uno va a un documento y encuentra ese movimiento y dice uno: ¡qué maravilla, este documento me va a dar muchísimo! Hay otros documentos que no te dicen nada porque no encuentras al ser humano ahí, “esa es la esencia de la historia, el ser humano actuante”.

 

Edición: Laura Espejo


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