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Texto y foto: Rafael Robles de Benito
La Jornada Maya

Miércoles 26 de octubre, 2016

Huelga decir que los murciélagos no son precisamente ratones con alas. Este orden de mamíferos, los quirópteros, generan muy diversos nichos en los ecosistemas que habitan. Sus hábitos crepusculares, y las semejanzas en los estilos de sus vuelos, explican en parte que se les perciba como si todos fueran iguales. Muchos compartimos tal percepción, y pensamos en ellos como unos bichos no particularmente atractivos, que vuelan por la noche, se asocian con la transmisión de enfermedades, y hasta se identifican con monstruos propios de la literatura romántica.

Sigilosos y veloces, los hay que se alimentan de frutas, y competimos con ellos por manjares tales como los zapotes y las guayabas. Pero también los hay que comen insectos, y se conducen entonces como aliados de los agricultores, contribuyendo al control de plagas. Otros son eficaces polinizadores, y contribuyen así a la diversidad vegetal y a la complejidad estructural de las selvas que caracterizan nuestro entorno. Debíamos entonces estimarlos, como organismos que nos acompañan en la construcción de un paisaje sustentable, diverso y vital.

Me temo, sin embargo, que seguiremos durante mucho tiempo considerándolos como feos enemigos, que transmiten derriengue a nuestras reses, como si los únicos murciélagos fuesen los que conocemos como vampiros ([i]Desmodus rotundus[/i]). Entiendo desde luego la lógica detrás de las campañas de combate al derriengue, y entiendo que los intereses ganaderos inviertan esfuerzos en abatir las poblaciones de vampiros: no tendría sentido que no lo hicieran. Lo que preocupa es otra cosa.

Somos tan ciegos al valor de la diversidad, y estamos tan hechos a la generalización y a las decisiones precipitadas, que muy probablemente acabaremos por arrojar a todos los murciélagos en un solo cajón conceptual, y pensamos, en nuestro fuero interno, que habría que terminar con todos. Esta manera de pensar – o, más bien, de no pensar – nos pone en riesgo de terminar, intentando combatir los embates de una especie que lesiona uno de nuestros genuinos intereses, haciendo un daño irreparable a la biodiversidad, y al funcionamiento de los ecosistemas de cuya persistencia depende nuestra supervivencia. Para rescatar las palabras de Pogo, aquél simpático personaje de las tiras cómicas de los años sesenta del siglo pasado, “Hemos descubierto al enemigo, y es nosotros”.

Mérida, Yucatán

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